A los 18 años, Kevin Carrizo encara el salto más difícil y deseado para cualquier luchador de boxeo: dejar atrás el amateurismo y enfrentar por primera vez el vértigo del profesionalismo. El mendocino no llega desde la comodidad ni desde el privilegio: llega desde abajo, desde un barrio que lo moldeó a golpes.
A Kevin no lo empujaron las luces, sino la necesidad y el sacrificio. Desde chico aprendió que en la vida no alcanza con esquivar golpes: hay que bancarlos, tragarse el dolor y seguir. Mientras otros soñaban con bicicletas nuevas o celulares, él soñaba con un par de guantes que no se descosieran en la primera piña. Entrenaba con frío, con hambre, sin plata para el colectivo, y muchas veces caminó cuadras eternas sólo para no perder una práctica.
“El profesionalismo te cambia todo”, comenzó diciendo el protagonista. Para Kevin, esta transición es más que un cambio deportivo: es un cambio de vida: “La preparación ahora es más completa”, explicó, consciente de que los entrenamientos diarios en el Gimnasio Gemza y las sesiones técnicas en su equipo lo están llevando a un nivel diferente.
En esta etapa, Carrizo admitió que lo mental pesa tanto como lo físico: “En el profesionalismo empiezan a importar más los resultados. Tenés que estar preparado para todo: los golpes son más fuertes, los rivales tienen años de experiencia… y los sparrings son intensos de verdad”, sostuvo, sin rodeos.
En este sentido, el luchador recordó una de sus mejores batallas rumbo al objetivo, que se dio hace un tiempo en Florencio Varela: “Estaba muy nervioso antes y durante la pelea. Igual la gané por decisión unánime… pero no peleé como hubiera peleado si estaba más tranquilo. Fue una pelea donde aprendí muchísimo”, remarcó.
Un sueño en el boxeo que empieza por el trabajo y el sacrificio
La oportunidad del debut profesional llegó después de una charla sincera con su entrenadora: “Me dijo: ‘Hacé unas treinta peleas y después probamos en el profesionalismo’. Y así fue”, contó Kevin, orgulloso pero humilde. Él nunca había pensado en “la paga”, pero admite que ahora lo vive de una manera especial: “Es como una recompensa por todo el esfuerzo de subirse al ring”, dijo, con la voz entrecortada.
Lo que sí dice con claridad es que algunas cosas del amateurismo van a quedar atrás: “La presión del público no es tan grande como cuando sos profesional… ahí sentís todo distinto”, reconoció.
Sus días transcurren entre turnos dobles: “A la mañana voy al Gemza, y por la tarde-noche entreno la parte técnica. Dos veces por semana guanteo con boxeadores que ya son profesionales o están por debutar”, explicó sobre su rutina, tan dura como necesaria.
Kevin Carrizo, el pibe #mendocino que pelea la vida de abajo. “Siempre tuve que esforzarme el doble”, dijo. Hoy se prepara para debutar como profesional den el #boxeo y demostrar que el sacrificio también pega fuerte. pic.twitter.com/qp0ef1BuBS
“Mi estilo es mixto, defensivo e inteligente”, avisó el púgil
Kevin se define con tres palabras que lo representan arriba del ring: “Mi estilo es mixto, defensivo e inteligente”, aseguró, sin dudar. Pero fuera del ring también construye una identidad: la del pibe que no se rinde, que pelea contra la vida y contra él mismo, que entiende que el boxeo también es una forma de ser.
Kevin Carrizo no es sólo un prospecto mendocino. Es un pibe que tuvo todo en contra y aun así eligió soñar. Es el pibe que ahora está por debutar como profesional. Y que, lejos del ruido, se abraza a una sola certeza: Nunca dejó de creer en él.
Sus ídolos en el boxeo
Sus referentes lo inspiran desde chico: Lomachenko, el Puma Martínez y el Chino Maidana. Y él quiere construir su camino a su manera.