Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) muestran un patrón cada vez más evidente: el crecimiento convive con una fuerte divergencia entre sectores, configurando una economía que avanza a distintas velocidades.
Datos del INDEC revelan que la economía argentina atraviesa una etapa de recuperación, pero el repunte está lejos de ser uniforme.
Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) muestran un patrón cada vez más evidente: el crecimiento convive con una fuerte divergencia entre sectores, configurando una economía que avanza a distintas velocidades.
Según el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del INDEC, el nivel de actividad ya se ubica por encima de los valores de referencia de 2023. Sin embargo, esta mejora agregada esconde una brecha significativa.
El estudio muestra que los sectores vinculados al agro, la minería, la intermediación financiera y las actividades inmobiliarias muestran una trayectoria claramente ascendente, acumulando un crecimiento superior al 15%. En contraste, la industria, la construcción y el comercio continúan rezagados, ubicándose aún por debajo de los niveles base.
El resultado es una economía fragmentada: sectores dinámicos que traccionan el crecimiento y sectores rezagados que limitan su alcance, especialmente en términos de empleo y consumo.
Este patrón no es meramente coyuntural, responde a un cambio más profundo en la estructura económica. Durante años, la economía argentina sostuvo sectores con escasa competitividad internacional mediante protección, mientras que desincentivó actividades con ventajas comparativas.
En la actualidad, ese esquema comienza a revertirse. Los sectores vinculados a recursos naturales —energía, minería y agro— ganan protagonismo, mientras que las actividades más dependientes del mercado interno enfrentan mayores dificultades para adaptarse.
Esta transición ayuda a explicar la coexistencia de indicadores agregados positivos con percepciones negativas a nivel microeconómico: no todos los sectores —ni todos los ingresos— evolucionan al mismo ritmo.
Dentro de los sectores que lideran la expansión, la energía ocupa un lugar central. El desarrollo de Vaca Muerta se consolida como uno de los principales motores del crecimiento, con impacto directo en la producción y en las exportaciones.
Sin embargo, este impulso tiene una contracara. A medida que la economía se apoya más en sectores vinculados a recursos naturales, también aumenta su exposición a factores externos. En particular, el precio internacional del petróleo —referenciado por el Brent crude oil— se vuelve una variable determinante.
En este contexto, los recientes conflictos en Medio Oriente —una región clave para la oferta global de crudo— reintroducen volatilidad en los precios internacionales. Tensiones geopolíticas de este tipo suelen traducirse en subas del petróleo que, si bien mejoran los términos de intercambio, también elevan los costos energéticos y afectan las expectativas a nivel global.
Así, cuando el precio del crudo sube, mejora el ingreso de divisas y potencia a los sectores exportadores. Pero, al mismo tiempo, incrementa los costos internos —combustibles, transporte y energía—. El petróleo funciona entonces como un motor del crecimiento, pero también como un factor de vulnerabilidad macroeconómica.
En paralelo, la inflación muestra una desaceleración respecto de los niveles más elevados de 2024, con registros recientes en torno al 2,8%–2,9% mensual. Sin embargo, la nominalidad aún se mantiene en niveles elevados para una economía que busca estabilizarse.
Más que un fenómeno aislado, la inflación aparece como una restricción. En un contexto de mayor exposición a precios internacionales, movimientos en el petróleo o en otros commodities pueden trasladarse —directa o indirectamente— a los costos internos, dificultando la consolidación del proceso de desinflación.
La dinámica actual combina elementos que no siempre resultan compatibles en el tiempo:
A este escenario se suma un factor determinante en el corto plazo: la confianza. En una economía como la argentina, donde el dólar funciona como referencia de valor, las decisiones económicas se explican, en gran medida, por expectativas. Cuando predomina la incertidumbre, aumenta la demanda de dólares, se retrae el gasto interno y se debilita la actividad.
Por el contrario, un entorno de mayor previsibilidad puede canalizar esos recursos hacia el mercado doméstico, potenciando el crecimiento. En este sentido, la evolución de la confianza se convierte en una variable clave para sostener la recuperación
Los sectores que lideran la expansión no son necesariamente los más intensivos en empleo, mientras que aquellos más ligados al mercado interno continúan rezagados. Esto limita la capacidad del crecimiento para traducirse en una mejora generalizada de la actividad.
La economía argentina dejó atrás la fase más contractiva y comienza a estabilizarse, pero el proceso está lejos de consolidarse. En este escenario, el petróleo emerge como una variable estratégica: sostiene el crecimiento, pero también introduce riesgos. En un contexto internacional atravesado por tensiones geopolíticas, su comportamiento puede influir tanto en la dinámica de la actividad como en la evolución de los precios.
En definitiva, el desafío ya no es solo crecer o reducir la inflación, sino lograr ambas cosas en un entorno volátil.
El crecimiento actual, impulsado por sectores específicos y con mayor exposición externa, plantea oportunidades significativas, pero también tensiones en términos de empleo, distribución y sostenibilidad.
La clave estará en lograr que esta nueva etapa no solo sea expansiva, sino también inclusiva. De lo contrario, la economía podría consolidar un patrón de crecimiento a dos velocidades, donde la mejora agregada convive con una persistente heterogeneidad en sus efectos.


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