La producción de granos es, por definición, una actividad que se desarrolla a cielo abierto y una actividad productiva a la cual el Gobierno argentino le prende cada mañana una vela como la gran proveedora de dólares para la economía argentina.
El clima vuelve a definir la campaña agrícola 2025/26. El estado de soja, maíz y girasol y las proyecciones de producción que esperanzan al gobierno.
La producción de granos es, por definición, una actividad que se desarrolla a cielo abierto y una actividad productiva a la cual el Gobierno argentino le prende cada mañana una vela como la gran proveedora de dólares para la economía argentina.
Aun cuando el paquete tecnológico disponible para el productor se ha sofisticado de manera significativa en las últimas décadas, desde la genética de semillas (que se puede encarecer sistemáticamente para los productores a partir del acuerdo con los Estados Unidos) hasta los sistemas de manejo agronómico, el desempeño final de los cultivos continúa condicionado por un factor que escapa al control humano: el clima.
La elección de cultivos, los esquemas de rotación, la eficiencia en la ejecución de las labores y la adopción de tecnologías son variables decisivas para alcanzar buenos resultados productivos. Sin embargo, incluso los planteos técnicamente más sólidos encuentran un límite cuando las condiciones meteorológicas se apartan de los requerimientos fisiológicos de los cultivos.
En este contexto, analizar el clima en agricultura implica ir más allá de la dicotomía entre lluvia y sequía o del simple registro de precipitaciones acumuladas a lo largo del año. Para los cultivos agrícolas, tan importante como la cantidad de agua que cae es el momento en que lo hace.
El desarrollo de los cultivos depende de una sincronía precisa entre la disponibilidad de agua y las distintas etapas del ciclo biológico. Un período seco prolongado puede recortar de forma irreversible el rendimiento potencial si coincide con fases críticas como la floración o el llenado del grano.
En sentido inverso, lluvias abundantes pero tardías pueden tener un impacto limitado si llegan cuando el cultivo ya ha definido su número de granos o ha acortado su ciclo como consecuencia de episodios previos de estrés hídrico y térmico.
El clima también condiciona la campaña antes incluso de que comience la siembra. Factores como la disponibilidad inicial de agua en el perfil del suelo, las denominadas reservas hídricas, o la probabilidad de temperaturas extremas establecen de antemano la frontera de posibilidades productivas. De este modo, la necesidad de lluvias durante el ciclo del cultivo puede variar de manera significativa entre años, incluso dentro de una misma región.
En plena campaña estival, con sistemas productivos heterogéneos entre regiones, la interacción entre agua disponible y temperatura durante los momentos críticos termina definiendo cuán eficiente será la conversión del crecimiento vegetativo en producción de grano.
Sobre esta base, el seguimiento del clima y del estado de los principales cultivos estivales (soja, maíz y girasol), que permite aproximar las perspectivas productivas de la campaña agrícola 2025/26, se basa un reciente trabajo del IERAL de la Fundación Mediterránea para determinar qué puede pasar con la cosecha gruesa, en la que el equipo económico se juega gran parte de sus fichas.
El informe destaca que durante enero de 2026, la Mesa Nacional de Monitoreo de Sequías registró una mejora relativa a escala nacional. La superficie bajo algún tipo de estrés hídrico se redujo en aproximadamente diez millones de hectáreas respecto del mes anterior y totalizó 41,8 millones de hectáreas.
Este alivio respondió principalmente a las lluvias registradas en el NOA, donde los acumulados superaron los valores habituales para la época y permitieron revertir parcialmente el deterioro previo.
La situación fue distinta en otras regiones. En el centro del país, particularmente en la zona núcleo agrícola, el área bajo sequía leve se expandió más de 40%. En el NEA y en Cuyo las condiciones de sequía fueron inexistentes o muy limitadas, mientras que en Patagonia la superficie afectada disminuyó, aunque se intensificaron los focos de sequía moderada en Chubut, situación que contribuyó a la propagación de incendios forestales.
El balance hídrico elaborado por INTA–CIRN al 10 de febrero mostraba niveles de agua útil en el suelo muy bajos en amplias áreas de la zona núcleo, así como en el sur y sudeste de Córdoba, el sur de Santa Fe, el centro y oeste de Buenos Aires, el sur y este de Entre Ríos y sectores de La Pampa, San Luis y Salta.
En contraste, el NEA y parte del NOA mantenían reservas hídricas adecuadas. A este cuadro se sumaron temperaturas extremas en el norte y el centro del país, que intensificaron el estrés térmico tanto en cultivos como en sistemas ganaderos.
El panorama comenzó a mostrar cierto alivio hacia mediados de febrero, cuando se registraron precipitaciones en la zona núcleo y en otras áreas comprometidas. En algunos casos estas lluvias llegaron tarde para revertir plenamente el daño acumulado, mientras que en otros resultaron oportunas para evitar pérdidas mayores.
El informe destaca que en cualquier caso, la evolución final de la campaña continúa sujeta a la posibilidad de que nuevas precipitaciones logren recomponer las reservas hídricas.
La Fundación Mediterránea destaca que con la siembra prácticamente concluida, el área implantada con maíz se estima en 10,4 millones de hectáreas. Sólo restan algunos lotes tardíos en el NEA, cuya implantación depende de la disponibilidad de humedad en el suelo.
El cultivo presenta signos de estrés hídrico y térmico, como el acartuchamiento de hojas, en distintas regiones del país. Estos síntomas aparecen tanto en planteos tempranos como tardíos, aunque buena parte de ellos podrían revertirse si las lluvias se consolidan durante las próximas semanas.
Las situaciones más comprometidas corresponden a los maíces tardíos del centro-norte del país, particularmente en Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Chaco, donde los cultivos atraviesan etapas de crecimiento vegetativo y floración.
En estas regiones ya comenzó la cosecha de los maíces tempranos, con rendimientos muy dispares que oscilan entre 32 y 90 quintales por hectárea.
Las proyecciones de producción para la campaña 2025/26 convergen en torno a un rango relativamente acotado. La Bolsa de Cereales de Buenos Aires estima una cosecha de 57 millones de toneladas, cifra similar a la proyectada por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), que ubica el volumen en 58 millones.
La Bolsa de Comercio de Rosario mantiene una estimación más elevada, cercana a 62 millones de toneladas. Sin embargo, a la luz de la evolución climática reciente, los escenarios más plausibles se ubican entre 57 y 58 millones de toneladas.
De confirmarse estas cifras, la producción de maíz superaría entre 10% y 12% el volumen de la campaña 2024/25 y recuperaría niveles similares a los registrados en 2023/24.
El oro verde de la Argentina, la soja, registra un área sembrada estimada en 17,3 millones de hectáreas.
El informe destaca que la soja de primera se implantó con buenas condiciones iniciales de humedad gracias a las lluvias de primavera, lo que favoreció un desarrollo temprano adecuado. En la actualidad, cerca del 85% de los lotes se clasifica en condición buena.
Sin embargo, las altas temperaturas combinadas con la escasez de agua durante la etapa de floración podrían traducirse en una reducción del rendimiento potencial.
La situación es más compleja para la soja de segunda. En este caso, la menor oferta de precipitaciones condicionó la siembra y el elevado volumen de rastrojos provenientes de la campaña triguera limitó el crecimiento inicial.
Las lluvias registradas recientemente en la zona núcleo permitieron una cierta recuperación, aunque el cultivo continúa siendo el más vulnerable dentro de la campaña actual.
Las estimaciones de producción convergen en torno a un rango de 47,5 a 48,5 millones de toneladas. De confirmarse estos valores, la cosecha caería entre 5% y 7% respecto de la campaña 2024/25.
Para el IERAL, el girasol marcha a transformarse en la sorpresa como el cultivo con mejores perspectivas dentro de la campaña gruesa. La superficie sembrada se estima en 3,1 millones de hectáreas y la cosecha ya avanza sobre el 38% del área nacional.
Las labores se encuentran finalizadas en Chaco, el oeste de Santiago del Estero y el norte de Santa Fe, con rendimientos que promedian 26,5, 22 y 16 quintales por hectárea respectivamente. Este último registro refleja la incidencia de factores adversos como excesos hídricos, planchado de suelos, déficits de humedad y ataques de aves.
En las restantes regiones, donde se concentra la mayor parte de la superficie, el cultivo presenta en general un estado bueno y transita la etapa de llenado de grano.
La Secretaría de Agricultura difundió su primera estimación de producción para la campaña 2025/26 en 7,2 millones de toneladas. Este valor supera ampliamente las proyecciones de otras fuentes, que ubican el volumen entre 5,3 y 6,2 millones de toneladas.
Si se confirma la estimación oficial, el girasol no sólo superaría el volumen de la campaña anterior sino que alcanzaría un nuevo máximo histórico.
La campaña agrícola 2025/26 refleja, una vez más, la naturaleza incierta de la producción agrícola. A pesar de los avances tecnológicos y de la creciente sofisticación de los sistemas productivos, los resultados finales continúan ligados a los vaivenes climáticos y, en su faz económica, a los vaivenes mundiales que juegan con el precio de los commodities tanto como el clima con los productores.

