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Foto: Yemel Fil
Patricia Palmieri es docente de nivel inicial, trabaja hace 6 años en la escuela hospitalaria y cuenta su historia junto a Verónica Naranjo, docente de nivel primario hace 8 años en ese mismo lugar. Junto a ellas, Julieta Canone, maestra también de primaria y la seño Jaqueline Batistón, de Artes Visuales, lo que antes se conocía como “Plástica”, una de las materias favoritas en la escuela.
“El trabajo que hacemos es el mismo que se hace en una escuela. La diferencia es que el aula es una habitación de hospital”, comienza a explicar Verónica Naranjo, la seño de 6to grado. “Es una atención personalizada porque en lugar de tener a 30 alumnos/as, vemos a uno o a dos a la vez, el resto es igual: damos clases, tomamos lección, jugamos y nos divertimos”.
Por esta escuela pasan más de 1.500 estudiantes por año, algunos se marchan en pocos días, otros en meses y a algunos, se los llora, se los duela. “Que un niño o niña parta al cielo siempre es doloroso, estando en el aula o aquí, en el hospital. Cuando un chico/a recibe el alta, se nos va un alumno y nos pone contentas porque sabemos que regresa a su escuela, a esa a la que iba antes de llegar acá. Cuando eso sucede, la emoción es muy grande porque se va del hospital para reencontrarse con sus compañeros/as, sus amigos y sus docentes”, cuenta Verónica.
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Foto: Yemel Fil
Existe en la escuela hospitalaria una ceremonia de “alta” y apenas escuchar el relato es emocionante. Patricia Palmieri, la seño de la sala de 5 años, lo cuenta así: “Es muy especial. Se hace en la ‘Isla 2’, donde los chicos/as van a control, es decir, ya estuvieron internados, han pasado 5 años desde que iniciaron su tratamiento ambulatorio y, finalmente, superaron la enfermedad. En ese momento, los convocan y vienen con sus familiares, amigos, amigas, incluso están sus doctores/as”, empieza.
“Le dan la bienvenida al niño/a, su médico cuenta la situación que atravesó, también toman la palabra su papá o su mamá, a veces, hasta sus amistades y al final, el niño toca la campana. Es un momento hermoso. Incluso, hay torta”, agrega Patricia.
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A su lado, Verónica completa la descripción de esa escena: “La campana está guardada dentro de una bolsa de terciopelo roja y el niño o la niña sube a un escalón más alto porque justamente está recibiendo el alta y hace sonar esa campana que está colgada donde antes había un suero. Se te eriza la piel, es un momento único”, dice y todas sonríen y asienten mirando hacia abajo, rememorando quizás uno de esos días felices en el que un pequeño guerrero/a pudo vencer.
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Las seños, Julieta y Patricia.
Foto: Yemel Fil
Educar en un hospital
“Lo que hacemos es garantizar el derecho a la educación de los niños/as que ingresan al hospital y están en edad escolar. Acompañamos esa trayectoria educativa, sobre todo, en aquellos casos de niños, niñas y/o adolescentes que están en situación de enfermedad y que por este motivo, estarán mucho tiempo en el hospital. La escuela entonces les garantiza su trayectoria educativa para que puedan acceder a los contenidos pedagógicos que corresponden a su edad”, comienza a explica Laura Gualda, directora de la Escuela Hospitalaria del Notti.
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“Las docentes se ponen en contacto con las maestras de aula de cada uno/a y a partir de esta comunicación se empieza a trabajar con la planificación de su escuela de origen. A veces, están internados/as unos días y en otras, meses. Por eso, garantizamos este derecho. Otro servicio que tiene esta escuela es la atención temprana (de 0 a 3 años) que es un acompañamiento a las familias más que nada”, agregó.
Y aquí hay momentos inolvidables y otros dolorosos. Cada una guarda un recuerdo especial y otro que aún lastima al pasar por la memoria. Sin embargo, luego de llantos y charlas de catarsis, al día siguiente, se ponen el guardapolvo y vuelven al Notti, a la escuela donde las esperan con ansias.
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Verónica, la seño de 6to grado.
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“Creo que esta es la única escuela donde los chicos/as se alegran de ver llegar a la maestra”, comenta Verónica y todas se ríen. “Es cierto”, completa Julieta: “Porque somos lo diferente. Entre tantos médicos, enfermeros/as, kinesiólogos, estudios, jeringas, agujas y tantas cosas, llegamos nosotras a intentar cambiarles el ratito, porque es eso…”, dice y se emociona: “Yo viví de cerca la enfermedad de un ser querido y sé lo duro que es, la difícil situación que viven y juntos a ellos, sus familias. Por eso sigo viniendo, para intentar cambiarles al menos un ratito del día”.
Prender una vela en la oscuridad
Tanto Verónica como Patricia, Julieta y Jacqueline llegaron de distintas maneras al hospital y tenían una cosa en común en sus comienzos en la escuela del Notti: pensaron que no iban a poder. Pero ahí están, hace 6 años, hace 8 años yendo cada día a prender la esperanza que es una pequeña llama que brilla en días oscuros pero que siempre intentan hacer crecer.
“En mi caso, llegué a la escuela hospitalaria a partir de la experiencia de haber tenido a mi hijo internado aquí, en el Notti. Muchos años después de aquella experiencia, me enteré que existía esta escuela y pensé: ‘Voy a terminar mi carrera docente aquí como una forma de devolver, de retribuir todo lo que dieron a mi hijo. Lo he tomado como una misión y como algo bonito dentro de la docencia para dejarle a los más chiquitos todo el amor que una les puede dar más allá de la enseñanza”, expresa Patricia.
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Julieta, habla sobre su mamá, una docente que en esa misma escuela en el Notti se ganó el cariño de colegas y alumnos/as. “Estaba cerca de jubilarse y surgió la oportunidad de venir a trabajar con ella, de poder compartir este espacio. Cuando vine me gustó lo que hacían y quise formar parte, participar. Ya se jubiló, fue una época muy linda en la que pudimos conocernos en otro ámbito, siendo compañeras de trabajo”, cuenta.
Y agrega: “No fue sencillo al comienzo. Para mí, la prueba de fuego fue la primera vez que entré a una sala de oncología. Me impactó. Ese día pensé ‘no sé si voy a poder hacer este trabajo’ pero con el paso de los días, viendo sus avances, creando vínculos, encontré la fuerza y el ánimo que necesitaba. Es eso… cambiarles un momento del día para que sea lindo dentro de todo lo que viven”.
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A esta historia la cierra Patricia a quien también le costó entrar a Oncología en el Notti, quizás el sector donde más fuerza y amor se encuentra: “Pensaba que iba a salir corriendo pero, de a poco, una se va adaptando y creo que lo que me dio fuerzas para seguir era despertar sonrisas en los chicos/as con lo que sea. Ver cómo se les ilumina la cara cuando llegas con las tareas, un libro. A veces, están llorando y entras y se sientan en la cama y sonríen, eso es impagable”.
“Nosotras los vemos como niños/as, no como pacientes, y los conectamos con el mundo de la niñez: con el guardapolvo, las tareas. Si no existiera la escuela dentro del hospital, no tendrían ningún contacto con su vida de niño y nosotras no habríamos aprendido tanto sobre la importancia de valorar la vida, cada momento, cada día. No sólo ensañamos, también aprendemos”, cerró.