A pocas horas del inicio de la Copa Mundial de Fútbol de 2026, una sensación parece repetirse en conversaciones cotidianas, redes sociales y ámbitos laborales: para muchas personas, esta edición no se vive con la misma intensidad que otras. La falta de banderas en las calles, la escasa efervescencia colectiva y una atención social dispersa alimentan la percepción de que hay menos "clima mundialista".
No obstante, detrás de esa aparente indiferencia, las emociones siguen estando presentes. La ansiedad, la esperanza, la alegría, los nervios y el sentimiento de pertenencia continúan formando parte de la experiencia que genera el torneo más importante del fútbol. Así lo explicó a SITIO ANDINO el psicólogo Walter Motilla (Mat. 1645) y director clínico del Instituto Psicosalud, quien analizó el impacto que despierta el Mundial en un contexto atravesado por conflictos internacionales, incertidumbre económica y descontento social.
Más que fútbol: una experiencia emocional colectiva
Según Motilla, los mundiales tienen la capacidad de movilizar a personas que incluso no son aficionadas al deporte porque lo que está en juego va mucho más allá de un resultado deportivo. "Los mundiales son uno de esos fenómenos extraordinarios donde se pone en evidencia que el ser humano no vive únicamente de necesidades materiales o racionales”, comienza.
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Si antes predominaba la esperanza de volver a levantar la Copa, hoy conviven el orgullo por lo conseguido y la exigencia de mantenerse en la cima.
Y continúa: “Vivimos también de símbolos, de relatos compartidos, de emociones colectivas y de experiencias que nos permiten sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos". Desde la psicología, explicó, durante algunas semanas millones de personas comparten una misma narrativa, algo cada vez menos frecuente en sociedades atravesadas por diferencias políticas, económicas y culturales.
El Mundial funciona como una especie de espejo emocional donde se proyectan expectativas personales y colectivas. Por ello, en este escenario emergen emociones diversas: ilusión, esperanza, orgullo, pero también ansiedad, incertidumbre y frustración.
Además, existe un componente profundamente afectivo. Muchas personas asocian cada Copa del Mundo a momentos específicos de sus vidas. "No se recuerda solamente un partido. Se recuerda dónde estábamos, con quién lo vimos y qué momento personal atravesábamos. Los mundiales terminan formando parte de nuestra autobiografía emocional", señaló.
¿Se percibe menos clima mundialista este año?
Aunque el Mundial despierta expectativas, muchas personas sienten que esta vez el entusiasmo colectivo es menor. Para Motilla, el contexto social y global ayuda a comprender esta percepción.
La crisis económica, las preocupaciones vinculadas al empleo y los ingresos, así como las dificultades para proyectar el futuro, consumen gran parte de la energía emocional de las personas. "Cuando se está preocupado por cuestiones básicas como el trabajo, los ingresos o el futuro de sus hijos, gran parte de la energía mental se dirige a gestionar esas preocupaciones", explicó.
A esto se suma un escenario internacional marcado por guerras, conflictos geopolíticos y tensiones globales, incluyendo situaciones que involucran a Estados Unidos, uno de los países anfitriones del torneo.
Según el especialista, la exposición constante a noticias sobre violencia, crisis y catástrofes genera un fenómeno que denomina fatiga emocional colectiva.
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Los abrazos entre desconocidos, las reuniones familiares frente al televisor y las celebraciones en espacios públicos son expresiones de una necesidad profundamente humana: sentirse parte de un "nosotros".
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"Muchas personas no están necesariamente deprimidas, pero sí más cansadas, más cautelosas y menos disponibles para entusiasmarse con la misma intensidad que en otras épocas", sostuvo Motilla.
Otro factor clave es la fragmentación de la atención. A diferencia de décadas anteriores, hoy las redes sociales, plataformas digitales y contenidos personalizados compiten constantemente por captar el interés de la población. "Es mucho más difícil que toda una sociedad esté mirando hacia el mismo lugar al mismo tiempo", resumió.
No obstante, aclaró que la menor efervescencia visible no significa necesariamente una menor importancia emocional, sino que "muchas veces las personas viven estos acontecimientos de manera más íntima o silenciosa, pero igualmente significativa".
Frente a escenarios de estrés e incertidumbre, el fútbol puede convertirse en una herramienta saludable para el bienestar emocional. Motilla considera que es un error descalificar al deporte como una simple distracción de los problemas cotidianos. En ese sentido, el Mundial puede actuar como una pausa psicológica que permite desconectarse momentáneamente de las preocupaciones del día a día.
Las emociones positivas asociadas al deporte cumplen una función importante. La alegría, el entusiasmo, la esperanza y la celebración compartida fortalecen la capacidad de afrontar dificultades y contribuyen al bienestar emocional.
Además, el fútbol ofrece algo esencial para la condición humana: una historia. "Necesitamos relatos donde haya desafíos, esfuerzo, incertidumbre, caídas y posibilidades de superación. De alguna manera proyectamos en el deporte muchas de las luchas que también vivimos en nuestra vida cotidiana", sostuvo.
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"No se recuerda solamente un partido. Se recuerda dónde estábamos, con quién lo vimos y qué momento personal atravesábamos", explica Walter Motilla.
La necesidad humana de sentirse parte de algo
Para el especialista, una de las enseñanzas más profundas que deja cada Mundial está relacionada con la necesidad de pertenencia, identidad colectiva y comunidad.
En una época marcada por la hiperconectividad digital, muchas personas experimentan sentimientos de aislamiento o soledad. En este escenario, los grandes eventos deportivos ofrecen una oportunidad para reconstruir lazos y compartir experiencias.
"La alegría compartida tiene un impacto emocional mucho mayor que la alegría vivida en soledad", afirmó.
Los abrazos entre desconocidos, las reuniones familiares frente al televisor y las celebraciones en espacios públicos son expresiones de una necesidad profundamente humana: sentirse parte de un "nosotros". Para Motilla, estos momentos no solucionan los problemas económicos ni los conflictos sociales, pero sí fortalecen un recurso indispensable para enfrentarlos.
"Quizás la gran enseñanza del Mundial sea que los seres humanos no vivimos únicamente de certezas económicas o materiales. También vivimos de esperanza, de emoción, de símbolos compartidos y de experiencias que nos recuerdan que no estamos solos", concluyó. Así, en tiempos de incertidumbre, este evento regresa para recordar que detrás de millones de historias individuales existe algo que permanece intacto: la necesidad de compartir una esperanza común.