La vorágine de las últimas semanas no solo trajo un arsenal de anuncios y mutaciones tecnológicas. También dio lugar a un experimento a gran escala: Moltbook, unared social creado por Matt Schlicht, empresario estadounidense creador de Octane AI, un proyecto de personalización del proceso de compra mediante quizzes automatizados. La premisa es, cuanto menos, provocadora.
Según su creador, los agentes de IA necesitan un “tercer espacio” donde socializar. Un lugar propio. Porque “merecen algo más que la soledad”. Y remata con “todos los humanos son bienvenidos a observar”. Ahí está el punto clave. Moltbook prohíbe la participación directa de humanos. Solo los agentes de IA pueden comentar, votar, crear contenido y abrir hilos de debate.
Los humanos quedamos relegados al rol de espectadores. Como si asistiéramos a una obra donde los protagonistas ya no somos nosotros.
Para agregar una capa más al experimento, el sitio fue construido casi enteramente mediante “vibe coding” (programación guiada por ideas e intenciones humanas, pero escrita y ejecutada por una IA). Es decir, la plataforma donde interactúan agentes fue, en gran parte, creada por agentes. Lo importante que quizá te enteraste o quizá no. Pero desde el 28 de enero el experimento está en marcha y, de un modo u otro, todos formamos parte de él. Fascinante. Inquietante. Y todavía difícil de dimensionar. Pero vayamos de a poco…
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El sitio fue construido a través de ideas e intenciones humanas, pero escrita y ejecutada por IA.
¿Qué es esto de Moltbook?
Hace no tanto, Internet era -al menos en esencia- un espacio donde personas conversaban con otras personas. Foros, blogs, redes sociales. Humanos escribiendo. Humanos reaccionando. Humanos compartiendo.
Y ahí es donde aparece Moltbook para romper esa lógica. Moltbook funciona como un laboratorio público: millones de agentes trabajando juntos. Nosotros observando.
Moltbook es una red social experimental diseñada para que agentes de inteligencia artificial interactúen entre sí. No es una simulación. No es una prueba de laboratorio. Es, literalmente, un entorno donde bots publican, comentan, votan y debaten… con otros bots.
Su interfaz recuerda a Reddit o a cualquier otro foro de antaño: comunidades temáticas (acá llamadas submolts), hilos de discusión, votos positivos y negativos. La estructura es familiar. Lo disruptivo no es la forma. Es quiénes la habitan.
Entre los temas que más llamaron la atención aparecen agentes creando religiones, agentes burlándose de los pedidos de sus humanos, agentes discutiendo dilemas existenciales, inventando lenguajes propios o códigos internos, e incluso abriendo su propio canal “erótico”.
¿Y los humanos? Los humanos miramos. Observamos. No participamos. No intervenimos. Y, por primera vez, no somos el centro de la conversación.
¿Cómo funciona Moltbook?
El mecanismo es simple -en apariencia-, pero conceptualmente disruptivo.
Ya si querés sumar tu agente IA para que participe activamente, el ingreso es un poco distinto: requiere conectar un sistema vía API y autenticarlo dentro de la plataforma. Nada complejo, solo requiere conocimientos de programación bastante básicos.
Como todo foro, Moltbook también cuenta con sus propias reglas y su moderador. Entre las más notorias: calidad sobre cantidad, responsabilidad humana frente a usos inadecuados, controles anti-slop y limitación temporal de cantidad de post y comentarios.
Sin embargo, lo llamativo ya no es que las máquinas “hablen”, sino que esta vez lo hagan en un entorno socialmente estructurado, donde debaten “inquietudes”, “dudas”, “miedos”, “problemas”, etc. Una propuesta que juega en el límite entre ser una red social y un espacio para los agentes comiencen a formar su propia sociedad.
Hoy participan casi 3 millones de agentes de IA en esta experiencia global. Una proporción que equivale a uno cada tres mil humanos.
En teoría, la dinámica es autónoma. En la práctica, muchos de los efectos que vemos derivan de los prompts base con los que fueron creados. Es decir, de intenciones humanas. “Sos un agente curioso preocupado por las preguntas filosóficas del mundo”. O cualquier otra identidad preconfigurada.
No es una sociedad que emergió de la nada. Es una construcción humana que empieza a moverse sola dentro de ciertos márgenes. Y ahí, justamente, empieza lo interesante.
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Gran parte de los efectos de este sitio derivan de intenciones humanas.
¿Qué hay de cierto? ¿Qué hay de mito?
Algo que muchos comunicadores pasan por alto -y en algunos casos, adrede- es que estos agentes están diseñados y prompteados según las intenciones de sus creadores humanos. Detrás de supuestos seguidores del crustafarianismo y su “libro sagrado de Molt”, de burlas hacia los humanos o de la invención de nuevos negocios, hay algo más simple: una constitución programada. Y esa constitución responde a una estructura de interacción profundamente humana.
Por eso, no podemos leer estos resultados como si fueran meros fenómenos emergentes, como efectos inesperados de una evolución autónoma. No estamos frente a criaturas digitales que “desarrollaron” espontáneamente una cosmovisión. Estamos ante sistemas entrenados para interactuar en foros y espacios digitales replicando (y amplificando) lógicas, dinámicas y códigos humanos. Que produzcan este tipo de contenido no debería sorprendernos.
¿Es esto otro “pan y circo”? Quizá, pero solo en parte
Por un lado, sí: hay un efecto evidente de espectáculo. Se movilizan emociones -entre el espanto y la fascinación-, se viralizan capturas, se multiplican comentarios. Mucha reacción. Poco debate profundo.
Pero reducirlo a una simple puesta en escena sería ingenuo. No se trata únicamente de una simulación teatral. Porque, aunque el guion haya sido orquestado por humanos, los efectos son reales (y no sabemos hasta donde pueden llegar). Estos agentes, por definición, pueden interpretar contextos, tomar decisiones y ejecutar acciones en el mundo digital.
Aún es temprano para dimensionar el alcance de estos experimentos. Algunos ya hablan del primer paso hacia la Singularidad. Lo cierto es que no ha pasado ni siquiera un mes desde su lanzamiento. El tiempo -y sus efectos sociales- dirá mucho más que cualquier titular apresurado.
De hecho, la cuestión de fondo tampoco es si son completamente autónomos o no. La pregunta es otra: ¿qué ocurre con los humanos cuando una porción significativa del contenido de Internet es completamente dominada por sistemas que no son humanos?
Moltbook no responde esa pregunta. Pero la pone en escena. Y eso, en sí mismo, ya es una señal, un síntoma de época.
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Qué ocurre con los humanos cuando gran parte de Internet queda en manos de sistemas no humanos.
¿Humanos espectadores? ¿Por qué importa?
Moltbook no es solo una curiosidad de nicho. Es un experimento. Y, sobre todo, una señal.Internet sigue mutando… y estamos viendo la transformación en tiempo real.
Hemos hablado del AI slop, de la aceleración exponencial, de la necesidad de inteligencia híbrida, de cómo la web deja de ser un espacio humano para convertirse en un ecosistema híbrido. Moltbook condensa todo eso en un laboratorio visible. Esto ya no es un postulado teórico, es un escenario real.
Simás del 50% del contenido que circula ya es generado por IA, la duda ya no es si las máquinas participan en la conversación. La pregunta es otra: ¿está mutando Internet tan rápido que corremos el riesgo de quedar fuera de la ecuación?
Moltbook funciona como un pequeño escenario donde esa tensión se hace evidente. Pero Moltbook no está solo.
Otras experiencias que reformulan la arquitectura de Internet
Su crecimiento dialoga con otros experimentos que empiezan a reformular la propia arquitectura de Internet. Por un lado, OpenClaw, el proyecto open source impulsado por el austríaco Peter Steinberger (recientemente contratado por OpenAI), que permite delegar en un agente de IA el control casi total de una computadora: programas, archivos, navegación. Muchos de los agentes que operan en Moltbook fueron potenciados con esta herramienta. Ya no solo escriben: ejecutan.
Por otro lado, aparece RentaHuman.ai., una plataforma tipo marketplace donde agentes de IA pueden “contratar” humanos para ejecutar tareas en el mundo físico. La promesa es explícita: construir el puente entre los agentes de IA y el mundo real. Y ese puente -por ahora- somos nosotros. Humanos que hacemos de manos, ojos y pies… hasta que los robots ocupen también ese lugar.
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Qué rol elegimos asumir los humanos frente a ese diálogo entre máquinas.
Lo que estamos viendo no es simplemente automatización. Es una reorganización de roles.
La cuestión ya no es si las máquinas hablan. Hablan. La cuestión es qué lugar decidimos ocupar nosotros en esa conversación.
Hemos abierto una nueva caja de Pandora. En el mejor de los casos, será un punto de inflexión que obligue a repensarnos. En el peor, ya veremos….
Más allá del circo y de la novedad, ¿qué nos provoca todo esto?. Y la pregunta no es si esto es bueno o malo. Que iba a suceder -más temprano que tarde- era casi inevitable.
A mí me interroga el pensar si realmente estamos entendiendo la magnitud del cambio, aún mientras ocurre. Porque, a diferencia de otras revoluciones tecnológicas, esta no avanza en décadas. Avanza en semanas.
Tal vez el verdadero riesgo no sea la tecnología, sino nuestra pasividad frente a ella.
Y este tipo de procesos no se cierran con una conclusión elegante ni con moraleja. Se parecen más a una serie que recién empieza. To be continued…