21 de marzo de 2026
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Vino

Producción artesanal a pequeña escala, otra forma de hacer vino en Mendoza

Bajo la lógica del vino de garage, Mendoza suma propuestas a pequeña escala como La Finquita, que priorizan lo artesanal y el vínculo directo: de qué se trata.

Por Soledad Maturano

Más allá de la producción vitivinícola tradicional, en la provincia de Mendoza existen propuestas atravesadas por una escala reducida, que priorizan lo artesanal, el contacto directo con el consumidor y una identidad propia. En ese universo aparece el llamado vino de garage”.

Se trata de una denominación que no cuenta con un reconocimiento oficial, aunque sí forma parte de la cultura vitivinícola y atraviesa continentes. De hecho, tiene su origen en Francia, donde décadas atrás comenzó a elaborarse vino en partidas limitadas dentro de los propios hogares. Con el tiempo, lo que empezó como una práctica casi personal se transformó en etiquetas de culto.

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Los denominados

Los denominados "vino de garage" son producciones artesanales y a pequeña escala.

En Argentina, esta lógica también encontró su lugar, con emprendimientos que, lejos de competir en volumen, construyen su propuesta desde otro lado, con foco en la identidad propia y el trabajo artesanal.

Vino de garage y experiencias que combinan producción y turismo

En Mendoza, estas iniciativas suelen combinar producción artesanal con experiencias para visitantes. No se trata sólo de hacer vino, sino de generar un vínculo directo con quienes lo consumen. En ese recorrido aparece el caso de La Finquita 1920, un proyecto que se define como “bodega de garage” y que articula producción, turismo y gastronomía en un mismo espacio.

Ubicada en Luján de Cuyo, La Finquita funciona sobre un viñedo centenario. “Hace 15 años armamos la finquita, es un viñedo de hace 100 años que se mantiene tal cual, sin fertilizantes, respetando las plantas y lo que plantaron los inmigrantes”, explicó su dueño, Gonzalo Pagés, en diálogo con Sitio Andino.

Producción artesanal y venta directa como eje

La propuesta no se limita a la elaboración de vino. En el predio conviven un salón de eventos, actividades gastronómicas y encuentros tipo sunset, que funcionan como principal canal de contacto con el público. “El vino lo vendemos únicamente acá, no sale de la finquita”, señaló. No es un dato menor, ya que define un modelo sin distribución tradicional ni presencia en vinotecas.

Esta decisión está ligada al tipo de producción que llevan adelante. Tal como explicó su dueño, cuentan con dos hectáreas y media de Malbec “de hace 100 años, plantado junto con olivo, como hacían los inmigrantes”. La escala es reducida, con una producción que ronda las 10.000 botellas anuales.

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En La Finquita tienen una producción de 10.000 botellas anuales, aproximadamente.

En La Finquita tienen una producción de 10.000 botellas anuales, aproximadamente.

Consultado por las diferencias con modelos más grandes, remarcó: “Son dos cosas: primero, que producimos sin fertilizantes y sin ningún tipo de venenos que dañen el medio ambiente”, marcando el enfoque en una producción sustentable.

A esto se suma que todo el proceso se realiza en el mismo lugar. “Tenemos todo el sistema de fraccionamiento acá, no tenemos que llamar al camión con bomba centrífuga que te mata el vino”, explicó. En su lugar, utilizan un sistema adaptado a pequeña escala que permite cuidar el proceso completo.

Un modelo que se apoya en la experiencia

En un contexto complejo para la vitivinicultura, donde suben los costos de producción y el precio de la uva se mantiene bajo, este tipo de proyectos enfrenta desafíos propios, que encuentran respuesta en la venta directa.

“El desafío es tener los clientes, por eso armamos un producto sunset donde le ponemos mucha cabeza”, explicó Pagés. La estrategia apunta a generar un flujo constante de visitantes que, además de vivir la experiencia, consumen el vino en el lugar.

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La propuesta artesanal se consolida con gastronomía y cultura.

La propuesta artesanal se consolida con gastronomía y cultura.

La integración entre producción y turismo permite, en parte, esquivar las dificultades de la comercialización tradicional. “Si tuviésemos que salir a vender el vino sería otra película”, reconoció, en relación a los márgenes y costos del circuito habitual.

De esta manera, la propuesta gana fuerza no sólo por su escala artesanal, sino también por la combinación de gastronomía, cultura y música, que completa la experiencia.

Identidad, escala y nuevos caminos para el vino

Aunque el término “vino de garage” puede sonar informal, en la práctica describe un modo de producción que pone el foco en la identidad y el origen. En Mendoza, estas propuestas conviven con la industria tradicional y aportan otra mirada sobre el negocio vitivinícola.

No buscan reemplazar a las grandes bodegas, sino construir un espacio propio, donde el volumen o la exportación dejan de ser la variable central. En su lugar, aparecen valores como la cercanía con el consumidor, el cuidado del proceso y la posibilidad de ofrecer una experiencia integral.

En una provincia donde el vino es parte de su identidad, estas pequeñas producciones reafirman que no hay una sola forma de hacerlo ni de comercializarlo. Y que, incluso en escala reducida, el vino puede encontrar nuevos caminos para llegar al corazón de sus consumidores.

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