Seguramente El Clan del renombrado director argentino, Pablo Trapero, se convierta en la película más importante que de la industria cinematográfica nacional este año.
Seguramente El Clan del renombrado director argentino, Pablo Trapero, se convierta en la película más importante que de la industria cinematográfica nacional este año.
La elección de llevar a la pantalla el estremecedor caso de la banda familiar liderada por Arquímides Puccio, el reconstrucción de un contexto político-social de transición entre el fin de la dictadura y el retorno de la Democracia y el memorable trabajo actoral de Guillermo Francella y Peter Lanzani en los roles protagónicos, son los aciertos que hacen de este filme una obra que no pasará desapercibida para ningún espectador.

A 30 años de que la policía desbaratara y pusiera al descubierto los hechos perpetrados por los Puccio, Trapero vuelve a visibilizar la historia. La realidad supera la ficción, se adelanta la promoción del filme e indefectiblemente esta consigna es la que marca todo el relato. Sucedió de verdad y es allí donde lo que se muestra adquiere una carga muy pesada de ver, aunque con los necesarios guiños y recursos cinematográficos empleados por parte del realizador para hacerlo más llevadero, como la banda sonora utilizada para ambientar y edulcorar los momentos más crudos.
Arquímides Puccio, fue el líder de una banda delictiva de la que también formaron parte activamente sus hijos Alejandro y Daniel, alias Manguila. Antes de dedicarse al secuestro de personas para obtener grandes sumas de dinero, el jefe del clan fue un contador público que trabajó para el Ministerio de Relaciones Exteriores y presumiblemente estuvo vinculado con el grupo terrorista de ultraderecha Triple A. Luego, asentado en el coqueto barrio porteño de San Isidro llevaba adelante secuestros extorsivos y asesinatos, ante la incredulidad de un entorno que veía en los Puccio una familia completamente normal y con fuertes aspiraciones de ascender socialmente, a través de la popularidad que fue ganando el hijo mayor, como estrella del rugby CASI y jugador de Los Pumas.

Después de un arduo trabajo de investigación por expedientes judiciales, recolectar testimonios de familiares de las víctimas, hablar con amigos del club de Alex, Trapero reconstruye el relato desde varios frentes.
Por un lado, se centra en los años comprendidos entre 1982 y 1985 y en cuatro casos que tuvieron sentencia: el secuestro y asesinato del rugbier del club Pueyrredón, Ricardo Manoukian y de Eduardo Aulet de 25 años, ingeniero y también rugbier; el asesinato del empresario Emilio Naum y el secuestro de la empresaria Nélida Bollini de Prado, de 59 años, quien es rescatada y por quien finalmente se destapa todo el horror. En este sentido lo que se cuenta se ajusta a los acontecimientos en el orden cronológico que ocurrieron.
Otro abordaje y quizás más jugado, fue el adentrarse en la intimidad de la familia. Deambular por la cotidianeidad de un grupo de personas capaces de hacer sus actividades en paralelo con las atrocidades que acontecían entre los propios muros de la casa. En este caso hay pistas, señales que permiten imaginar una posible dinámica, aunque con la suficiente distancia para no dar un veredicto psicológico acabado.
Algo similar sucede con la relación entre el padre, Arquímedes, interpretado por Francella y su hijo Alejandro, que encarna Lanzani. El film pone mucha atención en este vínculo filial donde hay un hombre sumamente oscuro y un joven atrapado entre la imposición que ejerce este para hacerlo partícipe de su plan, el juicio moral e interno por lo que está sucediendo y los beneficios económicos que finalmente le traen. Aquí el tema de la asfixia está trabajado de forma explícita y hay escenas contundentes al respecto que elevan el relato cinematográfico. De todos modos, el perfil psicológico de ambos no termina de trazar marcas profundas, ni lo pretende, haciendo hincapié más en la contradicción en la que se desenvuelven los acontecimientos.
En referencia a ellos, el despeño actoral es uno los puntos fuertes del largometraje. Con este papel Francella termina de confirmar un camino como actor dramático que comenzó hace algunos años. Hay una evidente transformación en función de lograr el parecido estético con el Arquímides Puccio real, pero también un minucioso trabajo gestual y de movimientos físicos dignos de destacar. Aunque sin dudas, la gran revelación es Pedro Lanzani, quien asociado, quizás prejuiciosamente, a la factoría Cris Morena, despunta aquí un talento del que se hablará más allá de la película.
Finalmente, otra capa importante que trabaja Trapero y que está expuesta desde el inicio, es la intención de mostrar el contexto de la época (década del 80). En este sentido, no solo espanta el plan llevado a cabo por los Puccio en particular, sino que el director va más allá revelando los resabios y el modus operandi que dejó la dictadura, donde este tipo de accionar delictivo y perverso contaba con la complicidad de muchos poderosos en el inicio del gobierno alfonsinista. Es justamente ahí donde el filme adquiere una dimensión más amplia y el aporte a la reconstrucción del pasado histórico del país es significativo.
Tampoco es un dato para tomar superficialmente, el hecho de que El Clan cuenta con el respaldo de una compañía como Fox International y la coproducción de El Deseo de Pedro Almodóvar. Circunstancias que pueden haber influido para que el filme nos muestre un lado de Pablo Trapero más comercial del que su cine nos tiene acostumbrados y en el que se desdibujan algunas marcas de autor.
Sin quitarle mérito por esto (ni intención artística), el director de Mundo grúa, Carancho y Elefante blanco, nos presenta una película poderosa y atrapante, que probablemente luego de su estreno comience un derrotero auspicioso de reconocimientos y éxitos de taquilla.
Una gran plataforma de exhibición se concretará en la próxima edición del Festival de Venecia donde El clan participará en la sección oficial.


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