31 de marzo de 2026
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Desindustrialización

Industria Argentina: entre el olvido político y la fuga de capitales

La Industria Argentina atraviesa su peor crisis en décadas: caída del 19%, subinversión crónica y pérdida de peso regional marcan el retroceso.

Por Marcelo López Álvarez

La industria argentina atraviesa una de sus crisis más profundas desde la consolidación del modelo de sustitución de importaciones iniciado en la década de 1930. Los datos analizados por Pablo Manzanelli en su reciente informe para el Área de Economía y Tecnología de FLACSO y CIFRA revelan que la economía nacional está inmersa en una segunda oleada de desindustrialización, de una magnitud incluso mayor que la registrada entre 1976 y 2001.

Una crisis que supera a la del neoliberalismo clásico

El trabajo parte de la premisa de que el retroceso industrial argentino no es un fenómeno nuevo. Entre 1976 y 2001, bajo modelos liberales de signo dictatoriales y democráticos, aperturas comerciales y valorización financiera, la industria sufrió una contracción del 10,3% en términos de valor agregado. Sin embargo, entre 2011 y 2024 —el período que Manzanelli identifica como la segunda oleada—, la caída fue aún más pronunciada: un 19% en cifras absolutas. Esta contracción se produce a pesar de que el período bajo análisis incluye etapas de políticas supuestamente promotoras del desarrollo industrial.

Manzanelli demuestra que se trata de un patrón consolidado de desarticulación del entramado fabril, incluso al excluir el decenio de 1990 —que introdujo una breve etapa de expansión luego de la crisis hiperinflacionaria—, la contracción del PBI industrial entre 1976 y 1990 fue del 16,9%, aún inferior a la retracción acumulada entre 2011 y 2024. Estamos, entonces, marca el investigador, frente a una crisis sin precedentes por su magnitud y persistencia.

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La industria argentina sufre un proceso de retracción que no se detiene y profundiza

La industria argentina sufre un proceso de retracción que no se detiene y profundiza

Diversas políticas, coincidencias estructurales

El informe aborda la relación entre política económica y dinámica industrial y, si bien es claro que los gobiernos de Mauricio Macri (2016–2019) y Javier Milei (2024) concentran los mayores índices de destrucción del producto industrial —con caídas anuales acumulativas del 3,6% y del 9,2%, respectivamente—, también se observa que el retroceso comienza bajo el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, en un contexto marcado por la caída de las exportaciones a Brasil y el agotamiento de los motores del crecimiento fabril. Incluso durante el gobierno del Frente de Todos, que registra un repunte entre 2021 y 2022, el avance resulta insuficiente para revertir la tendencia estructural.

Este comportamiento transversal a distintas gestiones, modelos, colores políticos y tendencias ideológicas, marca que las políticas industriales, cuando las hubo, no lograron detener el proceso de desindustrialización, lo que sugiere la existencia de una dinámica estructural de destrucción más potente que las medidas de estímulo o protección coyunturales. El deterioro industrial, según el autor, responde a factores profundos que exceden la orientación política del gobierno de turno.

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La sub inversión como modelo

Entre estos factores, el trabajo identifica uno central: la subinversión crónica del capital industrial, particularmente de las grandes firmas. Lejos de reinvertir sus excedentes en tecnología, innovación o ampliación de la capacidad productiva, las empresas y empresarios tienden a canalizar sus ganancias hacia activos financieros o directamente al exterior. El resultado es un proceso de descapitalización productiva que erosiona la competitividad, limita la escala y reduce la complejidad del aparato fabril.

A diferencia de las visiones que explican la desindustrialización como una consecuencia “natural” de la madurez productiva (como ocurrió en algunos países centrales), Manzanelli enfatiza que la experiencia argentina se caracteriza por una desindustrialización temprana, regresiva y destructiva, sin reemplazo de capacidades ni transición a sectores de mayor valor agregado. En lugar de reconversión, hubo abandono; en lugar de innovación, retiro.

Es interesante ver que alguien plantea abrir el debate profundo de la corresponsabilidad de la política y las empresas en la desindustrialización de nuestro país.

Argentina pierde protagonismo

El informe también aporta un análisis del coeficiente de industrialización —medido como participación de la industria en el PIB total— que refuerza el diagnóstico de retroceso estructural. Este indicador, que había trepado al 25,8% en 1974, cayó al 17,3% en 2002 y descendió nuevamente hasta el 15,3% en 2024. De este modo, la industria argentina retorna a niveles de participación semejantes a los previos al proceso de industrialización sustitutiva. A nivel simbólico y material, es un regreso a la casilla de salida.

Más aún, si se compara con la evolución de la industria latinoamericana, la Argentina pierde protagonismo en la región: su participación en el valor agregado industrial continental pasó del 14,3% en 1974 al 7,4% en 2024. Esta caída no se explica solo por el estancamiento interno, sino por el dinamismo relativo de otros países que, aún en contextos adversos, preservaron o reconstruyeron capacidades fabriles, con el claro ejemplo de Brasil a la cabeza.

La desindustrialización argentina es doble: pierde peso dentro del país y también en el concierto regional.

De la coyuntura al largo plazo

El análisis de Manzanelli se distingue por el esfuerzo por salir del cortoplacismo. Su hipótesis central, y advertencia implícita, es que la segunda oleada de desindustrialización no es solo el resultado de malas decisiones recientes, sino la consecuencia de una larga deriva de desinversión, apertura, especulación y fragilidad estructural. Al fin, se trata de un proceso que requiere respuestas más ambiciosas que la gestión del ciclo o la mejora del famoso “clima de negocios”.

El informe evita conclusiones programáticas, descriptivas o terminantes, pero plantea los términos del desafío argentino: sin una política industrial de largo plazo, sostenida por una alianza estratégica entre Estado, sectores productivos y sistema científico-tecnológico, la economía argentina corre el riesgo de consolidar un modelo primario-exportador de baja densidad productiva y alta vulnerabilidad externa.

No hace falta ser un estadista mundial para entender que exactamente eso es lo que está pasando.

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