Inflación amesetada: por qué la "última milla" puede complicar la estrategia de Javier Milei
La inflación desacelera, pero Argentina enfrenta el dilema de la “última milla”: inercia, tipo de cambio, reservas y un delicado equilibrio rumbo a 2027.
La inflación se estanca y al gobierno le cuesta la "ultima milla"
El inicio de 2026 trajo la confirmación estadística de un fenómeno que marcó la agenda económica del último año: la desaceleración de los precios. El cierre de 2025 con una inflación anual del 31,5% y un dato mensual de diciembre del 2,8% representa, indudablemente, una mejora sustancial en comparación con la vertiginosa escalada de años anteriores.
Sin embargo, detrás de la frialdad de los números se esconde un debate técnico y político de mayor complejidad: la economía argentina parece haber ingresado en una fase de meseta, donde la erradicación definitiva de la inflación enfrenta resistencias estructurales que los manuales de economía denominan “la última milla”.
La meseta inflacionaria y el fin del tramo “fácil”
Al analizar la dinámica de los últimos meses, se observa que Argentina, tras haber descendido varios peldaños en la escalera nominal, se ha estacionado en un nivel de inflación mensual que oscila alrededor del 2,5%, con amenazas de un nuevo crecimiento. Este comportamiento no es fortuito ni sorprendente: el tramo inicial de la estabilización -que permitió bajar desde los picos heredados por la administración de Milei- constituía la parte “fácil” del trayecto.
El desafío actual radica en converger hacia estándares internacionales, una tarea que demanda tiempos más prolongados y enfrenta obstáculos más importantes.
La persistencia del núcleo duro inflacionario, que ha mostrado un repunte desde mayo pasado, pone en tela de juicio las proyecciones más optimistas de Javier Milei y su equipo. La promesa presidencial de una inflación comenzando con 0 para mediados de este año, basada en una alocada teoría de “rezagos de la política monetaria”, choca con la realidad de los precios relativos.
Variables clave como el tipo de cambio se mueven a una velocidad superior al 2% mensual, lo que dota al proceso de una inercia difícil de frenar en el corto plazo. De hecho, la estacionalidad de marzo sugiere que es altamente probable que el índice se mantenga por encima de los dos puntos porcentuales en el primer trimestre del año.
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Luis Caputo y Javier Milei enfrentan un 2026 donde la inflación y el manejo del dólar serán claves
Reservas versus tipo de cambio: la restricción clásica
Uno de los factores determinantes en este escenario es el giro estratégico que el equipo económico implementó hacia finales de 2025. Tras una primera etapa concentrada casi exclusivamente en el combate a la inflación, el gobierno reorientó sus prioridades hacia la acumulación de reservas en el Banco Central, un objetivo que había sido postergado.
Esta decisión conlleva un costo inevitable en materia de precios: en el mercado cambiario no es posible fijar simultáneamente la cantidad (reservas) y el precio (tipo de cambio). Al priorizar la compra de divisas, se debió flexibilizar el control sobre la cotización, ampliando las bandas cambiarias y acompañando la inflación.
El horizonte electoral y los riesgos de atraso cambiario
Hacia adelante, el horizonte plantea desafíos de gobernabilidad económica vinculados al calendario electoral de 2027. Mantener un esquema de rigidez cambiaria con un techo fijo podría resultar contraproducente. La experiencia histórica indica que llegar a un año electoral con atraso cambiario y escasez de reservas es la receta perfecta para desatar ataques especulativos y presiones devaluatorias.
El gobierno parece empeñado en encontrar la forma de hacer que acumula reservas mientras, por otra ventanilla, las utiliza camufladas para mantener el atraso cambiario y combatir la inflación mediante la ortodoxia absoluta. Esta semana el dólar oficial se movió casi 200 pesos por debajo del techo de la banda.
FMI, bandas cambiarias y una economía bimonetaria
Este año par será fundamental para que el gobierno posicione su política económica ante la incertidumbre política del próximo año -el clásico temor a un cambio de signo de gobierno-. En ese contexto, los agentes económicos tienden a dolarizarse, generando una presión insostenible sobre el tipo de cambio, que no tiene válvulas de escape.
Es posible que durante el primer semestre de este año el gobierno tenga que ceder a la presión del FMI y de los mercados internacionales para abandonar definitivamente el régimen de bandas -algo a lo que pondrá toda su resistencia-, permitiendo una mayor flotación que facilite la acumulación de reservas. Podría ser una decisión destinada a blindar la economía frente a la volatilidad política futura, pero de consecuencias imprevisibles, o no tanto, para el índice de inflación en una economía netamente bimonetaria.