22 de abril de 2026
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Red social

La confianza en crisis: ¿podemos creer en lo que vemos, leemos o escuchamos?

En una era donde la inteligencia artificial puede fabricar imágenes, voces, videos y textos con enorme facilidad, el problema ya no es solo detectar lo falso: empezamos a desconfiar también de lo real.

Por Damian Kesler

Está bastante claro que nuestro modo de informarnos sobre lo que pasa en nuestro mundo sucede cada vez más por redes sociales y cada vez menos por medios tradicionales. Al mismo tiempo, ya sabemos todos que la IA ya tiene la capacidad de construir con tremenda precisión esa misma “evidencia” que hasta hace poco nos ayudaba a dar por cierto o validar un hecho, una imagen o una opinión.

A no ser que vivas en un tupper, ya te habrás cruzado con contenido mega-ultra-hiperrealista: una escena cotidiana que de repente termina con un dinosaurio de fondo, un abuelo que sale volando o la noticia perfectamente presentada que días después te enteraste que nunca pasó. Y justo ahí empieza a suceder algo muy curioso.

Entre virales, frutinovelas y videos hiperrealistas, nuestra mirada por defecto ya no consiste en desconfiar cuando algo se ve raro. Empezamos a dudar por defecto. Así, la mayoría de las personas empieza a dar por hecho que lo que ve es falso… hasta que encuentra señales de que ese algo es real.

Cuando lo real también empieza a parecer sospechoso

En el último tiempo, varias personas se me acercaron para mostrarme noticias que claramente eran falsas. Pero también ocurrió algo peor: me mostraron supuestas fake news hechas con IA que, en realidad, eran completamente reales. Y ahí sentí que se nos estaba empezando a mover algo más profundo que una simple anécdota del mundo digital.

Esto que empieza a ser cada vez más cotidiano instala una nueva forma de relacionarnos con la realidad mediada por pantallas. Una que parece obvia, casi inocente, pero que empieza a desgastar un acuerdo social básico: el vínculo entre evidencia y verdad.

El problema de fondo no es solo tecnológico, tiene un fuerte peso social. Y también cognitivo. Porque lo que aparece es desgaste mental, erosión de confianza, dificultad para construir acuerdos, sospecha permanente y la sensación de que todo podría ser un montaje (¿síndrome de Truman Show?).

Ya no alcanza con ver un video. Ya no alcanza con escuchar una voz. Ya no alcanza con ver una foto. Incluso lo real empieza a parecernos sospechoso.

Y eso no es un detalle menor. Una sociedad no puede vivir bien si todo le parece dudoso. No puede informarse, conversar ni tomar decisiones colectivas si cada imagen, cada audio o cada publicación necesita una pericia forense para ser creída.

La “otra” lógica de las redes

En las redes, además, reina otra lógica. ¿Alguna vez pensaste qué es lo que realmente te entretiene de ese video al que le diste like o que compartiste con tus amigos?

El bufón de la Edad Media entretenía a reyes y señores con chistes, exageraciones, malabares y escenas ridículas. Hoy, ese personaje se mudó a nuestras pantallas.

El bufón digital hace cualquier monería para captar tu atención y ganarse tu aprobación en forma de likes, compartidos y comentarios. Puede humillarse, exagerar, sobreactuar o ridiculizarse hasta el límite con tal de alcanzar el gran premio de esta época: la viralidad.

Pero el problema no termina ahí. Porque mientras algunos llevan estas dinámicas al extremo para destacar entre tanto slop, otros directamente buscan ponerte a vos en el lugar del bufón. Es decir, buscan confundirte, engañarte, burlarse de vos, jugar con tus emociones, implantarte una noticia falsa o hacerte reaccionar impulsivamente.

No hay casi nada que genere más engagement que el odio y el humor. El humor es social, pide ser compartido. El odio es impulsivo, pide reacción inmediata. Esas son hoy dos de las grandes palancas sobre las que circula el contenido en redes.

El otro gran punto de vulnerabilidad humana por donde buscan dirigir nuestro comportamiento es el aspecto erótico. Ya hablamos de influencers IA, cada vez más erotizadas, más ambiguas, más difíciles de distinguir. Y también entra en este terreno la generación y difusión de desnudos hechos con IA.

Aunque alguien diga que no le afecta, claro que moviliza. Activa emociones, curiosidad, morbo, excitación, impulsos más o menos sutiles. Y cuando eso ocurre, no solo cambia lo que consumimos, también cambia cómo decidimos, cómo reaccionamos y qué estamos dispuestos a creer o compartir.

Nuestras emociones, muchas veces, son las backdoor, es decir, la puerta trasera por donde se cuelan las ideas más extremas, los engaños más efectivos o los contenidos más dañinos.

Hacer brujería contra el algoritmo

En un video producido por BiNC TV y publicado en el canal de Café Kyoto, se propone una idea que me quedó dando vueltas: hacer “brujería contra el algoritmo”. No en un sentido mágico, sino como una forma de interrumpir su lógica.

¿Qué sería eso? Señalar la manipulación, sí, pero también aprender a cortar el flujo automático. Romper la temporalidad de consumo constante. Meter pequeñas pausas. Crear fricciones. Dejar de reaccionar en piloto automático.

También implica reaprender a usar las herramientas digitales sin caer ingenuamente en su lógica. Usarlas estratégicamente y no solo reaccionar a lo que nos empujan a mirar.

Un pequeño ejercicio: si una noticia o un video te despierta una emoción muy intensa (ya sea entretenimiento, bronca, miedo, morbo o euforia), frená un segundo. Respiralo. Contrastalo. Verificalo. La intensidad emocional suele ser una señal de alerta.

Usá la IA integrada en tu celular -Gemini, si tenés Android- y pedile que verifique con fuentes oficiales si lo que estás leyendo es verdadero o no.

Hace algunas semanas descubrí que Facebook me recomendaba con bastante frecuencia tres canales de “noticias” que solo publican información falsa. Más de una vez mi impulso inicial, desde el enojo, fue comentar o compartir. Hasta que así solo le estaría siguiendo el juego.

Reconocerlo cambió mi forma de verlo. Ahora hasta me divierte ver cuán bien están hechas algunas de esas imágenes o posteos. Y, al mismo tiempo, me sirve de brújula para revisar cuán consciente estoy cuando entro en modo scroll.

No estoy de acuerdo con prohibir las redes sociales como respuesta rápida. Me parece un debate demasiado serio como para resolverlo en una línea o desde el pánico moral. Pero sí creo que necesitamos una conversación más honesta y más profunda sobre nuestros hábitos digitales, sobre todo cuando hay menores en juego.

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El lugar de los medios

El último peldaño de esta reflexión quiero dedicárselo a los medios de comunicación.

Frente al impacto social y cultural que tiene la creación de contenidos masivos con IA, vamos en camino directo a una era de desconfianza y verificación permanente. Y en ese escenario, creo que los medios “tradicionales” tienen una oportunidad clave de resignificar con fuerza su rol.

Mientras que el avance en generación de texto, imagen, voz y video está erosionando la confianza, humanamente volvemos a buscar refugios. Espacios donde no todo da lo mismo. Lugares donde alguien haya ido a las fuentes, haya chequeado, haya puesto nombre, firma, criterio y responsabilidad sobre lo que publica.

Después de meses de pérdida sostenida de tráfico en buscadores y redes, muchos medios se vieron obligados a repensar su vínculo con la audiencia. Y quizá ahí aparezca esta oportunidad: dejar de competir por volumen, velocidad o efectivismo, y volver a discutir cuál es su verdadero valor agregado.

Porque notas del tipo “los tres lugares que deberías visitar este verano según la IA” aportan poco y nada. En cambio, dar voz a especialistas, analizar un problema local, ayudar a leer un fenómeno, ofrecer contexto o advertir con claridad sobre un riesgo concreto sí hace diferencia.

Los medios, sobre todo los locales, los de barrio, los que pisan tus mismas calles, no solo tienen el rol de comunicar. También tienen el desafío de validar, ordenar, dar sentido, contextualizar y construir confianza. No por ser perfectos, sino porque todavía pueden ofrecer algo que hoy escasea: responsabilidad editorial en medio del ruido.

Aunque el slop, el odio y el erotismo prefabricado sean cada vez más fáciles de producir y consumir, una sociedad necesita algo más para sostenerse: veracidad, contexto y confianza.

La confianza se construye. Y en esta etapa, tal vez una de nuestras tareas más humanas sea volver a aprender en quién confiar.

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