Cómo impacta la guerra en Oriente Medio en la economía argentina
La escalada bélica en Oriente Medio suma incertidumbre global y expone las fortalezas y debilidades de la economía argentina frente a nuevos shocks externos.
Explosión, en el centro de Tel Aviv, Israel. FOTO: NA
La extensión del conflicto bélico entre Estados Unidos, Israel e Irán a toda la extensión de Oriente Medio y la alerta europea después del ataque a las bases británicas volvió a colocar a la economía global en un terreno de alta incertidumbre y expone, una vez más, la vulnerabilidad de los países periféricos, como Argentina, frente a shocks externos.
En nuestro país, el impacto del conflicto puede resultar con luces y sombras: mientras la suba del precio del petróleo abre una ventana de oportunidad para el ingreso de divisas, el encarecimiento del gas natural licuado y el deterioro del contexto financiero internacional amenazan con tensionar el delicado equilibrio macroeconómico.
En el lado luminoso, el aumento del precio del crudo aparece como una fuente potencial de alivio para la restricción externa. La producción no convencional de Vaca Muerta consolidó en los últimos años a la Argentina como exportador neto de energía, un giro estructural que modifica la forma en que el país absorbe los vaivenes del mercado internacional. Las primeras estimaciones de distintas consultoras energéticas prevén que el alza previa del petróleo (anticipada incluso antes de que estallara el conflicto) ya había elevado en unos 1.300 millones de dólares la previsión de la balanza comercial energética para 2026, llevándola a un superávit cercano a los 10.000 millones.
El nuevo aumento cercano a 10 dólares en el precio del petróleo implica una ganancia inesperada de divisas del orden de 1.700 millones de dólares, equivalente a un cuarto de punto del producto interno bruto. Hace apenas tres años, ese mismo shock habría profundizado el déficit externo; hoy, en cambio, lo amortigua.
El costo del gas y la fragilidad del abastecimiento
Sin embargo, el otro lado de la balanza energética muestra un panorama más inquietante. El precio internacional del gas se disparó con mayor intensidad que el del petróleo, reflejando una afectación directa sobre el abastecimiento. La decisión de Qatar Energy de interrumpir parte de su producción de GNL tras las represalias iraníes agravó una situación que resulta particularmente sensible para la Argentina en los meses de invierno. A pesar del avance de la producción local, el país aún necesita importar gas para cubrir los picos de demanda, y lo hace justo cuando los valores superan los 20 dólares por millón de BTU, el doble de los promedios recientes.
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La disparada de valor del GNL por el conflicto en Oriente Medio uno de los items que puede afectar muy fuerte a la Argentina
Incertidumbre y ruido en el mercado
El salto en el precio internacional por el conflicto internacional llega en un momento de indefinición institucional. La privatización del esquema de importación de GNL, impulsada por el Ministerio de Economía, aún permanece inconclusa. Hasta ahora, la operatoria estuvo en manos de Enarsa, con un fuerte componente de subsidios. La incertidumbre sobre quién asumirá el rol comprador y bajo qué condiciones añade ruido al mercado.
Impacto financiero y presión sobre el dólar
El impacto del conflicto no se limita al sector energético. La escalada bélica reforzó la aversión global al riesgo y reactivó el tradicional “vuelo hacia la calidad”, con efectos inmediatos sobre los mercados emergentes. Para la Argentina, esto se tradujo en un aumento del riesgo país (que ayer volvió a rozar los 600 puntos), caídas en las cotizaciones de activos financieros y una presión adicional sobre el dólar.
El contexto internacional de creciente tensión y extensión del conflicto bélico se superpone con señales internas que distan de ser alentadoras. La recaudación tributaria volvió a caer en términos reales, confirmando una tendencia que se arrastra desde mediados del año pasado y que refleja la debilidad del mercado interno. La inflación, aunque lejos de los picos de años anteriores, muestra una resistencia a desacelerar, con aumentos persistentes en alimentos y servicios que también sufrirán el embate del conflicto. La combinación de demanda frágil e inflación rígida reduce el margen de maniobra de la política económica justo cuando el escenario internacional se vuelve más hostil.
El dilema cambiario del Gobierno
La guerra en Oriente Medio también introduce un límite concreto al proceso de apreciación cambiaria que el Gobierno había promovido como ancla desinflacionaria. La depreciación de las monedas regionales y la mayor volatilidad global hacen difícil sostener un tipo de cambio real en descenso. El Gobierno se enfrenta así a una disyuntiva: absorber el shock externo esperando que el conflicto sea transitorio o adaptar con rapidez el esquema macroeconómico para amortiguar sus efectos.
Energía, una oportunidad con presente incierto
A mediano plazo, el potencial energético aparece como una carta fuerte. Proyectos de exportación de GNL impulsados por empresas como YPF, en asociación con firmas internacionales, prometen un salto significativo en la generación de divisas. El propio Horacio Marín anticipó que el sector podría aportar hasta 50.000 millones de dólares en la próxima década. Ese horizonte convive con este presente impredecible de tensiones bélicas que se transforman en financieras y fragilidad productiva.
El conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán, que escaló internacionalmente en apenas unas horas, sirve de ayuda memoria para recordar que la estabilidad macroeconómica depende tanto de decisiones internas como de un entorno internacional que escapa a su control. La oportunidad energética existe, pero su aprovechamiento depende de políticas que fortalezcan la resistencia interna frente a shocks externos recurrentes, y ese no parece ser el fuerte de este Gobierno.