Gran Hermano y su misterioso éxito: ¿por qué arrasa en el rating un programa que todos critican?
Gran Hermano arrasa en el rating pese a las críticas. Descubrí por qué nos atrapa el reality, el dilema de mostrar para existir y el éxito tras la pantalla.
Gran Hermano y su misterioso éxito: ¿por qué arrasa en el rating un programa que todos critican?
Son pasadas las 22. Es una noche de un día de semana, de esas en las que la rutina se posa sobre los hombros, y yo preparo mi mochila para ir a trabajar al día siguiente. De fondo, el televisor encendido escupe el ruido constante de una convivencia ajena: Gran Hermano, generación dorada.
En eso, escucho una pregunta de uno de los participantes del reality: “¿Cuál es tu objetivo?, ¿Por qué estás acá?” Y sin tomarse ni un segundo antes de contestar dicen “Para llegar a más personas”, “Para que más gente conozca mi laburo”, argumenta muy segura una comediante. “Para ganar el premio”, contesta otro participante. El premio ronda los 70 millones de pesos, que en el mercado inmobiliario actual podrían comprar sólo una casa.
“Para que más gente conozca mi laburo”, repito en voz alta y con tono burlesco, pensando que lo que dijo es una pavada. Mientras termino de armar mi mochila me enojo conmigo misma por estar viendo Gran Hermano, porque la conversación ajena que escuché me deprimió.Pienso que no me gusta para nada este programa, que podría estar viendo otra cosa. Sin embargo, no cambio de canal. Sigo viendo Gran Hermano.
Vuelvo a lo que dicen los participantes y pienso ¿Realmente funciona así? ¿Es posible que un artista o un comediante sea "conocido" por su oficio mientras lo pone en pausa para participar de un reality show? En este "juego", la subjetividad de los participantes se convierte en mercancía; sus emociones y conflictos son editados y monetizados para generar rating. ¿Y su trabajo? Aquello por lo cual los participantes se alejan de su entorno y se exponen a escrutinio masivo, ¿cómo hacen para mostrarlo y venderlo cuando ellos como personas ahora son el producto y no están trabajando de lo suyo?
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El problema de “mostrar, luego existir”
Esta necesidad de los participantes de "llegar a más personas" con la esperanza de validar su trabajo me recuerda a una de las ideas de Gérard Wajcman (intelectual francés) en el texto “El ojo absoluto”, en donde dice que hoy en día existe el imperativo “muestro, luego existo”. Todo debe ser visto y es la cámara la que le otorga existencia a las personas, y mientras más ojos lo vean, más se confirma dicha existencia.
Hemos pasado de una sociedad que valoraba la mirada a una sociedad dominada por la visibilidad total. Para Wajcman, mirar es un acto profundamente humano y subjetivo. Implica deseo y, sobre todo, el reconocimiento de que existe un límite; que hay algo en el otro que no se puede (ni se debe) ver del todo. Mirar es respetar el misterio. Por el contrario, ver —lo que él llama la función del "Ojo Absoluto"— es una operación técnica. La cámara de Gran Hermano "ve", pero no "mira". No busca entender la singularidad de quien está en pantalla.
Los participantes se ofrecen a ser "vistos" por este ojo técnico con la esperanza de que esa visibilidad, más tarde, se transforme en mirada y se vuelque sobre “su trabajo”, sobre lo que quieren vender o realmente mostrar al mundo. Mientras tanto no notan que, en ese proceso, su humanidad se diluye en el registro constante de una lente que no sabe mirar.
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La solución al problema de mostrar y luego existir
Si el "ojo absoluto" solo se limitara a registrar la cotidianidad sin sentido, el programa colapsaría por el peso de su propia vacuidad. Aquí es donde aparece la maquinaria televisiva para "solucionar" ese vacío, transformando la visibilidad técnica en una estructura narrativa altamente efectiva a través de cuatro pilares fundamentales:
El rol de la producción del programa y el conductor como "sutura" narrativa: La selección de fragmentos de horas de convivencia, sumado a la interpretación épica ("Hoy se cae una careta", "Se viene la gran jugada") es lo que le da sentido al caos. Santiago del Moro y la producción son el puente que une el encierro con la audiencia.
La edición, de sujetos a personajes: Es en el montaje donde ocurre la verdadera magia de la serialidad. Mediante la elipsis y la selección, la producción no muestra la "realidad", sino una construcción de la misma. A través de la musicalización y la yuxtaposición de imágenes, se fuerzan arcos narrativos: alguien es editado sistemáticamente como el "villano", mientras otros son construidos como "líderes" o "víctimas", arquetipos que la audiencia necesita para poder volcar su juicio.
El espacio del plató, la glorificación del exiliado: La gala de expulsión funciona como un rito de pasaje necesario. El participante deja el encierro (el espacio de la vigilancia) para entrar al plató (el espacio de la glorificación). Esa llegada triunfal, rodeada de luces y multitudes, representa la recompensa mediática. Es el zaguán de la mirada que, creen, les dará identidad y catapultará “su trabajo”.
La discursividad de la "moralina" televisiva: Existe una tensión constante entre el comportamiento real de la casa y el discurso de los analistas en los paneles. Estos debates funcionan como tribunales morales que dictan qué conductas son aceptables. Se genera así una suerte de "hipocresía discursiva" donde se le exige al participante una ética que el propio medio, en su afán de rating, no siempre está dispuesto a sostener.
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El panel no se calla nada y la lupa está puesta sobre cada movimiento de los jugadores
Me quejo, lo critico en redes y no puedo dejar de mirar Gran Hermano
Mientras tanto yo ya terminé de armar mi mochila y me senté a ver el programa sin estar del todo convencida acerca de si realmente quiero “entretenerme” con eso. "¿Por qué estoy viendo esto?", pienso.
Históricamente, el éxito del formato de Gran Hermano en Argentina ha estado ligado a contextos de crisis socioeconómica y/o políticas. La televisión argentina fue escenario del reality Gran Hermano en 14 oportunidades. De las cuales, tres fueron las más exitosas en términos de rating.
El debut del formato en Argentina con la conducción de Soledad Silveyra midió 36,1 puntos de rating, esta edición se realizó en el complejo año 2001.
Más tarde, en el año 2007, GH marcó 24,9 en el programa debut con la conducción de Jorge Rial y ese mismo año GH Famosos batió récord alcanzando los 38,1 durante la final.
En el año 2022, la final midió 20 puntos de rating. Mientras que este año, Gran Hermano, generación dorada, marcó 17 puntos en su programa debut, en una época de consumo cultural que casi ha dejado de lado la televisión.
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Dicho esto, es fácil concluir que el programa ofrece una función de "escape" psicológico, desconectando al espectador del estrés diario sin requerir un razonamiento profundo. Esto último, y sumado a la falta de presupuesto para ficciones locales,hace que el reality se consolide como un recurso rentable (y prácticamente único si no se tiene acceso a las plataformas de streaming) para el entretenimiento de la gente.
En su texto “Divertirse hasta morir”, Neil Postman (intelectual norteamericano) dice: "Lo que afligía a la gente en 'Un mundo feliz' (novela de Aldous Huxley) no era que se rieran en lugar de pensar, sino que no supieran de qué se reían y por qué habían dejado de pensar". El verdadero motivo de temor no es que prohibieran pensar sino que no hubiera razón para prohibirlo porque nadie quiere pensar.
A esta altura, ya son las 12 de la noche. Escucho a Santiago del Moro despedirse de la audiencia diciendo “porque todo es Gran Hermano”. Apago la tele y antes de irme a dormir, veo en mi celular cuántas visualizaciones en Instagram tuvo la última historia que subí.