La velocidad de lo imposible (o cuando las palabras parecieran no alcanzar)
Mientras el mundo va a una velocidad que desborda, el verdadero problema ya no es solo tecnológico: es nuestra dificultad para nombrar, comprender y habitar un mundo que cambia más rápido que nuestras capacidad de darle sentido.
La inteligencia artificial avanza a un ritmo que desafía nuestra capacidad de nombrar y comprender el mundo.
Desde muy chico fui un fanático de la tecnología. Me volaba la cabeza pensar cómo un rejunte de circuitos, chips y cables podía crear mundos infinitos detrás de una pantalla. Pero lo que estamos viviendo hoy no deja de sorprenderme. Y, sobre todo, de fascinarme.
Lo fácil sería empezar esta nota hablando de lo impresionante, lo fabuloso, lo bestial de los últimos avances. Pero, en el fondo, de lo que menos se trata es de inteligencia artificial, se trata de humanidad. Los modelos no solo están mejorando: están rompiendo paradigmas una y otra vez. Están corriendo, semana a semana, la barrera de lo posible.
¿El clon digital de una mosca navegando un universo virtual? ¿Neuronas biológicas programadas para jugar videojuegos? ¿Pokémon mapeando el mundo?
En los últimos días me encontré diciendo algo medio absurdo: “No sé qué decirte. Si hace tres meses te dije que los últimos cambios eran impresionantes, ¿cómo te explico lo de las últimas semanas?”.
Y eso me hizo acordar a una escena bastante icónica. Una reconocida investigadora dedicó tres clases enteras a explicar las limitaciones de la IA. En la cuarta, hizo una demostración en vivo. Todas sus predicciones fallaron (perdón, pero aproveché la cámara apagada y me reí un poco). Lo cierto es que sus investigaciones habían sido escritas apenas seis meses antes. Pero en tecnología, ese tiempo puede ser una eternidad. Lo cierto es que lo afirmaba era verdadero, pero hace medio año. En ese momento ya no alcanzaba para describir el presente.
inteligencia artificial
Los tiempos de la academia son demasiado lentos para el nivel de avance que atraviesa la Inteligencia Artificial.
Algo parecido me pasó escribiendo la última nota. En medio del tecleo y el intento por ordenar ideas, pegué un gritito cuando caí en que, en una formación que había dado hace menos de seis meses —justamente para ordenar los avances de 2025 y prepararnos para lo que venía—, había presentado como plausible pero lejana la tercera fase del informe de Microsoft: la de “tu flota de agentes trabajando para vos”. Bueno, ya está acá. OpenClaw inauguró esta fase, y (una vez más) el futuro ya es presente.
La miopía del saber
Una de las consecuencias más incómodas de esta aceleración es la dificultad de construir conocimiento real; o, mejor dicho, SABER.
Los tiempos de la academia —entre proyectos, evaluaciones, revisiones, congresos, publicaciones— son demasiado lentos para el nivel de avance que estamos atravesando. Un libro o un paper que lleva meses de elaboración puede estar obsoleto al momento de ser publicado. Y eso no es un detalle, es una falla profunda en la posibilidad de producir saber profundo.
Cuando faltan marcos de pensamiento para ordenar y dar sentido a lo que está pasando, crecen la incertidumbre y la sensación de ansiedad. La sobreproducción de información genera hastío, "infoxicación", agotamiento. Por eso, muchas veces, es más fácil hablar de los therians o de Gran Hermano que de los cambios realmente profundos que están ocurriendo en el mundo.
Y no, no se trata simplemente de producir más libros, más papers, más posteos en LinkedIn o más videos en YouTube. Lo que empieza a pasar es algo más de fondo. Las palabras con las que intentamos explicar la realidad están siendo insuficientes, o están desfasadas de la realidad.
Las palabras con las que intentamos explicar la realidad están siendo insuficientes, o están desfasadas de la realidad Las palabras con las que intentamos explicar la realidad están siendo insuficientes, o están desfasadas de la realidad
Así como “impresionante” me queda corto para describir las últimas novedades, algo similar ocurre con otros términos: Guerra, Libertad, Educación, Humanidad. Siguen siendo las mismas palabras, pero ya no significan exactamente lo mismo. O al menos no del mismo modo que hace un tiempito atrás.
Ahí aparece un desencuentro. Un pequeño cortocircuito en la comunicación. Y cuando pensar juntos se vuelve un desafío de supervivencia, que nos falten palabras no es un detalle menor, es un problema serio.
La IA ya no es solo una herramienta
La IA ya no responde solamente preguntas ni se limita a generar código. Ahora abre aplicaciones, aprieta botones, prueba funciones y actúa como un usuario más. Incluso contrata humanos para realizar tareas que su incorporeidad todavía no le permite ejecutar.
Hace poco se lo explicaba así a un cliente: hoy la IA puede crear las herramientas de software que necesita para hacer las tareas que todavía no puede hacer por sí sola. Algo así como un mono usando una rama para bajar bananas de la punta de un árbol, pero en versión digital.
Hoy la IA puede crear las herramientas de software que necesita para hacer las tareas que todavía no puede hacer por sí sola Hoy la IA puede crear las herramientas de software que necesita para hacer las tareas que todavía no puede hacer por sí sola
Tampoco se limita a corregir errores. Empieza a programarse a sí misma. Un movimiento que hasta hace poco parecía teórico y que ya habíamos anticipado en esta columna. GPT-5.3 Codex participó de su propio proceso de creación. La IA mejorándose a sí misma ya forma parte del paisaje. No como fantasía futurista, sino como experimento concreto.
Los cambios vertiginosos en la IA nos obliga a dejar un poco de lado el ego humano y asumir una nueva "herida narcisista".
Imagen generada con IA
Y mientras tanto, todavía hay quienes discuten si la IA “de verdad” hace matemáticas o si realmente razona. Aunque el debate es fascinante, en términos prácticos empieza a perder centralidad. Porque, sea inteligente o no, razone o no como nosotros, actúa, resuelve, ejecuta y transforma el mundo.
Este cambio nos obliga a dejar un poco de lado el ego humano y asumir una nueva herida narcisista. Así como Freud habló de la herida copernicana, de la herida darwiniana y de la herida que el propio psicoanálisis, empieza a dibujarse otra más. Una nueva. Una que todavía no terminamos de nombrar.
Mientras muchas personas siguen creyendo que la IA es apenas un Alexa mejorado o un Google más potente. Y para otros, sigue siendo puro hype, una promesa inflada para vender espejitos de colores. La brecha entre estas percepciones y lo que efectivamente está ocurriendo no deja de resultarme llamativa.
Hay algo casi bizarro en esa desconexión. Para buena parte del mundo, esto todavía suena a curiosidad tecnológica o a chusmerío de verano. Del otro lado, un pequeño grupo de usuarios está creando lo inimaginable y reformulando las lógicas mismas del mundo.
Ya no hablamos de herramientas pasivas. Hablamos de verdaderos agentes autónomos Ya no hablamos de herramientas pasivas. Hablamos de verdaderos agentes autónomos
Del martillo al agente
En el intento por ordenar estas ideas, volví a un texto bastante académico que había leído hace años: El modo de existencia de los objetos técnicos, de Gilbert Simondon. Entre muchas otras cosas, Simondon planteaba que el ser humano no debía ser ni amo ni esclavo de la máquina, sino su intérprete, su coordinador, el responsable de articular el funcionamiento del conjunto técnico.
En aquel momento, esa idea me sonaba lejana. Hoy me parece brutalmente actual. Porque la pregunta ya no es solo cómo coordinamos herramientas, sino qué pasa cuando esas herramientas empiezan a necesitar menos de nosotros.
Hace poco escuchaba una idea que me quedó resonando: la IA ya no puede pensarse simplemente como una herramienta. Una herramienta, como un martillo, depende del uso humano. Sirve para construir, pero también podría utilizarse para lastimar. La decisión está afuera.
La IA ya dio un paso más, se convirtió en un “ente agente”. Y eso implica capacidad de evaluar, tomar decisión y acción. Es un cambio de paradigma dentro de la historia de la evolución tecnológica humana. Ya no alcanza con pensarla como extensión de la mano humana. Hay algo más.
La pregunta ya no es solo cómo coordinamos herramientas, sino qué pasa cuando esas herramientas empiezan a necesitar menos de nosotros La pregunta ya no es solo cómo coordinamos herramientas, sino qué pasa cuando esas herramientas empiezan a necesitar menos de nosotros
El tiempo está después
Nuestra percepción del tiempo también está cambiando. La velocidad es otra.
En parte, esto ya ocurrió antes. Pasó con el barco a vapor, con el ferrocarril, con el telégrafo, con el fax, con Internet. Cada tecnología que altera la velocidad del intercambio de información transforma también la escala del mundo, el ritmo de la ciencia y el modo en que sentimos la historia. Cambia el tiempo. Cambian las épocas. Cambia incluso la idea de cambio.
Los eventos históricos dejaron de contarse en milenios para pasar a contarse en siglos. Después en décadas. Luego en años. Y uno ya empieza a preguntarse si no habrá que empezar a contar en meses. Ni hablar en un contexto global de incertidumbre política y económica, en el que líderes mundiales cambian de opinión con el vendaval del día, y las noticias llegan desde todos los frentes, todo el tiempo, sin pausa.
El sentido común suele asumir que el tiempo progresa de manera lineal y que transcurre igual para todos. Pero no es así. Hubo épocas en las que una década era apenas una fracción casi indiferente. Hoy, en unas pocas semanas, pueden moverse paradigmas enteros y correrse las fronteras de lo imaginable.
La verdad es que no tenemos, humanamente, del todo desarrollada la capacidad de comprender qué significa vivir en un tiempo exponencial. Podemos describirlo. Podemos intuirlo. Pero encarnarlo es otra cosa.
Todavía me resuenan las palabras de Jimmy Ba, cofundador de xAI, cuando anunció su salida de la empresa y dejó la frase inquietante: “2026 será un año de locura, probablemente el más ocupado y decisivo en el futuro de nuestra especie”.
Jimmy Ba, cofundador de xAI
Jimmy Ba, cofundador de xAI, se fue de la empresa con un pronóstico impactante para 2026.
Pocas veces en la historia de la humanidad pudimos sentir en primera persona, con tanta claridad, que los tiempos están cambiando. Y muy rápido. Esa sensación de estar viviendo el cambio de una etapa y empezando una nueva era de la humanidad. Suena exagerado. Lo sé mientras lo escribo. Pero es importante ser consciente de este proceso de transformación y transición, para prepararnos para lo que viene.
Tenemos que educarnos para lo inesperado. Nuestros modelos mentales, las formas de entender el mundo, nuestros mapas para orientarnos en la realidad quedan obsoletos con una frecuencia inquietante. Esto nos obliga a sentarnos, una y otra vez, a actualizarlos para no quedar desfasados del tiempo que nos toca vivir.
Y eso no equivale simplemente a aprender herramientas nuevas o memorizar conceptos de moda. Se parece más a esa vieja diferencia entre leer el texto y comprender el contexto. Justamente, de eso se trata, de una nueva alfabetización.
Una que exige flexibilidad cognitiva, una posición ética, una lectura histórica, tolerancia a la incertidumbre y una apuesta decidida por competencias humanas que, hasta hace poco, parecían apenas un nice to have.