Cuando ya ha pasado más de medio siglo que culminó el Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado por San Juan XXIII, y concluido por Paulo VI, aún sabemos de curas (dicho con todo respeto) que se resisten a la puesta al día, aggiornamento, de la Iglesia. Y laicos que los acompañan. Se los conoce como "preconciliares".
Antes de ese Concilio, por ejemplo, las celebraciones se realizaban en latín, por ser el idioma más hablado y universalmente aceptado desde las épocas del imperio romano. Jesús hablaba el arameo, luego se impuso el griego y seguramente tantos otros. Pero luego se convirtió en lo que se llama "lengua muerta", muy culta, muy erudita, de indudable significación, pero escasa comprensión por la mayoría de los pueblos en el pasado siglo XX.
Por ello, desde el Concilio, con buen criterio el Papa autorizó y alentó las celebraciones en lengua vernácula, es decir, la de cada país. El objetivo de fondo es comunicar el Evangelio. Y para comunicar hacen falta al menos tres elementos: emisor, mensaje (con un código comprensible) y receptor. Si el mensaje no se entiende, no se comunica al que va dirigido. Así de simple.
Pero en San Rafael, cuando ya llevamos veinte años del siglo XXI, aún hay sacerdotes que celebran en latín y de espaldas al pueblo, por citar a manera de ejemplo. Está la salvedad de la autorización previa del obispo y para oportunidades especiales.
Nadie le resta solemnidad a las celebraciones y música sacra con textos en latín. Lo envolvente de magníficos coros, eleva el espíritu, cuando los presentes entienden de qué se trata.
Pero más allá de esto, la situación en San Rafael muchas veces adquirió ribetes preocupantes como que hubiera sacerdotes que se negaran a bautizar a hijos de padres convivientes no casados, o divorciados, o mamás solteras. Y muchos otros que sí lo hacían, sin prejuicio alguno hacia quien iban a bautizar. Lo mismo con respecto al respeto y acompañamiento (sin apartarse de la doctrina eclesial) a los homosexuales, lesbianas, etc.
La Diócesis se creó en 1961, siendo su primer obispo Mons. Primatesta, luego Jorge Carlos Carreras, Oscar Villena hasta llegar a Mons. León Kruk, quien permaneció durante 18 años.
El nuevo obispo necesitaba más sacerdotes para la extensa región del Sur. Llegaron entonces varios provenientes de Paraná, en cuyo seminario se habían formado muchos de ellos con una orientación tradicionalista. Esto motivó que a la diócesis del Sur se la considerara por un lado retrógrada (excesivamente cerrada, apegada a estructuras rígidas), pero por otro muy abierta a nuevas expresiones. Por poner un ejemplo, Monseñor León Kruk, gran pastor que tuvo San Rafael, autorizó, siendo el primero de la Provincia y uno de los pioneros en la región, al Movimiento Encuentro Matrimonial que fue baluarte del progresismo en las últimas décadas del pasado siglo.
Pero las divergencias estaban, aunque sabiamente cobijadas por el Obispo. Cuando falleció Monseñor León Kruk, en un trágico accidente cerca de Zapata, le sucedió Monseñor Jesús Arturo Roldán, simpático y alegre cordobés, con una mansedumbre impecable, que intentó acercar posiciones, pero la muerte lo sorprendió tempranamente, con un cáncer terminal. Después se hizo cargo de la Diócesis el arzobispo emérito de Mendoza Monseñor Cándido Rubiolo, y Monseñor Guillermo José Garlatti, y finalmente Mons. Eduardo María Taussig, el actual. Todos con la misma intensión de fomentar armonía. Pero los chispazos continuaron.
El año 2020 y la pandemia hicieron lo suyo. Cuando debieron extremarse las medidas de higiene en todo el mundo y para todo el mundo, la Iglesia comprendió la gravedad de la situación y adecuó sus actividades. El mismo Papa Francisco dio el ejemplo, desde la cúspide misma de la jerarquía eclesiástica católica, apareciendo en soledad absoluta en las celebraciones de la Semana Santa. Y guardando los cuidados de distanciamiento adecuados en las misas.
Pero en San Rafael, Alvear y Malargüe seguían algunas reticencias.
Cuando el obispo Taussig, junto al Arzobispo de Mendoza Mons. Marcelo Colombo, indicaron que debía darse la comunión solamente en la mano, empezó el estallido del conflicto en el Sur, donde la desobediencia de muchos se generalizó alarmantemente. Y se profundizó cuando en el mismo Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, se negaron a acatar la indicación del obispo.
Pero indudablemente no fue sólo esto. La orientación que se daba en la casa de estudios, y lo que indicaba la Iglesia desde la Santa Sede para abajo, no parecían ser lo mismo.
Por un lado, hubo párrocos que acataron inmediatamente lo decidido desde el Obispado, incluso los del Instituto del Verbo Encarnado, considerado también tradicionalista.
Con el tiempo, algunos otros -principalmente curas de distritos- también fueron obedeciendo. Pero otros, deliberadamente no, hasta el día de hoy.
Palabras más, palabras menos, el obispo Taussig consideró a esto como una flagrante desobediencia. Y basta con repasar un poco la historia, para ver que la Iglesia Católica es eminentemente jerárquica, y la desobediencia a un obispo no es precisamente lo que más se tolera. Ejemplos sobran.
Ante esta encrucijada, el obispo local se dirigió a sus superiores (léase, Santa Sede o Vaticano). De allí la respuesta fue tajante. Con la firma del cardenal Beniamino Stella, prefecto de la Congregación para el Clero, y el apoyo tácito del Papa Francisco, se debía cerrar el Seminario Diocesano de inmediato. Y cuando Roma dictamina, se acabó la discusión en el mundo católico. Taussig logró que continuara hasta fin de año, y finalmente cerró. Los jóvenes cursantes después de un tiempo de discernimiento, deberán orientarse hacia otros seminarios del país.
Las repercusiones no se hicieron esperar. Desde cartas al obispo de católicos que con nombre y apellido que expresaban su desacuerdo tanto con lo de la comunión en la mano como con lo del seminario, hasta notas que decían tener muchas firmas, pero que no figuraba ninguna. Pero además, manifestaciones públicas por calles y en la sede del Obispado, pidiendo la renuncia de Taussig, movilizaciones rompiendo todo tipo de reglas higiénicas propias de la situación pandémica y las primeras agresiones verbales.
Por su parte, el Obispo recibía el apoyo explícito de la Conferencia Episcopal Argentina, con las firmas del su presidente, Mons. Oscar Ojea, y los vicepresidentes Cardenal Mario Poli (metropolitano de Buenos Aires) y Mons. Marcelo Colombo, que además es titular de la Arquidiócesis Metropolitana de Mendoza.
La evidente desobediencia al Obispo, hizo que en un programa especial de Televisión Andina y Canal 6, le preguntáramos si existían "curas rebeldes". Taussig, en ese momento, bajó el tono de la discusión y los consideró como que solamente tenían otros criterios, sobre los que se seguiría conversando para que mantuvieran su fidelidad al pastor.
No obstante, la realidad demostró que se trataba de verdaderas rebeliones.
Pero hubo dos momentos cúlmines de agresión, en una Iglesia promotora de la no violencia, de la paz y concordia predicadas desde el Papa hasta el más humilde de los laicos.
Uno fue a mediados de noviembre, en el aniversario de Malargüe, donde el Obispo fue a participar de los actos y a celebrar misa por el recientemente fallecido padre Pablo Fuentes, que fue párroco de ese departamento hace décadas. Al salir del templo se encontró con manifestaciones en su contra, y su vehículo dañado.
Por otra parte, muchos malargüinos con una nota que hicieron pública, pero en este caso con nombres y apellidos de los firmantes, expresaron su apoyo a Taussig.
Hay quienes sostienen que fueron sacerdotes los instigadores de las expresiones en contra del prelado. Por eso es que uno de ellos fue citado por el obispo, el padre Camilo Dib, que al concurrir a la sede episcopal, en un momento dado trompeó a Taussig. Las sanciones que ahora el sacerdote recibe, son tremendamente más severas que las que hubiera tenido sin la agresión.
Pero la desobediencia siguió, y pocos creen que sea tolerada.
Algunos ejemplos de la historia. Lutero, aunque murió católico, desobedeció y protestó, y fue separado. Ernesto Cardenal, mucho más acá en el tiempo, se enfrentó a Juan Pablo II y éste cuando visitó Nicaragua, lo reprendió públicamente y en ese entonces quedó también escindido. Mucho más acá en la geografía, cuando un grupo de sacerdotes protestó contra la Curia en Mendoza, no fue tolerado. Cuando el entonces obispo de San Luis, Monseñor Laise ordenó que en su Diócesis la comunión fuera solamente en la boca, nadie desobedeció, aunque a muchos no les gustara.
Nada hace pensar que en San Rafael, Alvear y Malargüe, la resolución sea distinta.
Todo esto marca lo complicado el panorama eclesial sur mendocino. Y quizá sea el laicado el que más sufre esta situación. El diablo ha metido la cola. Cosa e'mandinga. Parece que el diablo, demonio, satanás, lucifer o como se lo llame, está haciendo de las suyas...