El poder de confrontación o negociación política en un sistema democrático, lo da la representatividad. Pero también, la fortaleza de la unidad; con representatividad y sin unidad, Juntos por el Cambio, la principal fuerza opositora, ya no existe.
Minutos después de la advertencia de Sanz, se conoció que Patricia Bullrich, a instancias de un Mauricio Macri devenido en monje negro, había cenado con Javier Milei para “perdonarse mutuamente” agresiones de carácter personal y anunciar un apoyo de “la montonera tira bombra” (como la calificó durante toda la campaña) al “irresponsable, mentiroso e inestable” (como lo tildó ella, hace apenas 3 semanas).
Ese encuentro entre gallos y medianoche, fue la chispa en el reguero de pólvora que se había extendido desde el domingo hasta el día más inestable que recuerde la gente de Cambiemos desde que nacieron, hace sólo 8 años.
Los primeros en explotar, fueron Gerardo Morales y Martín Losteau, en conferencia de prensa donde dijeron sentir vergüenza ajena por esa cena, como una falta de respeto al radicalismo, al PRO, a 10 gobernadores, 500 intendentes de todos el país, 149 legisladores nacionales y terminaron de dar por cumplida la profecía de Sanz: Patricia y Mauricio “están afuera de la coalición”, sentenciaron a perpetua.
Pero la implosión no iba a ser sólo del frente, sino también dentro del mismo Pro. Llegó la tarde y fue nada menos que Rodríguez Larreta quien habló de los juegos traicioneros de su ex líder, al afirmar con un rictus facial extraño en él, que “Macri avaló a Milei durante la campaña”.
Horacio, de esta manera, dejaba claro que habían roto al partido vecinalista, cuyas migajas se esparcen ahora sin rumbo cierto, por más que ostente un par de provincias con gobernadores propios, Ignacio Torres en Chubut y Rogelio Frigerio en Entre Ríos, y sostenga la Capital con Jorge Macri.
Faltaba ver la posición de los gobernadores del partido centenario; y se expresó con fuerza al caer la noche del día más agitado de la oposición: “no vamos a entregar nuestra identidad al alquimista de turno”.
La frase parece más dirigida a Macri que a Milei porque, en definitiva, quien llevó a Bullrich a arriar las banderas incluso personales y judiciales que ella tenía con el libertario, fue Mauricio.
Llamativamente, el que no habló fue el alquimista. Y eso ha dado espacio a especulaciones periodísticas escandalosas, por ejemplo, señalan que el ex presidente hizo todo esto para salvarse él, sin importarle el destino del frente. “Si gana Massa, me tengo que ir del país”, habría revelado en su entorno, repasando que tiene espadas de Damócles de carácter penal sobre su testa: las causas de los parques eólicos, de espionaje ilegal, peajes y Correo Argentino.
Lo que subyace es que los personalismos se llevan puesto las ideologías, las alianzas y los partidos. Es decir, la mismísima institucionalidad política argentina.
Y en ese devenir de traiciones, arrepentimientos, claudicaciones y especulaciones, el electorado sucumbe ante la falta de representatividad.
Porque, por ejemplo, ¿qué representa Bullrich, ahora? ¿Dolarización, venta de órganos, portación libre de armas? ¿Qué permisos obtendría Milei de su nueva socia, cuando ella dijo en campaña que jamás dejaría que deroguen la ley de interrupción del embarazo o cuando se la vio como una de las principales defensoras de los científicos del Conicet, organismo que el libertario quiere clausurar?
¿Sabrán explicar en 3 semanas un plan de gobierno plagado de antinomias como las que se expresaron hasta hoy, cuando eran contrincantes?
Es aquí donde mueren las convicciones: en la confesión del propio Milei faltando una hora para culminar el miércoles del espanto. “La prioridad es llegar al poder”.
Ergo, ya no importa que para alcanzar ese objetivo, haya dirigentes, como Macri y Bullrich dispuestos a lanzar misiles a la franja de dignidad que todavía los radicales quieren conservar en el frente herido de muerte.
Ya habían dado muestras de lo que eran capaz de hacer cuando después de feroces enfrentamientos en la interna con Larreta, le prometieron hasta una Jefatura de Gabinete de una ilusión de Gobierno, para fidelizar sus votos con vistas a la general del domingo.
Pero, en todo caso, todavía eran madera del mismo árbol. Lo desvergonzado es arrodillarse ante quien te denostó pública y misóginamente, con la excusa de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Justificar la maniobra diciendo que es una alianza contra el populismo, el kirchnerismo o cuantos ismos se les ocurra, es una falacia. Lo que hay no es otra cosa que una abdicación de principios, valores, ideología y dignidad.
Así las cosas, parece inevitable el final de Juntos por el Cambio, anunciado por uno de sus creadores, y provocado por dos pusilánimes sin más representación en la otrora fuerte oposición.
Asistimos en silencio al réquiem de una manera de hacer política: ya no caben los acuerdos programáticos, las coaliciones partidarias ni la convergencia de ideas. El efímero instante de dignidad que simularon esos dirigentes, ha dado lugar al final de una era, por pretender alcanzar como sea una meta vedada por el electorado en los comicios del domingo, donde quedaron terceros lejos.
Fue así como la oposición se quedó sin posibilidades de ser Gobierno; y el Gobierno se quedó sin oposición.