2 de julio de 2026
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Jubilación

Vivimos más años, pero trabajamos en peores condiciones: el verdadero desafío detrás de las jubilaciones

Mientras aumenta la esperanza de vida, cae la cantidad de aportantes. Por qué el problema de las jubilaciones en Argentina empieza en el mercado laboral.

Por Paula Pia Ariet

Una mujer que hoy se jubila en Argentina a los 60 años puede vivir, en promedio, más de dos décadas adicionales. Un hombre que se retira a los 65 probablemente permanezca jubilado durante más de quince años. La tendencia, además, se profundiza: en las últimas décadas, la expectativa de vida a partir de los 60 años pasó de aproximadamente 15 a 25 años adicionales.

Desde una perspectiva social, se trata de uno de los mayores logros de nuestra sociedad. Vivimos más y llegamos a edades avanzadas en mejores condiciones de salud que generaciones anteriores. Sin embargo, este éxito trae aparejado un desafío enorme: sostener un sistema previsional diseñado para una sociedad que ya no existe.

Un sistema pensado para otra realidad

Durante gran parte del siglo pasado, el sistema jubilatorio argentino se construyó sobre tres supuestos relativamente estables: empleos formales, trayectorias laborales continuas y una expectativa de vida considerablemente menor a la actual. Hoy esos tres pilares están en discusión.

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El empleo formal aparece es clave para sostener el sistema previsional.

El empleo formal aparece es clave para sostener el sistema previsional.

Las personas cambian con mayor frecuencia de empleo, alternan períodos de formalidad e informalidad, trabajan de manera independiente o desarrollan múltiples actividades a lo largo de su vida laboral. Al mismo tiempo, casi la mitad de los trabajadores argentinos se desempeña en la informalidad y no realiza aportes previsionales de manera regular.

Frente a este escenario surge una pregunta incómoda: ¿la Argentina tiene un problema previsional o tiene, en realidad, un problema de empleo?

Porque discutir únicamente la edad jubilatoria sin analizar cómo funciona el mercado laboral puede resultar insuficiente.

Un sistema de reparto necesita una cantidad suficiente de trabajadores activos realizando aportes para financiar las prestaciones de quienes ya se retiraron. Y ahí los números incomodan: la relación entre aportantes y jubilados cayó de 2,6 en 2006 a poco más de 1,7 en la actualidad, cuando el sistema necesitaría al menos tres trabajadores activos por cada beneficiario para sostener haberes adecuados.

Cuando las personas viven más años y, simultáneamente, disminuye la cantidad de aportantes formales, las tensiones sobre el sistema se vuelven inevitables.

El empleo informal, el verdadero punto débil

En Argentina, además, esa fragilidad ya dejó de ser una hipótesis sobre el futuro. Hoy, seis de cada diez jubilados accedieron a su beneficio a través de moratorias, es decir, sin haber completado los treinta años de aportes exigidos por la ley.

Las moratorias cumplieron un rol social innegable: garantizaron cobertura a millones de personas con trayectorias laborales informales o interrumpidas, muchas de ellas mujeres que dedicaron años al trabajo de cuidado no remunerado. Pero también dejaron al descubierto una verdad incómoda: el pilar del empleo formal sobre el que se diseñó el sistema previsional se quebró hace tiempo.

El resultado es un esquema que demanda alrededor del 9% del PBI y depende crecientemente de transferencias del Estado para sostenerse.

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El problema no es vivir más, sino aportar cada vez menos.

El problema no es vivir más, sino aportar cada vez menos.

Por eso, la sostenibilidad previsional no depende solamente de la demografía. También depende de la capacidad de la economía para generar empleo formal, productivo y sostenido en el tiempo.

En otras palabras, ningún sistema jubilatorio puede sostenerse saludablemente si una proporción significativa de los trabajadores transita gran parte de su vida laboral sin aportar.

Qué hacen otros países frente al envejecimiento

El fenómeno no es exclusivamente argentino. El aumento de la esperanza de vida está obligando a numerosos países a replantear sus sistemas previsionales.

Dinamarca decidió vincular la edad jubilatoria a la evolución de la esperanza de vida. Alemania avanza gradualmente hacia una edad de retiro de 67 años e incentiva la permanencia voluntaria en actividad. Suecia desarrolló mecanismos automáticos de ajuste demográfico y esquemas flexibles que permiten combinar jubilación y empleo.

Francia elevó recientemente la edad legal de jubilación de 62 a 64 años, una decisión que generó fuertes protestas y puso de manifiesto que las reformas previsionales no son únicamente económicas: también involucran dimensiones sociales, culturales y políticas.

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El aumento de la esperanza de vida reabre el debate sobre las jubilaciones.

El aumento de la esperanza de vida reabre el debate sobre las jubilaciones.

Japón ofrece quizás el ejemplo más interesante. En uno de los países más envejecidos del mundo, muchas empresas continúan empleando trabajadores mayores de 65 años. La discusión ya no pasa exclusivamente por cuándo retirarse, sino por cómo gestionar carreras laborales más extensas y aprovechar el talento senior.

El debate que Argentina deberá dar

Todo indica que Argentina también deberá dar este debate. De hecho, ya está sobre la mesa: la propia discusión oficial condiciona cualquier reforma previsional a una reforma laboral previa que aumente la cantidad de aportantes. Es decir, reconoce que el problema comienza en el empleo.

Sin embargo, plantear simplemente un aumento uniforme de la edad jubilatoria parece una simplificación excesiva. No todas las ocupaciones son iguales. Existen actividades físicamente exigentes donde prolongar la vida laboral resulta complejo, mientras que en otras profesiones muchas personas desean continuar trabajando más allá de la edad tradicional de retiro.

Probablemente el desafío del futuro no consista en trabajar obligatoriamente más años, sino en construir esquemas más flexibles que permitan combinar jubilación y trabajo, facilitar transiciones graduales hacia el retiro e incentivar la permanencia voluntaria en actividad.

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El sistema previsional fue diseñado para una Argentina que ya no existe.

El sistema previsional fue diseñado para una Argentina que ya no existe.

Desde las organizaciones, el cambio también será profundo. La convivencia de cuatro e incluso cinco generaciones dentro de las empresas dejará de ser una excepción para transformarse en la norma. Gestionar carreras más extensas, promover la actualización permanente de competencias y evitar la discriminación por edad serán desafíos centrales para las áreas de Recursos Humanos.

La longevidad representa uno de los mayores logros de nuestras sociedades. El problema no es que vivamos más. El verdadero desafío es que nuestras instituciones todavía funcionan como si siguiéramos viviendo como hace cincuenta años.

La discusión previsional del futuro no debería limitarse a definir a qué edad nos jubilamos. La verdadera pregunta es otra: ¿cómo construir un mercado laboral capaz de sostener trayectorias laborales cada vez más inestables en una sociedad donde las personas vivirán cada vez más años?

Porque quizás el gran desafío previsional argentino no sea que la gente viva demasiado, sino que demasiados trabajadores llegan a la vejez después de haber transitado toda una vida laboral en la informalidad.

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