El Teatro Independencia se convirtió en el lugar de encuentro para revivir en un tributo diferente, el enorme legado que los Redonditos le dajaron a nuestro rock.
Es probable que la multitud que ayer se acercó a la sala mayor de la provincia no supiera bien qué esperar. Lo único certero y, que fue el motivo de que se agotaran las entradas con una rapidez inusitada, era que la magia del ritual de Los Redonditos de Ricota volvería a encenderse con un concierto tributo.
Aquello que se vivía en espacios a cielo abierto entre banderas y un pogo interminable, ahora proponía una sala con finas butacas, telones y una acústica impecable. Las canciones de la agrupación que supo liderar el Indio Solari y Skay Beilinson sonarían en formato sinfónico y sería la batuta de Mario Esteban la que comandaría las versiones ejecutadas en piano, una orquesta de cuerdas y el coro de cámara de la UNCuyo.
Si bien los músicos se encargaron de romper con el protocolo de una velada clásica, los rostros de incertidumbre aparecieron con las primeras notas. ¿Cómo contener a esa manada hambrienta de rock ricotero? Muchos acompañaban los temas cantando por lo bajo para no empañar el despliegue de los músicos, mientras que otros escuchaban extasiados la novedad. En todo caso, el ambiente se cargó de una energía contenida que explotaba cada tanto en aplausos y gritos de euforia.
Fue así, que la noche cargó munición pesada contra los corazones fanáticos al tocar Luzbelito y las sirenas, Me matan limón, Gualicho, Sushi, La gran bestia pop, La hija del fletero, Vencedores vencidos, "Caña seca y un membrillo", Un ángel para tu soledad y "Ñam fri fruli fali fru", entre otras canciones del repertorio de Patricio Rey.
Cerca del final llegó la versión de Ji ji ji, que interpretada en teclado por Damián Tepman y acompañada por el ensamble de cuerdas despertó la locura del público joven que se dejó arrastrar sin censura por la necesidad de cantar el estribillo popular a viva voz. Momento que se completaría luego con el himno: Juguetes perdidos y el bis Masacre en el puticlub.
Cada una de estas notas es un pedido para que se vuelvan a juntar, se le escuchó decir al director nacido en Mendoza y creador de semejante propuesta musical. Gracias por tanta magia, le respondieron desde la sala que ostentada algunos trapos colgados. Mientras que afuera del teatro, otro grupo de seguidores locales compartía en vivo el concierto a través de una pantalla gigante que se dispuso para la ocasión.
El cierre que se coronó luego de una hora y media de show con una vuelta más de Ji ji ji, dejó a todos latiendo el mismo deseo. El del regreso de una de las bandas más influyentes que supo dar nuestro rock nacional.