La industria vitivinícola de Mendoza y Argentina se acerca, en sombras, silencio y barriendo los problemas bajo la alfombra, a una crisis de proporciones históricas y fuerte impacto social en un escenario absolutamente desventajoso y preocupante para el vino argentino.
A la tradicional volatilidad de los mercados se suman, en los últimos meses, factores estructurales que amenazan la sustentabilidad del sector: caída del consumo interno a niveles mínimos, retroceso histórico de las exportaciones, precios que no cubren los costos de producción y debilitamiento de las herramientas institucionales de control y estadística.
El impacto es transversal. No se trata sólo de pequeños productores o de bodegas medianas con márgenes ajustados; incluso firmas de gran envergadura, muchas de ellas pertenecientes a fondos de inversión, se ven obligadas a sacrificar rentabilidad para sostener volúmenes de venta y a desprenderse de activos. El mercado interno, históricamente refugio de la actividad, hoy funciona con valores de góndola bajos, que en algunos casos no alcanzan para cubrir los gastos básicos de elaboración.
Un combo que la industria parece preferir patear para adelante, mientras se multiplica el glamour para mostrar vinos que cada vez se venden menos.
La desaparición de la información
Uno de los elementos más preocupantes es la falta de datos confiables y actualizados. La decisión de prescindir de ciertas estadísticas oficiales y la pasividad de organismos técnicos han dejado al sector sin insumos clave para la toma de decisiones. Los reportes de precios, volúmenes y variedades son cada vez más escasos, y en algunos casos los actores de la cadena recurren a vías informales para obtenerlos. Esta opacidad no solo dificulta la planificación, sino que abre la puerta a prácticas irregulares como el cambio no declarado de variedades y la comercialización en negro.
Un claro ejemplo fue la difusión de la fuerte caída de las exportaciones de vino en julio, que llegó al 21%, acumulando casi 7 puntos en los primeros 7 meses del año. El informe fue literalmente “tirado” al micrositio de Agricultura, Ganadería y Pesca, sin información complementaria ni aviso alguno.
En el frente comercial, las bodegas enfrentan un dilema: mantener precios bajos para no perder mercado, aun a costa de trabajar por debajo del costo de producción, o arriesgarse a subas que pueden desplomar las ventas. Los valores actuales del vino a granel, según coinciden diversos referentes, son insostenibles en el mediano plazo.
Frente a este panorama, algunas empresas han optado por estrategias de deslocalización. Nadie lo confirma, pero es un secreto a voces que cada vez más bodegas exportan granel para envasarlo con marcas propias que en Argentina no se conocen, en Chile o países europeos.
La industria del vino argentino atraviesa una crisis, que a diferencia de otras, se encamina a una tormenta perfecta.
El mercado interno como último sostén
Pese a todo, el consumo doméstico sigue siendo el principal pilar de la industria. No obstante, su capacidad de contención es limitada: el comportamiento de los consumidores muestra una fuerte elasticidad a los precios, con una barrera psicológica clara que, una vez superada, derrumba las ventas. Este fenómeno obliga a las bodegas a mantener estrategias defensivas, reduciendo márgenes y postergando inversiones.
Los despachos de bodegas apenas crecieron un 1,9% en los primeros seis meses de este año respecto al anterior. Pero ese número no refleja la realidad de la industria. Otro dato quizás refleje más claramente estos días de crisis: en junio de 2025 se despacharon desde las bodegas 578.430 hectolitros; en junio del año pasado, 584.538, y en el 2023, 640.703 hectolitros. Contundente.
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Si llevamos estos números al consumo per cápita, la pequeña esperanza que había nacido a principios de año desapareció en mayo y junio, donde el consumo por habitante se desplomó 10 puntos en mayo y casi 2 en junio. Como diría el presidente: “No hay plata” y ni las promociones alcanzan para levantar el consumo.
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La anécdota que siempre vuelve
En el ambiente vitivinícola comienzan a escucharse referencias a crisis pasadas, como la de 2017-2018, cuando fue necesario retirar del mercado cientos de millones de litros para evitar un colapso.
Aquella vez, la falta de calidad de gran parte del stock y la imposibilidad de exportarlo agravaron el problema. La famosa anécdota de José Luis Gioja confesándole a Cristina Kirchner en Olivos que el vino que llenaba las bodegas no tenía calidad para exportar siempre vuelve.
Hoy, aunque la situación es distinta en sus causas, el efecto combinado de altos niveles de inventario, caída de la demanda y precios deprimidos plantea riesgos similares.
La estadística oficial asegura que el stock vínico es normal y está en cinco meses aproximadamente, sin embargo, desde los más diversos actores de la industria desmienten esa estadística y afirman estar “llenos de vino”, asegurando que el stock ya supera los 8 meses y en algunos casos llega al año.
Herramientas debilitadas
El Banco de Vinos, concebido como una herramienta de regulación y financiamiento, nunca alcanzó su potencial y hoy se encuentra prácticamente inactivo.
La falta de aplicación efectiva de instrumentos de control y la centralización de decisiones en el Gobierno nacional, sumada al desinterés del Gobierno provincial —que denuncian los productores—, han debilitado casi totalmente una idea que nunca terminó de funcionar concretamente.
Una tormenta perfecta
El escenario combina todos los ingredientes de lo que varios actores ya califican como una “tormenta perfecta”: consumo interno en retroceso, exportaciones a la baja, costos crecientes, precios insostenibles y ausencia de políticas sectoriales activas. A esto se suma la presión impositiva, que se lleva una porción significativa del remanente de explotación de las empresas.
Si las tendencias actuales se mantienen, y nada hace prever que cambien, una crisis de gran magnitud para la industria madre está a la vuelta de la esquina, con consecuencias profundas para el tejido productivo y social de Mendoza.