Estamos terminando noviembre y se siente como el último el aire de esta maratón. Cada año se acelera un poco más, como si viviésemos una versión “turbo” del mundo.
En un cierre de año acelerado y agotador, crece la necesidad de frenar, revisar nuestra “dieta cognitiva” y recuperar tiempo con propósito y sentido.
Estamos terminando noviembre y se siente como el último el aire de esta maratón. Cada año se acelera un poco más, como si viviésemos una versión “turbo” del mundo.
Justo esto charlaba unos días atrás. De esa sensación en primera persona de algo que nos pasa a todos: el apuro, la velocidad, la aceleración del mundo. Mirando la historia, estamos viviendo solo en un año, lo que hace poco requería décadas, y un poco más atrás, siglos.
En lo personal, este año ha sido de mucha sorpresa y de desafíos que sinceramente no esperaba. El cansancio acumulado se hace sentir. Pero mirando alrededor, queda claro que no soy el único. Estamos todos igual. Se siente en las amistades, en la familia, en el barrio. Ese “no doy más” que todavía le queda un tramo. ¿Tiene un precio vivir corriendo?
Con un poco de “música para reflexionar” y la fatiga que no se cura con siesta, pienso en el lugar de las pantallas, la revolución tecnológica, y esta sobreproducción de información. Muchas veces diabolizamos el uso del celular (sobre todo en jóvenes), y nos olvidamos que por ahí también pasan cosas lindas: un mensajito de buenas noches, un meme que te hace reír, un artículo que te hace pensar, una videollamada a la distancia, el mail de confirmación que estabas esperando.
El problema es engañarnos. La sensación pseudo-necesaria de que estamos aprovechando nuestro tiempo, de que estamos siendo productivos. Y la respuesta automática al genio de los tres deseos que dice que necesitamos dinero, amor y (sobre todo) tiempo. Pero ¿tiempo para qué?
¿Para completar la lista de pendientes? ¿Para descansar? ¿O para qué?
Me he visto atrapado ahí más de una vez. Con la IA estamos pudiendo hacer cada vez más. Hacemos tantas cosas que nos agotamos a un nivel del que nos volvemos terriblemente dependientes de la IA para seguir cumpliendo con esa lista de tareas y compromisos que asumimos porque ahora teníamos más tiempo.
Sin pausa, sin tiempo: más productivos... y agotados que nunca
Justo sobre esto reflexionaba un amigo, unos ciclos atrás, antes de la llegada del otoño. Me decía que la IA ciertamente estaba multiplicando la capacidad de los individuos humanos, y humanamente llenaríamos ese espacio con más tareas. Lo veía en las empresas, lo veía en la vida personal. La pregunta es ¿podremos con nuestro armamento humano lidiar con este aumento de carga y demanda? ¿Cuánto de esta productividad podríamos humanamente procesar?
La cantidad de información que consume una persona promedio hoy en solo un día, supera con creces lo que consumiría un ser humano de la Edad Media en toda su vida.
Entre tanto contenido basura, shitificación, slop, deep fakes y anuncios automatizados, se vuelve prudente detenernos un poco. Tomar control. Pensar cuánto, cómo y con qué estamos alimentando nuestra mente.
De ahí surge la necesidad de pensar en nuestra "dieta cognitiva", un concepto que nos pide ser consciente y selectivos de lo que nos llega hoy vía pantallas (la tecnología reina de turno). Se trata de evitar la sobrecarga de información, la infoxicación, para enfocarnos en lo que sí merece la pena saber y aprender. No se trata de “llegar bien al verano”. Se trata de ponerle freno a la comida chatarra cerebral, de repensar en nuestros hábitos y rutinas.
Frente a esta tendencia, se populariza cada vez más la filosofía y el movimiento slow (“lento” en español). Esta corriente cultural cuenta con una gran biblioteca que busca calmar nuestro ritmo de vida actual (al menos por momentos), para cuidar la calidad sobre la velocidad. Promueve hacer las cosas a conciencia. A disfrutar del proceso, de las buenas charlas, del buen vino. Es la búsqueda de la plenitud en la lectura, en el juego con esos niños que crecen, o moldear arcilla con tus abuelos que sabés que pronto no estarán.
Slow significa pausar el tiempo para pensar “tiempo, ¿para qué?”.
¿Chequeaste tu tiempo en pantalla? ¿Revisaste la app “Bienestar”? ¿Apagaste notificaciones? ¿Agendaste ayunos cognitivos o momentos solo-cerebro?
Aún les queda un mes al año. Tiempo hay. Que sea tiempo suficiente para poner el propósito por delante y enfocarte en el significado y bienestar que querés cultivar.
