Este respaldo administrativo y legal permite que los docentes tomen decisiones inmediatas en los segundos iniciales, ayudando a que, al llegar las fuerzas de seguridad, la situación esté "relativamente ordenada".
Casos que marcaron un punto de inflexión
Meses atrás se registraron al menos tres situaciones graves en ámbitos educativos de Mendoza. Uno de los casos ocurrió en el Departamento de Aplicación Docente (DAD), donde una estudiante cayó desde el segundo piso del edificio.
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Estudiantes del DAD realizaron una sentada pidiendo abordar la problemática de salud mental tras el intento de suicidio de una compañera.
Foto: Yemel Fil
Pocos días después, otra alumna intentó autolesionarse en el colegio Magisterio. El tercer episodio se dio en noviembre, cuando una estudiante de los primeros años de la Facultad de Arte protagonizó una situación similar y debió ser internada.
Estos hechos no solo generaron conmoción en las comunidades educativas, sino que también evidenciaron la falta de herramientas claras para intervenir en momentos críticos. La necesidad de actuar rápido, sin improvisación, terminó por acelerar la definición de protocolos específicos.
Una “epidemia silenciosa” que golpea a los jóvenes
El contexto en el que se inscriben estos casos es alarmante. El suicidio es considerado una “epidemia silenciosa”: es la décima causa de muerte en el mundo y la segunda entre jóvenes de 15 a 29 años, según la Organización Mundial de la Salud.
Pero el dato más inquietante es otro: por cada suicidio consumado, se estiman al menos 20 intentos. Una cifra que refleja la magnitud de una problemática muchas veces invisibilizada.
En Mendoza, los números confirman esa tendencia. Durante 2025 se registraron 787 intentos de suicidio, una baja del 7,95% respecto al año anterior, pero con indicadores que siguen siendo críticos y gran incidencia de adolescentes.
El drama de la reincidencia adolescente
Al analizar los datos en profundidad, aparece un patrón que preocupa especialmente: la reincidencia tiene un rostro joven.
El 60% de las personas que intentaron suicidarse dos o más veces en el mismo año son adolescentes de entre 10 y 19 años.
Dentro de ese grupo, los jóvenes de 15 a 19 concentran el 38% de las reincidencias. Además, representan casi el 25% del total de casos en la provincia.
La gravedad se refleja también en las consecuencias: el 67% de los intentos requirió internación. Es decir, no se trata de episodios leves o aislados, sino de situaciones de alto riesgo que ponen en jaque al sistema de salud y a las instituciones educativas.
Factores que agravan el escenario
Detrás de cada caso hay múltiples variables. En adolescentes, el consumo problemático de alcohol y marihuana aparece como uno de los factores más frecuentes, mientras que en adultos jóvenes —de entre 25 y 34 años— la cocaína adquiere mayor incidencia.
A esto se suma el impacto post pandemia, que profundizó cuadros de ansiedad, depresión y aislamiento, especialmente en jóvenes. La escuela, como espacio de socialización, terminó siendo también el lugar donde estas crisis emergen con mayor visibilidad.
Por qué se hizo necesario un protocolo
Frente a este escenario, la creación de un protocolo dejó de ser una opción para convertirse en una necesidad urgente. La presencia de intentos de suicidio dentro de escuelas obliga a contar con pautas claras de actuación, que permitan intervenir de manera rápida y adecuada.
El nuevo esquema prioriza la escucha empática, la contención emocional y la estabilización de la persona en crisis, evitando juicios y buscando ganar tiempo hasta la llegada de equipos especializados.
También redefine el rol de la Policía, que en estos casos debe actuar como primer sostén, en coordinación con el sistema de salud.
Un síntoma de una crisis más profunda
Más allá de la herramienta en sí, la implementación del protocolo deja en evidencia algo más profundo: la escuela ya no solo enseña, también contiene problemáticas sociales cada vez más complejas.
La salud mental, durante años relegada, hoy se instala como una urgencia. Y los datos, junto con los casos recientes, muestran que el problema no distingue ámbitos ni edades, pero golpea con más fuerza a los jóvenes.
El desafío, advierten especialistas, no es solo reaccionar ante la emergencia, sino avanzar en políticas de prevención que permitan llegar antes. Porque cuando la crisis estalla dentro de una escuela, el sistema ya llega tarde.
Salud mental en crisis: prevalencia y tendencias globales
La Organización Mundial de la Salud identifica varios factores de riesgo que pueden aumentar la probabilidad de que un joven cometa o intente cometer un suicidio.
Los jóvenes que tienen algún problema de salud mental o física tienen un mayor riesgo de padecer trastornos psicológicos y de suicidarse. Se estima que el 95 % de las personas que se suicidan tienen un trastorno psicológico en el momento de su muerte. Estudios del Reino Unido en 2016 demostraron que más del 35% de los niños y jóvenes que se habían suicidado habían buscado ayuda médica para un problema de salud física antes de su muerte (Universidad de Manchester, 2016).
- Situación socioeconómica:
Más del 70% de los suicidios del mundo ocurren en países considerados de ingresos bajos o medios (OMS, 2023). La falta de recursos reduce la disponibilidad y accesibilidad a los servicios de salud, lo que causa desesperación por la denegación de alimentos y otros servicios esenciales y puede estar vinculado a una mayor prevalencia del suicidio.
Las normas, prácticas, valores y expectativas culturales pueden conducir a un aumento de los índices de suicidio juvenil al crear entornos estresantes.
El maltrato de niños y jóvenes puede hacer que sufran trastornos psicológicos y, en los casos más extremos, llevarles al suicidio. A escala mundial, el abuso y el abandono constituyen uno de los factores de riesgo más significativos en el suicidio adolescente.
En países donde las armas de fuego son más accesibles, el acceso a las armas es un factor de riesgo clave del suicidio juvenil.
- Traumas familiares, duelo y antecedentes de suicidio:
Especialistas advierten que las tasas de suicidio juvenil son más altas en los niños cuyas familias presentan antecedentes de depresión o suicidio. Conflictos familiares graves, violencia doméstica, falta de comunicación y apoyo en el hogar, o experiencias de separación de los padres pueden generar altos niveles de angustia.
- Identidad de género y orientación sexual:
Los niños y jóvenes que se identifican como una minoría sexual dentro de su comunidad corren el riesgo de sufrir alienación y maltrato, lo que puede llevar a un mayor riesgo de suicidio, señalan expertos.
En un estudio realizado por la organización benéfica Just Like Us entre diciembre de 2020 y enero de 2021, se encuestó a 2934 adolescentes LGBTQIA+ de 11 a 18 años y se descubrió que el 68% había experimentado pensamientos suicidas.
- Presiones académicas y acoso:
Los jóvenes que sufren presiones académicas o maltrato en el ámbito escolar tienen un mayor riesgo de suicidio. Más de una cuarta parte de los jóvenes que se suicidaron en el Reino Unido en 2016 se enfrentaban a exámenes o resultados de exámenes en el momento de su muerte (Universidad de Manchester, 2016). Las formas extremas de acoso pueden desencadenar problemas de salud mental y empujar a los jóvenes al suicidio. En el Reino Unido, el 22 % de los intentos de suicidio entre los jóvenes pueden estar vinculados a casos de acoso (Universidad de Manchester, 2016).
Indicadores de riesgo de suicidio
Los niños y jóvenes suelen dar señales de advertencia que pueden ayudar a identificar y mitigar los riesgos de suicidio:
- Expresión suicida: los jóvenes que están pensando en el suicidio suelen mostrar esa intención a través de sus actos. Pueden hacerlo mediante notas e imágenes suicidas o con frases verbalizadas que sugieren o indican que no tienen la intención de vivir mucho más. En algunos casos, las tendencias suicidas pueden mostrarse a través de autolesiones.
- Cambios radicales en el comportamiento: los niños y jóvenes que están pensando en suicidarse suelen presentar cambios significativos en su comportamiento en cosas que de otro modo serían normales. Esto puede incluir cambios en los patrones de alimentación y sueño, en actividades y pasatiempos y en la apariencia física. Pueden tener un comportamiento impulsivo o imprudente y pueden tener dificultades para controlar sus emociones.
- Falta de interés: suelen apartarse de su entorno, ya que su estado mental y emocional los lleva a sentirse desconectados de la vida cotidiana. Puede incluir bajo rendimiento, alejamiento de los amigos y familiares y falta de respuesta a los elogios; en los casos más extremos, pueden llegar a regalar posesiones personales y tener problemas para enfocarse con claridad.
- Abuso de sustancias: el abuso de drogas y otras sustancias puede ser un indicador principal de desesperación juvenil y escapismo.
- Prevenir el suicidio infanto-juvenil: consejos para madres y padres
- Escuchar sin juzgar: Motilla resalta que es “esencial que la persona en riesgo sienta que puede hablar abiertamente sobre sus pensamientos y emociones sin miedo a ser juzgada o castigada. Escuchar activamente y mostrar empatía puede ser muy reconfortante y continente”.
- Buscar ayuda profesional: “No se debe tratar de enfrentar esta situación solos. Es importante que la persona reciba ayuda de un psicólogo o psiquiatra. Por otro lado, el acompañamiento terapéutico es clave para manejar pensamientos suicidas”, expresa.
- Crear un entorno de apoyo emocional: Fomentar una relación de confianza, donde el hijo o la persona en riesgo sienta que puede recurrir a sus seres queridos para hablar de sus preocupaciones. En este aspecto, el psicólogo aclara que no solo se trata de “aconsejar”, sino “de estar presente y disponible”.
- Identificar señales de alerta: “Los padres deben aprender a reconocer los signos tempranos de que algo no anda bien: cambios de comportamiento, aislamiento, comentarios sobre el sentido de la vida o la muerte, y otros indicadores de malestar emocional”, continúa.
- Abrir el diálogo sobre el suicidio: Uno de los principales motivos que agrava el suicidio es el silencio en torno a esta problemática. Al respecto, Motilla reconoce que puede ser difícil abordar el tema, pero “hablar abiertamente sobre ello no genera el deseo de suicidarse. Al contrario, al preguntar de manera clara y directa, los padres pueden crear un espacio seguro donde sus hijos se sientan validados y comprendidos”.
- Fortalecer las redes de apoyo: “Aparte de la familia, es importante involucrar a amigos, maestros o mentores de confianza para crear un entorno seguro donde la persona se sienta apoyada”, completa.
Prevención del Suicidio: líneas de asistencia
Línea 148, opción 0:
Para toda la comunidad se encuentra habilitada la Línea 148, opción 0, que también es atendida por especialistas en salud mental para acompañamiento y asesoramiento, todos los días de 8 a 20.
Centro de Asistencia al Suicida en Argentina:
El Centro de Atención al Suicida (CAS) atiende en diferentes horarios, de forma anónima, gratuita y voluntaria.
Contacto: 135 (línea gratuita desde Capital y Gran Buenos Aires) | (011) 5275-1135 o 0800 345 1435 (desde todo el país). | CAS Mendoza: 0800 8000 135 (teléfono fijo); (+549) 261 557 0314 (WhatsApp, solo llamadas); 2622 540 949 (Guardia, llamadas comunes, fines de semana y feriados); @cas.mendoza.1 (Instagram).
Línea 102:
Niños, niñas y adolescentes cuentan con la Línea 102, a la que pueden llamar todos los días a cualquier hora, es decir que está disponible las 24 horas los 7 días de la semana.
En esta línea serán escuchados por un profesional de la salud para contener, orientar, asesorar sobre alguna situación que esté atravesando el niño o la niña.