viernes 12 ago 2022
Letras

Entrevista con el escritor Marcelo Luján, ganador del Premio Ribera del Duero

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Por Sección Cultura 8 de julio de 2020 - 00:00

El escritor argentino Marcelo Luján ganó el VI Premio Internacional Ribera del Duero -que tiene una dotación de 50.000 euros- con su libro de relatos "La claridad", un texto "muy persuasivo, que pone de manifiesto un cuestionamiento del idioma y una poética del desarraigo", según el fallo anunciado en Madrid por el certamen. 

Luján es argentino pero reside desde hace casi 20 años en la capital española, donde trabaja como coordinador de actividades culturales y talleres de creación literaria.

Publicó los libros de cuentos "Flores para Irene" (Premio Santa Cruz de Tenerife 2003), "En algún cielo" (Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006), y "El desvío" (Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007). Es autor también de las novelas "La mala espera" (Premio Ciudad de Getafe de Novela Negra 2009 y segunda Mención del Premio Clarín 2005), "Moravia" y "Subsuelo" (Premio Dashiell Hammett 2016, entre otros).

El Premio Internacional Ribera del Duero es la distinción específica de narrativa breve mejor dotada en lengua española y fue lanzado en el año 2008, durante el XXV aniversario de esta Denominación de Origen. De carácter bienal, está organizado por el Consejo Regulador, en colaboración con la editorial Páginas de Espuma.

En una entrevista con la agencia de noticias Télam, el escritor cuenta: 

En los cuentos perturbadores que forman parte de "La claridad" -el corpus por el que acaba de obtener el Premio Ribera del Duero-, el escritor Marcelo Luján empuja los límites de los personajes hacia zonas de rabia o maldad como recurso para hacerle frente al horror inesperado que brota de lo cotidiano: "Me gusta el terror moderno, el que rompe con esa densidad asociada a la noche y a lo oscuro", sostiene el argentino radicado en España desde hace dos décadas.

"Hace una semana empecé a tomar conciencia de lo que significa este premio, por el género al que se aboca pero además porque es un libro que me ha costado muchísimo escribir. Son relatos largos y cuando uno pasa la página 10 o 12 es muy difícil sostener la tensión, pero como latinoamericano y como rioplatense estoy educado en la tradición del cuento. Todos los finalistas de esta edición nos tomamos esto muy en serio y demostramos lo que significa para nosotros el género", cuenta a Télam.

Autor de varios volúmenes de relatos y de tres novelas, entre ellas "El subsuelo", galardonada en 2016 con el Premio Dashiell Hammet, la narrativa de Luján tiene señas particulares muy precisas: le gustan los narradores omniscientes -de esos que le spoilean al lector que la tragedia está al acecho-, mezclar el relato en presente con ráfagas del futuro y atrapar criaturas descarriadas en pleno trance al mal.

Como un juego de antagonismos, la claridad que anticipa el título del texto -que llegaría a la Argentina el mes que viene de la mano del sello Páginas de Espuma- debe considerarse un espejismo o acaso un artilugio que refuerza la oscuridad que desciende sobre los seis relatos del libro, en los que invariablemente el azar o la fatalidad traza el destino de los personajes para mostrar que las cosas nunca están bajo control.

Luján construye sus tramas a partir de un realismo enrarecido por la aparición de elementos sobrenaturales que inquietan pero no trastocan la verosimilitud de las escenas: un paseo en bicicleta por un idílico paisaje se puede convertir en una experiencia siniestra para dos chicas; una joven es mordida accidentalmente por una gata moribunda y el episodio altera decisivamente su personalidad; otra chica se encarniza con sus compañeras de colegio y hace de la violencia un código compartido con su madre hasta que un día desaparece; un hombre conduce un camión con un enigmático acompañante que sale de escena justo antes de una encrucijada fatal.

-Un volumen de cuentos es a veces una reunión arbitraria que ensambla narraciones de distinto origen y formato pero en "La claridad" hay vasos comunicantes muy nítidos ¿Cómo llega a eso?

-Por un lado no me podía olvidar de la base del género que es la autonomía de cada una de las historias: ningún cuento puede depender de otro para funcionar. La clave está en escribirlos todos desde cero en el mismo momento, que no se interponga nada porque lo que vas a asegurar ahí es el trazo y ese va a ser el primer elemento cohesionador que va a tener el libro. En una novela pasás la página 30 o 40 y ya tenés un destino, un tono definido, y es cuestión de sentarte y continuar en esa línea, pero el problema del volumen de relatos es que cuando terminás uno tenés que arrancar de cero: tomar decisiones distintas en el próximo relato pero cuidando que no rompan la hegemonía.

-Estas historias tienen un componente sobrenatural o metafísico ¿La aparición de estos rastros inquietantes son una manera de enunciar que en esa construcción que formulamos como verdad siempre habrá elementos irreductibles que permanecerán sin explicación?

-Me gusta mucho el género negro. Abordar el mal, los problemas de la traición y el daño sin que medie una pesquisa policial. Descubrí además que me gusta mucho el terror o el género fantástico moderno, donde ya no hay monstruos que juegan con tu sistema nervioso pero sí que generan tensión. Empecé a experimentar y a planificar historias realistas con un carácter fantástico y me di cuenta de que eran dos géneros que conviven muy bien y que se autoayudan. Todos los cuentos tienen una suerte de hilo conductor que es la variable fantástica, paranormal, pero llevada al máximo posible de naturalismo. Me gusta humanizar al fantasma, generarle conflictos humanos como no saber besar y tener miedo de hacerlo porque además sangra y huele mal. Lo que pretendo también es romper esa densidad asociada con el miedo a la noche o a lo oscuro, todo dentro de un contexto naturalista.

-Lo interesante de estos cuentos es que no trabajan sobre una patología del mal sino en torno a una condición repentina que instala la idea de que a nadie le es ajena la maldad. Por ejemplo la idea del mal que surge como instinto de superviviencia en "Treinta monedas de carne", el primer relato...

-Me interesa partir de lo cotidiano y mostrar que también ahí está escondido el mal. Donde menos esperamos encontrarlo es donde más nos golpea. Si nos metemos en un lugar terrorífico donde suponemos que nos puede pasar algo horrible estamos mucho más equipados para afrontarlo, pero si estamos haciendo un asado con amigos debajo del sol y de repente aparece el mal ¿Estamos preparados para eso?

El mal más peligroso es el que no vemos, el que nos puede plantear nuestro cuñado en la comida de Navidad, que de golpe saca una cimitarra y nos corta la mano porque se le soltó la cadena. En ese sentido el primer cuento es el mejor exponente porque uno de los personajes recibe de parte de otro una traición que nunca hubiera esperado, que incluso rompe con el cooperativismo de género. Eso marca un índice de maldad muy alto y ni siquiera está planificado. Porque la planificación es siempre el máximo exponente de la maldad. Y en ese cuento se dan las dos variantes: la patota que sorprende a las chicas tiene planificado el mal, pero en el personaje de Marta aparece como una oportunidad. Es una chica irascible pero no es una chica mala. Sin embargo, en un momento se convierte en alguien que ejecuta la maldad sin piedad hacia una compañera.

-En todos los cuentos de "La claridad" hay un narrador que va anticipando la inminencia de una situación límite y hasta instala escenarios futuros ¿Estos recursos forman parte de un ardid para marcar el poder del narrador sobre el lector al jugar con su ansiedad o por el contrario son un gesto de complicidad hacia él?

-Algún lector puede pensar el escritor es un desgraciado que está haciendo con él lo que se le da la gana pero en realidad esta forma de narrar tiene que ver con que no me gusta enrollarme mucho. A veces necesito un narrador que mueva la pelota de otro modo, que plantee un diálogo secreto con el lector. Me gusta eso de decirle al que lee "Bueno, ahora en 5 minutos va a pasar esto... Te lo digo yo que soy el omnisciente". Lo que dice el narrador omnisciente siempre ocurre: no es un personaje más que tiene una apreciación antojadiza.

Los tres cuentos en tercera persona terminan con un narrador que anticipa el futuro de los personajes. Me parece que ahí podemos aportar algo a la literatura moderna que es correr riesgos. Los escritores de mi generación y los más jóvenes tenemos que intentarlo. Eso se ve mucho hoy en la literatura argentina: Leonardo Oyola, Mariana Enriquez, Ricardo Romero, por citar algunos que me interesan. 

Fuente: Télam. 


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