El gobierno que tenemos los argentinos es una conjunción de las vertientes peronistas. Tampoco es extraño al peronismo tener frentes.
El gobierno que tenemos los argentinos es una conjunción de las vertientes peronistas. Tampoco es extraño al peronismo tener frentes.
Es que el peronismo es un abanico de opiniones no siempre idénticas, pero de ejercicio del poder concéntrico y verticalista. Suelen no desgajarse cuando lo tienen porque saben que es una manera de entregarle el botín al adversario.
Aquello de "no nos peleamos, nos estamos reproduciendo", suele ser un aforismo utilizable en cuestiones destinadas a la definición de listas en época de campaña; no a enfrentamientos en la función pública.
La decisión de Máximo Kirchner de renunciar a la presidencia del bloque del frente en Diputados, no es un golpe institucional ni mucho menos. Pero es un simbólico gesto de consecuencias políticas inconmensurables. Porque, en definitiva, por auto imposición del Presidente Alberto Fernández, en esta gestión, es el Congreso de la Nación el que debe refrendar o darle visto bueno, a la intención de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional; muy por el contrario a lo que hizo el Gobierno de Cambiemos.
Miren, aquello de "no paguemos", es una bravuconada que pueden expresar apasionados idealistas desde las vísceras, pero no es algo que un representante del Gobierno Nacional pueda hacer en serio.
Que es una deuda injustificada e inconsulta contraída por otro gobierno, y que se fue en la fuga de capitales y no para cambiar la matriz productiva del país; sí, no hay dudas. Pero es una deuda argentina. Y Argentina no puede quedar aislada del mundo. Y el Fondo Monetario es un fondo de los países del mundo aportando su dinero que tarde o temprano hay que pagar, como lo tuvo que hacer Néstor Kirchner en su momento.
Las gestiones del ministro Guzmán, bendecidas hasta por el Papa, han dado un primer resultado que ni la oposición esperaba que lograra. El apoyo de Alberto Fernández a esa tarea permitió ver a un Presidente asumiendo claramente un rol para el que se lo votó: venir a solucionar problemas, en la medida de lo posible.
Entonces, si Argentina dio muestras con una decisión presidencial que el encargado de gestionarla llevó a un buen puerto hasta ahora, ¿por qué salir a pegar el portazo adentro de la casa? La cocina del poder no puede permitirse exponer los trapitos al sol, y menos en este momento tan delicado y comprometido del país, en un contexto internacional convulsionada geopolíticamente, y aún con los efectos económicos devastadores de la pandemia mundial del Covid-19.
¿Es un gesto para el ala más kirchnerista del frente gobernante? Puede ser. Pero no es necesaria una renuncia. Bastaba un pronunciamiento de disconformismo. Este conjunto de vertientes peronistas tiene la responsabilidad del equilibrio de los entusiasmos. Porque en sus decisiones, más allá de los gestos, está el futuro del país.
No hay un quiebre institucional, pero tampoco debe haber una implosión política porque son los que están a cargo de nuestro destino como Nación, al menos en lo inmediato. No podemos esperar que opositores irracionales e irresponsables tanto de la izquierda de los Del Caño ni los libertarios de los Milei, tengan una actitud seria y coherente.
Tampoco dejen que los Fernando Iglesias y a las Patricia Bullrich hagan de esto un show de especulación política. En cambio, sí esperemos que la oposición racional de la UCR con Gerardo Morales y del Pro con Horacio Rodríguez Larreta, esté a la altura de las circunstancias económicas e institucionales y no hagan de esta situación una cuestión simplemente electoralista.

