25 de junio de 2026
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Provincia de Mendoza

La increíble historia del niño mendocino que fue mascota de Países Bajos y estuvo en la final del Mundial 78

Un jonvecito mendocino conquistó el corazón de la Selección de Países Bajos en la Copa del Mundo en Argentina. Mirá lo que fue esa gran experiencia para él.

Por Martín Sebastián Colucci

Hay historias que parecen inventadas, pero sucedieron de verdad. Mientras Argentina escribía una de las páginas más gloriosas de su historia al conquistar el Mundial de 1978, un chico mendocino de apenas ocho años vivía su propio cuento de fútbol. Se llamaba Miguel Alejandro Pons y, casi sin darse cuenta, terminó convirtiéndose en la mascota de la poderosa Naranja Mecánica, una de las mejores selecciones de todos los tiempos.

Mundial 78

Cómo un niño mendocino conquistó el corazón de Holanda

Todo comenzó en el Gran Hotel Potrerillos, el lugar elegido por la selección de Países Bajos para instalar su concentración durante el Mundial. Allí trabajaba el padre de Manuelito y el pequeño pasaba sus días correteando entre los jardines, mirando entrenamientos y soñando con estar cerca de aquellos futbolistas que admiraba el mundo entero.

Lo que al principio eran simples saludos pronto se transformó en una amistad. Los jugadores empezaron a jugar con él, a compartir bromas y a invitarlo a participar de la rutina diaria. El delantero John Rep fue uno de los primeros en tomarle cariño, aunque rápidamente el resto del plantel hizo lo mismo. Ya nadie lo llamaba por su nombre completo: para todos era simplemente "Manuelito".

Con el correr de los días dejó de ser un espectador. Entraba al hotel junto a los futbolistas, compartía entrenamientos, esperaba la vuelta del equipo después de cada partido y se convirtió en una presencia habitual dentro de la concentración. Sin proponérselo, aquel chico mendocino ya era considerado la mascota de la selección neerlandesa.

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Potrerillos, el refugio elegido por la Naranja Mecánica

La presencia de Países Bajos revolucionó Mendoza durante casi un mes. La delegación arribó a fines de mayo de 1978 y eligió el paisaje cordillerano como refugio para preparar cada uno de sus partidos en la Copa del Mundo.

El hotel fue acondicionado especialmente para recibir a una de las selecciones más importantes del planeta. Se construyó una cancha de entrenamiento, se reforzaron las instalaciones y los jugadores encontraron un clima de tranquilidad que les permitió enfocarse exclusivamente en el torneo.

Pero la relación con Mendoza fue mucho más allá del fútbol. Los futbolistas recorrían el centro, saludaban a los vecinos, firmaban autógrafos y compartían momentos con los mendocinos, generando un vínculo que todavía hoy permanece vivo en la memoria de quienes los conocieron. Entre todos ellos había un privilegiado: Manuelito.

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El viaje que jamás imaginó vivir

La amistad llegó a tal punto que los futbolistas no quisieron separarse de él cuando abandonaron Mendoza. Manuelito viajó junto a la delegación cuando Países Bajos debió trasladarse para continuar su participación en el Mundial.

El sueño todavía tenía reservado un capítulo más emocionante. La selección lo invitó también a presenciar la gran final en el estadio Monumental. Allí estuvo, rodeado de quienes se habían convertido en sus amigos durante aquellas semanas inolvidables.

Curiosamente, el pequeño era hincha de Independiente Rivadavia, un detalle que hoy adquiere un valor especial para los mendocinos. Mucho antes de que la Lepra viviera su gran presente en el fútbol argentino, aquel niño azul compartía el día a día con una de las selecciones más admiradas del mundo.

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La palabra de Miguel Alejandro Pons

A 48 años de aquella experiencia, Ale Pons todavía revive cada escena con una claridad sorprendente. Hijo del maître del Gran Hotel Potrerillos, donde se alojó la selección de Países Bajos durante el Mundial de 1978, aseguró que aquel mes cambió su vida para siempre.

"La primera vez que fui al hotel me recibió la traductora Miss Pekelharing y después Johan Neeskens, que hablaba castellano", recordó. Desde ese momento, señaló que comenzó a compartir gran parte de sus días con los futbolistas, quienes rápidamente lo adoptaron como uno más del grupo.

Pons contó a Sitio Andino que, mientras cursaba la escuela primaria, todos los días era trasladado desde el hotel hasta el colegio en un vehículo de la Policía Federal y luego regresaba para reencontrarse con la delegación. "En los entrenamientos me quedaba con los arqueros, les alcanzaba las pelotas y llevaba la red con los balones hasta la cancha", rememoró.

El mendocino destacó además que la propia FIFA tuvo que crearle una acreditación especial. "Me llevaron al Centro de Convenciones para hacerme la credencial y no sabían dónde ubicarme porque no era jugador ni integrante del cuerpo técnico. Al final terminé teniendo la primera credencial oficial de mascota", explicó.

Uno de los momentos que más lo marcó fue el viaje hacia Buenos Aires para disputar la final. Pons relató que, junto a su padre, intentaron alcanzar el micro de la selección neerlandesa. "Los custodios bajaron apuntándonos con las armas porque la autopista estaba cerrada, pero cuando los jugadores me reconocieron hicieron detener el micro y me subí con ellos para ir hasta River", recordó.

Ya en el estadio Monumental, confesó que la imagen que encontró al ingresar todavía permanece intacta en su memoria. "Entré a la cancha y vi una marea celeste y blanca enorme... apenas un pequeño punto naranja. Fue impresionante", dijo.

Sin embargo, el instante que jamás olvidará llegó cuando aparecieron los jugadores argentinos sobre el césped. "Mi ídolo era Ubaldo Fillol. Cuando lo vi salir sentí una emoción inmensa. Fue un momento increíble", aseguró.

Finalmente, Pons sostuvo que aquella aventura también definió su futuro profesional. "En ese Mundial conocí el mundo de la televisión... y ahí me quedé", concluyó.

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El palo que pudo cambiar la historia del fútbol

El 25 de junio de 1978 llegó la gran final entre Argentina y Países Bajos. Mario Alberto Kempes adelantó al equipo de César Luis Menotti, Dick Nanninga empató para los europeos y, cuando el reloj marcaba los últimos segundos del tiempo reglamentario, el destino quedó suspendido en una sola jugada.

Rob Rensenbrink quedó mano a mano y su remate pegó en el palo. Si esa pelota ingresaba, probablemente la historia del fútbol argentino habría sido otra. En el tiempo suplementario aparecieron nuevamente Kempes y Daniel Bertoni para sellar el histórico 3-1 que le dio a la Argentina su primera Copa del Mundo.

Mientras millones de argentinos lloraban de felicidad, Manuelito también se emocionaba. Había visto campeón a su país, pero al mismo tiempo despedía entre lágrimas a aquellos futbolistas vestidos de naranja que lo habían tratado como a un hijo durante todo un mes.

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Una historia que el tiempo nunca pudo borrar

Pasaron 48 años, llegaron los títulos de 1986 y 2022, cambiaron las generaciones y el fútbol escribió nuevos capítulos gloriosos. Sin embargo, en un rincón de Mendoza todavía sobrevive una historia única.

La de un chico que no levantó la Copa, no hizo un gol y jamás disputó un minuto. Pero que tuvo el privilegio de vivir un Mundial desde un lugar imposible de imaginar: como la mascota de la inolvidable Naranja Mecánica.

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