Nada escapa a la rutina.
Nada escapa a la rutina.
En estos tiempos, esta palabra vinculada a la falta de entusiasmo, al desinterés y la carencia de compromiso, se ha alejado de su etimología: proviene del francés routine, y este de route, que significa ruta, camino, recorrido.
Muchas veces sentimos el agobio de la rutina. En el trabajo, en el estudio, en las tareas hogareñas. Y eso se transforma en un polvo que quita brillo al momento presente. Nos automatiza. Sin darnos cuenta, generamos en nosotros mismos lo que llamo síndrome del trámite: lo que hay que hacer para resolver un asunto, sin la menor pasión y ninguna intención de disfrute. Hacerlo porque no queda otra. Y sin demasiado esfuerzo.
Nuestra vida, cortísima por cierto si se mide en tiempos cósmicos, está compuesta por millones de momentos rutinarios. Si no recurrimos al auto-estudio para transformar esos momentos que creemos tediosos en mágicos, ¡vaya vida vivida!
Esperamos ansiosos el fin de semana para descansar, y con mayor ganas las vacaciones ¿Será suficiente compensar cinco o seis días de actividad rutinaria con dos o, peor, con un solo día que nos permita alterar esa inercia en la que nos creemos inmersos? ¿Todo un año laboral con quince días de vacaciones? Suena terrible.
Una vez más, la solución a este planteo es la auto-observación. Y sí, estimado lector: depende sólo de uno mismo. Busque herramientas que generen más vitalidad y energía; así tendrá la fuerza y el empuje necesarios para cambiar algunas estructuras y permitirse ser más feliz, más productivo. Dejar su huella en este paso efímero y fugaz.
Es vital tener en claro las metas. Y desde allí, trazar el camino que permita alcanzarlas.


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