La rivalidad entre Washington y Pekín llegó a los desiertos andinos. En Argentina y en Chile, proyectos astronómicos de origen chino quedaron detenidos tras presiones diplomáticas sistemáticas del gobierno de Estados Unidos, que advirtió sobre el posible uso militar de instalaciones presentadas como científicas.
El caso fue documentado este domingo por The New York Times en una extensa investigación que coloca a la Argentina en el centro de esa disputa, que según los medios norteamericanos podría ser uno de los temas de la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping que se realizará este jueves.
El caso del Radiotelescopio China-Argentina, emplazado en el Observatorio Cesco en la provincia de San Juan, (que Sitio Andino contó en noviembre del año pasado) representa una inversión de 32 millones de dólares iniciada hace quince años. La antena parabólica, pensada para captar ondas de radio del espacio profundo y estudiar el nacimiento de galaxias lejanas, llegó a ese rincón de la precordillera en 2023, cuando cien camiones transportaron sus enormes componentes metálicos por estrechas rutas de montaña. Técnicos chinos se instalaron en Barreal, la localidad más próxima, para avanzar en el montaje.
El proyecto nunca se completó. Piezas clave de la antena quedaron retenidas en la aduana porteña durante casi nueve meses, mientras otras aún están en espera de ser liberadas. El gobierno de Javier Milei argumentó, a través de un documento de la Jefatura de Gabinete, que el acuerdo con China no fue renovado por irregularidades de procedimiento. Lo que no aclaró es si la diplomacia norteamericana influyó en esa decisión, algo que ni siquiera hace falta preguntar.
Funcionarios estadounidenses, que hablaron en condición de anonimato con el diario norteamericano, fueron más directos: el gobierno de Estados Unidos expresó en reiteradas ocasiones su preocupación por el riesgo de que el radiotelescopio fuera utilizado para rastrear satélites y establecer comunicaciones espaciales chinas. La campaña comenzó durante la administración de Joe Biden y se extendió, con mayor intensidad, bajo el gobierno de Donald Trump.
telescopio chino 1
Las paredes de una de las salas del edificio del radiotelescopio frenado por Estados Unidos en San Juan (Foto: New York Times)
El viaje desconocido
La secuencia diplomática es elocuente. En agosto de 2021, Jake Sullivan, entonces asesor de seguridad nacional, y Juan González, principal asesor de la Casa Blanca para América Latina, plantearon el tema directamente ante el expresidente Alberto Fernández durante una visita a Buenos Aires. En febrero de 2025, el secretario de Estado Marco Rubio discutió la “colaboración espacial” con el canciller Gerardo Werthein. Esa primavera, expertos del Laboratorio Sandia, dependiente del Departamento de Energía, viajaron a Buenos Aires para informar a funcionarios argentinos sobre los supuestos riesgos del proyecto.
La presión no se limitó a la diplomacia bilateral. A instancias del Departamento de Estado, el representante comercial de Estados Unidos incluyó en un acuerdo bilateral una cláusula que obliga a la Argentina a cooperar con expertos técnicos norteamericanos para garantizar el uso exclusivamente civil de instalaciones espaciales operadas por terceros países.
El informe del The New York Times agrega un dato hasta ahora desconocido. En noviembre, científicos de la Universidad Nacional de San Juan fueron trasladados en avión a Albuquerque para recibir una capacitación de tres días sobre “preocupaciones de doble uso en instalaciones de investigación espacial”.
Marcelo Segura, coordinador del proyecto del radiotelescopio en esa universidad, quien había aprendido chino para comunicarse con sus colegas, dijo que intentaron convencer a los funcionarios norteamericanos de que el instrumento tendría exclusivamente fines civiles. “No se logró”, resumió.
La sombra de Neuquén
El antecedente más citado en Washington tiene diez años y está en la Patagonia. En 2015, China construyó en Neuquén una estación de control satelital de 50 millones de dólares mediante un acuerdo que le concedió el uso del terreno por cincuenta años sin pago de renta. Para quienes en la administración norteamericana sostienen una postura dura frente a Pekín, esa base se convirtió en un símbolo de la expansión estratégica china en el hemisferio sur. La antena de 450 toneladas que domina el paisaje patagónico opera como advertencia permanente de lo que, según esa lectura, puede ocurrir cuando la diplomacia llega tarde.
El contexto político no es secundario. El gobierno de Donald Trump forjó un estrecho vínculo con Javier Milei, que durante su campaña presidencial mostró una hostilidad inédita por su virulencia hacia China. Ya en la Casa Rosada, suavizó ese tono al enfrentarse con la realidad de que la economía china está profundamente entrelazada con la argentina a través del comercio, la infraestructura, los proyectos mineros y la asistencia financiera.
image
La base de observación del espacio profundo en Neuquén también en el centro del conflicto de la tensión de Estados Unidos y China
Chile y el desierto de Atacama
Una situación similar se registra al otro lado de la cordillera. El proyecto de observatorio chino en Cerro Ventarrones, en el Desierto de Atacama, contemplaba la instalación de cien telescopios destinados a monitorear asteroides y explosiones extragalácticas. La Universidad Católica del Norte y el Observatorio Astronómico Nacional de la Academia China de Ciencias lo habían suscripto en 2023 con una inversión de 80 millones de dólares.
En abril de 2025, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile suspendió la iniciativa. Bernadette Meehan, exembajadora de Estados Unidos en Santiago, reconoció que impedir el avance del proyecto era una de sus prioridades más urgentes. La carretera construida para llegar al cerro ahora no lleva a ninguna parte.
En febrero pasado, el Comité Selecto del Congreso norteamericano sobre China publicó un informe titulado “Llevando a América Latina a la órbita de China”, en el que identificó cuatro puntos sensibles en territorio chileno: el China-Chile Astronomical Data Center en Santiago, una estación satelital al norte de la capital, el proyecto de Ventarrones y el complejo ALMA, del que acusan a China de participar en el procesamiento de datos.
La frustración de los astrónomos
Detrás de la disputa estratégica hay científicos que ven paralizados años de trabajo. La astrónoma Ana María Pacheco, de 61 años, sintetizó al The New York Times el estado de ánimo del sector: “Hemos quedado en este agujero negro de la política”. El radiotelescopio, explicó, habría compensado la relativa escasez de instrumentos de ese tipo en el hemisferio sur respecto al norte.
La contracara es el Observatorio Cesco en Pampa del Leoncito, que tiene historia propia: fue inaugurado en la década del ‘60 en conjunto con las universidades de Universidad Yale y Universidad de Columbia. Hoy alberga telescopios alemanes, rusos y brasileños, y avanza en uno nuevo con la Universidad de Texas. Lo que yace inerte es la apuesta china: los componentes metálicos blancos, inmóviles como un esqueleto gigante. En el sótano, sobre las mesas, quedaron palillos, latas de salsa de ostras y té verde que dejaron los técnicos chinos. Un cartel en mandarín en la pared ofrece instrucciones sobre cómo actuar ante un encuentro con pumas, describe el diario norteamericano en su reportaje dominical.
Desde Pekín, la respuesta fue previsible. La Embajada china en Buenos Aires acusó a Estados Unidos de buscar “una excusa para contener y reprimir a China” y defendió el carácter científico del proyecto. En Santiago, su par calificó la postura norteamericana de “pura y dura manifestación de hegemonismo”.
La disputa por los cielos sudamericanos es, en el fondo, la misma que se libra en los mares, en los puertos, en los chips y en las rutas comerciales. El telescopio en San Juan apunta al espacio profundo, pero la pelea, por ahora, sigue siendo terrestre.