Tras dos años de correcciones macroeconómicas y fuerte ajuste fiscal, la promesa de que el esfuerzo social se traduzca en mejoras concretas en el poder adquisitivo sigue sin materializarse. Bajo la administración de Javier Milei, los indicadores de ingresos muestran una realidad persistente: los hogares enfrentan una creciente presión de gastos fijos y un nivel de endeudamiento que compromete de antemano buena parte del salario mensual.
El peso creciente de los gastos fijos
De acuerdo con estimaciones de la consultora Empiria, el peso de los gastos fijos esenciales volvió a incrementarse y alcanzó el 23% del ingreso en noviembre pasado. Este indicador, que contempla erogaciones como alquiler, expensas, servicios públicos y transporte, no incluye otros rubros relevantes para muchas familias como salud o educación, por lo que el impacto real puede ser aún mayor. Dos años atrás, esos gastos representaban apenas el 15% del ingreso, lo que da cuenta de un deterioro sostenido del margen disponible.
La situación se agrava al observar la dinámica del endeudamiento. Según los registros que monitorea Empiria a partir de datos oficiales, la carga de deudas sobre ingresos alcanzó un récord del 26%. La firma que encabeza el exministro de Economía Hernán Lacunza advierte que nunca antes se habían observado niveles similares. El máximo previo se había registrado durante el gobierno de Mauricio Macri, cuando el ratio llegó al 18,5%.
Este indicador, elaborado por el Banco Central y actualizado semestralmente, mide la relación entre el total de cuotas y la masa salarial registrada. El salto es significativo: a fines de 2023 el ratio rondaba el 10%, y en apenas dos años se multiplicó.
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Los hogares ya destinan más de la mitad de sus ingresos y salarios a los gastos fijos y deudas.
Salarios rezagados y consumo en cuotas
Las causas de este fenómeno son diversas y combinan factores estructurales y coyunturales. Por un lado, el regreso del crédito para amplios sectores de la población tras años de virtual parálisis financiera. Por otro, la debilidad persistente de los salarios registrados y un hábito de consumo en cuotas que se formó durante largos períodos de alta inflación.
Los datos salariales refuerzan este diagnóstico. El Indec informó que en 2025 los salarios registrados aumentaron 28,8%, por debajo de una inflación anual del 31,5%. De este modo, los ingresos formales continúan rezagados respecto de los niveles de 2023, lo que reduce la capacidad de absorción de gastos y compromisos financieros. El resultado es elocuente: entre gastos fijos y cuotas, cerca de la mitad del salario queda comprometida antes de comenzar el mes.
Avance del crédito no bancario y aumento de la mora
En este contexto, el deterioro del frente crediticio se manifiesta también en el aumento de la mora. Ante la falta de margen, muchos hogares recurrieron a créditos no bancarios, que presentan costos financieros más elevados y mayores niveles de irregularidad. Un informe reciente de la consultora Eco Go señala que el crédito no bancario crece a un ritmo superior al bancario y ya equivale al 34% de la masa salarial mensual, doce puntos más que un año atrás.
La morosidad en ese segmento alcanza el 22,8%, más de cuatro veces la del sistema financiero en su conjunto y más del doble de la correspondiente al crédito bancario para consumo. En diciembre de 2024, ese índice era de apenas 7,9%, lo que evidencia un deterioro acelerado de la calidad crediticia.
El cuadro que surge es consistente: con ingresos que no logran recomponerse al ritmo de los precios y un endeudamiento creciente, la mejora macroeconómica todavía no se traduce en alivio para los hogares. Mientras no se recupere el salario real y no se modere la presión de gastos y deudas, el margen de consumo y ahorro seguirá siendo estrecho, condicionando cualquier expectativa de recuperación sostenida desde abajo hacia arriba.