El descenso del Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba se concretó en su casa, el estadio Feliciano Gambarte, y dejó una herida profunda en la hinchada mendocina. Tras 17 años consecutivos en la Primera División, el club se hundió en la Primera Nacional, consumando un final doloroso que nadie quería ver. La caída duele tanto por la pérdida de categoría como por la forma en que se produjo: sin triunfos de local, sin identidad clara y con una sucesión de técnicos que no pudieron revertir la historia.
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La campaña 2025 fue una larga agonía: apenas cuatro victorias en todo el año, cambios constantes en el banco y un Gambarte que dejó de ser un fortín para convertirse en símbolo de frustración. Los goles no llegaron, la confianza se perdió partido tras partido y cada empate en Mendoza se vivió como una derrota anticipada. El silencio final del 1-1 con Deportivo Riestra fue elocuente: el cierre de un ciclo que marcó a una generación. Godoy Cruz no ganó un solo partido de local y terminó pagando caro ese déficit.
En medio del dolor, ex jugadores como Rodrigo Rey, Diego “Pulpo” Rodríguez, Danilo Ortiz y Thomas Galdames expresaron su tristeza y recordaron su paso por el club. Los mensajes no hablaron de orgullo ni de revancha, sino de pena, impotencia y nostalgia. “Duele ver al Tomba así. Fuerza a todos los que siguen ahí”, escribió uno de ellos. También se sumó la voz del entrenador Omar Asad, quien utilizó sus redes para manifestar su pesar: “Hoy es un día de tristeza y dolor para todos los que amamos al club… No es un objetivo volver, es una obligación”.
Ahora, con el descenso consumado, Godoy Cruz deberá iniciar una reconstrucción profunda. Volver a empezar nunca es fácil, y menos cuando el peso de la historia reciente se convierte en una carga emocional. En Mendoza todavía se respira pena, desconsuelo y silencio, pero también la sensación de que, pese a la caída, el vínculo entre el club y su gente permanece intacto. Porque cuando un equipo representa tanto, su dolor también es colectivo.