Parece mentira, pero hoy se cumplen 39 años de una de las victorias más valiosas del extraordinario Carlos Monzón, también una de las más celebradas, pero sin embargo las nuevas generaciones de argentinos seguidores del boxeo en general se muestran más interesados en otras peleas que no son necesariamente la primera con el colombiano Rodrigo Valdez.
Y resulta que la del 26 de junio de 1976, en Montecarlo, se revela sin dudas como una de las de mayor exigencia en las 100 salidas rentadas de Monzón y una de las contadas que no lo perfilaba como dueño de un abrumador consenso favorable.
Y no era que los especialistas probados pusieran en duda ni las cualidades del 'Escopeta de Santa Fe', ni la solidez de su reinado, ni la brillantez de su campaña: llevaba doce años sin perder un combate y casi seis en condición de indiscutido mejor peso mediano del planeta, para mejor con unos cuantos nombres ilustres en su foja: el italiano Nino Benvenuti por dos, el estadounidense Emile Griffith por dos, el francés Jean Claude Bouttier por dos y el cubano-mexicano José Ángel 'Mantequilla' Nápoles.
Pero en 1976 su cresta de la ola empezaba a declinar, tal como se había prefigurado en Nueva York con Tony Licata y en Paris con Gratien Tonna, sus dos únicos combates de 1975, ambos resueltos de forma categórica pero también ambos con una cierta aureola de opacidad ante sendos adversarios de segundo orden.
Por si hiciera falta, en la vida de Monzón ya estaba Susana Giménez y eso suponía que sin dejar de ser un guerrero, el guerrero tornaba a ser menos riguroso con su preparación y menos sintonizado en las semanas previas a los grandes acontecimientos, esas pulseadas en las que solía disfrutar de verse forzado a defender sus apetencias irrenunciables: el honor y el pan de sus hijos.
Este Monzón jamás light pero algo relajado, acaso relajado de forma imprudente, era el que inquietaba y preocupaba a Amílcar Brusa y Tito Lectoure, su maestro y su buque insignia negociador, dos experimentados baqueanos del brumoso mundo del boxeo que aún cuando ya empezaban a tener algunas diferencias de criterio, por qué no también algún recelo, coincidían en un diagnóstico severo: para ganarle a Valdez debía subir al ring de Montecarlo un Monzón auténtico, el Monzón de la calculadora en la cabeza y el corazón crepitante.
Valdez no era cualquier rival. Valdez disponía de la otra mitad de la corona, era más joven, tal vez más fuerte, hacía seis años que no perdía y se había dado el gusto de noquear a Benny Briscoe, el tremebundo calvo de Filadelfia al que Monzón no había podido noquear ni en 1967 ni en 1972 en esa dramática noche de Luna Park en la que un cross de derecha milimétrico hizo que el santafesino vea las estrellas y se encomiende al salvador encordado.
Monzón en baja, Valdez en alza, una historia tan vieja como la del propio boxeo: ¿era disparatado deducir que el colombiano pondría fin al reinado de quien hoy es considerado uno de los mejores medianos de la historia y según juzgó la revista The Ring en 2002 uno de los mejores boxeadores de la mismísima historia, libra por libra?
No, no era disparatado, pero el 26 de junio de 1976 el larguirucho de San Javier, sodero, lechero, canillita, albañil, pero sobre todo una máquina de pensar y ejecutar arriba del cuadrilátero, calibró las incomodidades que conllevaba la sostenida fogosidad de Valdez y al cabo de siete u ocho rounds de dominio alternado, pasó de una tecla a otra tecla y de caliente a máximo hasta que su jab devino insoportable y su derecha prefiguró la rúbrica de la faena.
Monzón no noqueó a Valdez, venció por decisión unánime e inapelable, pero el sello de otra de sus notables páginas se correspondió con un don compartido con muy pocos boxeadores insignes, Muhammad Alí, Ray Sugar Leonard y alguno más: pegar en retroceso.
En retroceso, cuando era embestido por un toro de lidia, en el decimocuarto asalto Carlos Monzón sacó una diestra quirúrgica y Valdez cayó contra las sogas a puro trompicón: consta en YouTube, pasen y vean.