Opinión

Todos colgados de la sotana blanca del Papa. Por Julio Blanck para Clarín

Así anda la plana mayor de nuestra política: si no colgados de la sotana blanca al menos protegidos, o intentando protegerse, detrás del alba o el roquete papal.

Decir “colgados de la sotana del Papa” puede sonar un poco duro. Pero tiene la ventaja de que se parece bastante a la verdad. Así anda la plana mayor de nuestra política: si no colgados de la sotana blanca al menos protegidos, o intentando protegerse, detrás del alba o el roquete papal.

Razones para hacerlo no les faltan. La estatura moral del Papa argentino trazó una nueva frontera para los políticos y se convirtió en la principal referencia social. Su figura disfruta, además, de una robusta aceptación que la consultora Poliarquía estimó ayer en el 93%, valor inalcanzable para cualquier figura pública del país. ¿Qué político rehusaría intentar que su imagen sea entibiada por ese sol potente que brilla aquí y en el mundo?

Todos quieren a su modo hacer política con el Papa; la cuestión es que el Papa se los permita y eso ya es más difícil. También se puede hacer política sin el Papa, perfecto derecho que cualquiera puede ejercer, aun a riesgo de que su capacidad para ser escuchado por la sociedad se angoste hasta el raquitismo. Lo que no se puede es hacer política contra el Papa y eso lo entendió antes que nadie la Presidenta, horas después de su furia inicial y la de sus centuriones por la elección de Bergoglio, hace un año.

Entre aquella vuelta de campana inicial, quizá la pirueta política más espectacular de esta década, y la audiencia reservada del próximo lunes con Francisco, autogestionada por Cristina, existe una distancia notable. La misma distancia que separa a una Presidenta en lo más alto de su gloria alcanzando la reelección con el 54% de los votos, de este presente en el que las acechanzas de la economía, el agotamiento del proyecto político y la creciente inquietud social tiñen el camino hacia el final del mandato y el recambio en el poder.

Si quien trata de construirse con mucho empeño un camino razonable de salida busca el calor de la figura del Papa, para cimentar más y mejor esa construcción, qué otra cosa podría esperarse de los que ambicionan ese despacho, ese sillón, esa lapicera, y no dudan en afrontar el posible costo teniendo la perspectiva de tanto beneficio.

En esa dirección debe entenderse el encuentro que, acompañado por todas las figuras relevantes de su Frente Renovador, ayer mantuvo Sergio Massa con los obispos Jorge Lozano, jefe de la Pastoral Social, y Jorge Casaretto.

La reunión, una jornada de reflexión para conmemorar el primer aniversario del papado de Francisco, fue cuidadosamente armada por Joaquín De la Torre, intendente de San Miguel y pieza política clave en el equipo de Massa.

Estuvo repleta de simbolismos, entre los cuales uno no menor fue el hecho de que se haya realizado en el Colegio Máximo, justamente en San Miguel; la tradicional institución de los jesuitas donde el padre Bergoglio vivió 18 años, inició su tarea pastoral y terminó siendo rector.

Massa en persona difundió los tópicos abordados: pobreza, corrupción, vida familiar, cambios políticos, integración plena de la sociedad civil. A esa lista sólo falta agregar la lucha contra el narcotráfico para tener completo el programa básico del Papa para la Argentina.

Entre Massa y Francisco parece haber algún entuerto no resuelto, del tiempo en que el hoy líder del Frente Renovador era jefe de Gabinete del primer gobierno de Cristina, cuando el kirchnerismo estaba en pésima relación con el entonces cardenal Bergoglio. Desde hace un año Massa hace esfuerzos para sanar esa herida.

Todavía no logró que el Papa lo reciba en audiencia privada, aunque ya tendría media palabra en ese sentido, para fecha cercana. En el camino habría desechado dos veces la posibilidad de ser recibido en la audiencia pública de los miércoles, que tiene menos relieve para los visitantes.

La reunión de ayer con los dos obispos en San Miguel le ayuda a Massa a acortar la distancia con el Papa. Ahora está intentando un camino más largo, pero quizás más seguro.

Por su lado, Mauricio Macri tiene elaborado un vínculo de respeto y afecto con Francisco, aunque también tuvieron algún cortocircuito en su momento, como arzobispo de Buenos Aires y jefe de Gobierno. Pero eso ya parece haber quedado atrás y el Papa -se recordará- distinguió a Macri recibiéndolo en el Vaticano al margen de la delegación que encabezó Cristina, cuando fue investido como Pontífice.

La última muestra de esa relación cuidada y con varios vasos comunicantes, fue la presencia de Marcos Peña, secretario general del Gobierno porteño, cuando monseñor Mario Poli, el sucesor de Bergoglio como arzobispo, fue consagrado cardenal por el Papa hace tres semanas en el Vaticano.

Pero si es por relación edificada en el tiempo y lealtad demostrada en circunstancias adversas, Daniel Scioli es el presidenciable de mayor cercanía con el Papa. El gobernador se ha cuidado de no hacer sobreactuación pública de esa condición, aunque su fervor esté fuera de toda duda.

Scioli demostró esta semana, otra vez, que está entrenado para saltar en todos los centros que tira la Iglesia. Y lo hace con una perseverancia que ya pisa el territorio de la obsesión.

Así, salió presuroso a apoyar la nueva advertencia de los obispos sobre los peligros del narcotráfico como había hecho en noviembre, cuando respaldó el documento del Episcopado con señalamientos fuertes sobre la inacción del Gobierno.

Y firmó un acuerdo de cooperación con la Universidad Católica que dirige “Tucho” Fernández, el teólogo cordobés que goza de la máxima confianza papal y a quien Francisco nombró arzobispo a poco de iniciar su pontificado.

La efusión de Scioli por el aniversario del papado tendrá su punto culminante mañana, cuando en el Museo de Arte Contemporáneo de Mar del Plata inaugure la muestra “Francisco, un argentino universal”, con abundancia de fotos, videos y testimonios sobre la idea y la acción del Papa. Habrá fuerte presencia institucional, actuará el popular cantante Axel (no Kicillof, precisamente) y el aparato político movilizará su gente: esperan una multitud.

Jorge Telerman, titular de Cultura bonaerense, presentó a Francisco las características de la muestra en febrero, cuando visitó el Vaticano integrando una poblada delegación interreligiosa.

Cuentan que Francisco le recomendó con especial énfasis que eviten los homenajes personalizados y se enfoquen en la defensa de valores comunes que ayuden a “construir una nueva época en la Argentina”, según confió a Clarín un laico que lleva y trae entre la política y la Iglesia.

En este sentido, es útil detenerse en algunas de las frases que los obispos Lozano y Casaretto desgranaron ayer ante Massa y la dirigencia del Frente Renovador, en San Miguel.

Lozano, que abundó en citas papales, les dijo que la política debe ser “un servicio por el bien común”. Y afirmó que “la unidad puede más que el conflicto”.

A su turno, Casaretto habló de un “fin de ciclo” que provoca miedos y esperanzas pero le da una oportunidad a los argentinos. Y sostuvo que los políticos “no deben adueñarse del poder, sino ser sus administradores”.

Estas ideas de Francisco serán la prédica de la Iglesia en el tiempo que viene. La misma letra escucharon quienes, como el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, dialogaron con Guzmán Carriquiry, el laico uruguayo de gran cercanía con el Papa, que dirige la Comisión Pontificia para América latina. Vino esta semana a Buenos Aires y habló anoche en la UCA.

En los terrenales asuntos de la política, como puede verse, la acción del Papa es prudente pero evidente.

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