En los últimos años la viticultura encontró en la altura un aliado silencioso pero determinante que dio nacimiento a una categoría de vinos apreciada y reclamada por los consumidores de alta gama, los vinos de altura.
Los vinos de altura combinan clima, suelo y técnica para crear etiquetas frescas, elegantes y con sello de identidad propio que los consumidores premian.
En los últimos años la viticultura encontró en la altura un aliado silencioso pero determinante que dio nacimiento a una categoría de vinos apreciada y reclamada por los consumidores de alta gama, los vinos de altura.
El Ingeniero Diego Morales, Gerente de Fincas de Bodegas Salentein y uno de los reconocidos especialistas en la materia, sostiene que los vinos de altura son el resultado de una conjunción de clima, suelo y experiencia acumulada, donde cada factor imprime carácter y complejidad a la uva.
“Si podemos producir sobre la montaña, podemos jugar con la altura, con distintas alturas”, explica Morales, señalando que incluso en pocos metros se pueden generar microclimas distintos. La temperatura media disminuye aproximadamente un grado cada 100 metros de altitud, lo que influye directamente en la fenología de las plantas: brotan más tarde y maduran más lentamente, permitiendo que las uvas concentren acidez y desarrollen equilibrio.
Además, la cercanía a la montaña modula las tormentas de verano y genera nubosidad vespertina, protegiendo a las uvas de la radiación excesiva. Este efecto, especialmente relevante ante fenómenos de calentamiento global, asegura que la maduración fenólica se separe de la maduración de azúcares, favoreciendo vinos más frescos y longevos.
La riqueza de los suelos aluvionales y la presencia de piedra superficial a partir de los 1.000 metros de altura condicionan la absorción de agua y nutrientes, marcando la diferencia entre los vinos de altura y los cultivados en zonas bajas. Morales subraya que, hasta los años 90, la producción estaba limitada por la dificultad de acceder al agua y la imposibilidad de instalar riegos eficientes en terrenos pedregosos.
La introducción del riego por goteo transformó la ecuación: permitió multiplicar la eficiencia del agua y expandir la viticultura a parcelas antes inaccesibles. “Con un pozo podíamos regar 20 o 30 hectáreas; con el goteo, 100 hectáreas. Eso atrajo capitales y posibilitó inversiones que hoy definen la calidad de nuestros vinos de altura”, relata Morales, destacando el papel pionero de productores como Salentein en dar a conocer la potencialidad de estas regiones.
No todas las cepas reaccionan igual ante la altitud. Morales ratifica que la variedad estrella para esas alturas en la zona del Valle de Uco es el Pinot Noir, que se beneficia de la nubosidad y de temperaturas moderadas, logrando vinos más frescos y elegantes. Pero destaca que el trabajo y los avances científicos y tecnológicos permiten que todas las variedades puedan destacarse.
Morales también señala que los blancos, por su parte, ganan acidez y vivacidad gracias a la amplitud térmica nocturna, mientras que la altura contribuye a reducir riesgos de heladas, al facilitar el drenaje del aire frío hacia los valles.
La viticultura de altura es una disciplina relativamente joven en el Valle de Uco. Morales recuerda que a comienzos de los 2000 pocos imaginaban cultivar Malbec o Cabernet a más de 1.200 metros. La práctica y la observación constante permitieron identificar los límites y potencialidades de cada parcela o micro terroir, consolidando un modelo que hoy se reconoce como distintivo de la región.
“Lo que define a los vinos de altura no es solo la altitud, sino la combinación de clima, suelo y manejo cuidadoso. Cada botella refleja esa armonía”, concluye Morales. En este sentido, el Valle de Uco no solo ofrece vinos, sino también la historia de un territorio que aprendió a dialogar con su propia geografía, transformando la altura en un sello de identidad y excelencia.
Para conocer más sobre los vinos de altura te invitamos a escuchar la nota con Diego Morales en Aconcagua Radio

