Vino para robar: dos estafadores sueltos en Mendoza
En su tercer largometraje, Ariel Winograd, se atreve a un policial en tono de humor. El resultado: Una película entretenida donde la provincia se convierte en el pintoresco escenario donde transcurre la trama. Su estreno nacional es este jueves.
Después del filme autobiográfico Cara de queso donde exploró su infancia y, la comedia Mi primera boda que convocó a 300 mil espectadores en toda la Argentina, el director Ariel Winograd se lanzó al desafío de realizar una película de género. Esas que sabe fabricar bien la industria de Hollywood. Estilos y guiños definidos. Pura ficción.
Con el aditamento que gran parte del largometraje transcurre en Mendoza, Vino para robar, es principalmente la historia de dos estafadores envueltos en la ejecución de un robo. Lo que el cine del norte llama caper para encasillar dentro de una categoría a este tipo de historias donde hay un plan para obtener el motín deseado, policías, persecución, acción y aventuras.
"Vino para robar" se proyecta desde este jueves en los cines del país.
En esta cinta rodada entre marzo y abril de este año, Winograd sale airoso del riesgo de embarcarse en un proyecto poco usual dentro de la cinematografía nacional. Con una rapidez asombrosa para los tiempos del cine, logra concretar una película entretenida con un elenco de actores de primera línea encabezado por la pareja protagónica de Daniel Hendler y Valeria Bertuccelli. Además de Juan Leyrado, Pablo Rago y Martín Piroyansky en los roles secundarios. El humor está presente y la dirección es prolija y estéticamente atractiva aprovechando las bondades de viñas y bodegas.
La trama se desata en torno al encuentro fortuito (o no) de esta dupla de embusteros profesionales, donde el personaje de Hendler Sebástián - ve frustrado el hurto de una pieza de museo por culpa de Natalia Bertuccelli quien supo ser más astuta que él para perpetrar el acto delictivo. Será ella quien lo arrastre luego a la tierra del sol y del buen vino para involucrarse en el asalto a un banco donde se esconde una ancestral botella de malbec. La dinámica con la que se desencadenan los hechos lleva al espectador a tener que estar atento ya que el guión enreda a tal punto las cosas que a veces no se sabe quién es quién en esta historia.
No quería hacer una publicidad paisajística de Mendoza, dijo el director acerca de su nueva criatura audiovisual. La aclaración es justa y oportuna ya que los espacios utilizados, las vistas de la cordillera y hasta la misma cultura del vino con su mística aparecen de manifiesto en función del guión y no al revés. Es por esto también que los creadores se hayan tomado ciertas libertades, determinadas por lo narrativo y que el buen observador local podrá darse cuenta.
Vino para robar, no es entonces una película sobre Mendoza, aunque lo que se muestre del terruño nos deje bien parados y sirva como una ventana para hacer visible nuestros atractivos. Esto es importante entenderlo si se quiere lograr que cada vez más producciones elijan nuestras locaciones para contar sus historias.
Entonces, en cuanto a lo que nos concierne, el filme se erige como una muy buen experiencia para acercar el anhelo de que la provincia se convierta en un polo de producción audiovisual. Política cultural que persigue el Gobierno provincial actual. El resto, propone una comedia que aunque sin estridencias, logra divertir. Y no es poco.