Argentina 2025: baja la inflación, pero persiste el estancamiento económico
La Fundación Mediterránea advierte que, aunque la inflación cede en Argentina, persiste el estancamiento económico por falta de reformas estructurales.
El segundo trimestre de 2025 muestra con nitidez la paradoja recurrente de la economía argentina: la estabilización inflacionaria parece avanzar, pero no logra traducirse en un crecimiento sostenido. La inflación mensual perforó en mayo el umbral del 2%, pero la actividad se estanca y la fragilidad estructural del aparato productivo impone un techo difícil de quebrar.
El diagnóstico que traza la Fundación Mediterránea, en su último informe firmado por Jorge Vasconcelos, refleja con precisión esta dualidad: los avances del plan de estabilización coexisten con señales preocupantes de agotamiento en el frente real.
El dato más alentador del escenario macroeconómico actual es, sin dudas, el retroceso sostenido del índice de precios. El cambio de régimen implementado a partir del 11 de abril -con el reemplazo del crawling peg por un sistema de bandas de intervención en el mercado cambiario- reforzó la dinámica desinflacionaria. A esto se suma el uso intensivo del mercado de futuros como mecanismo de anclaje, una herramienta que, si bien no resuelve los desafíos de fondo, contribuye a mantener contenidas las expectativas, reflexiona el trabajo.
Límites de la política monetaria y fiscal
No obstante, la estabilización se apoya sobre bases parciales. Si bien el Tesoro logró regresar a los mercados internacionales con nuevas colocaciones de deuda, el costo de financiamiento continúa siendo elevado. Esto restringe su utilidad como instrumento para reforzar las reservas internacionales del Banco Central, que muestran una evolución todavía muy por detrás de los compromisos asumidos con el FMI. La estrategia de evitar compras directas de divisas en el mercado oficial contribuye a cerrar la brecha cambiaria, pero deja en evidencia los límites de una política monetaria que actúa con márgenes reducidos.
Actividad estancada y deterioro del mercado laboral
Al mismo tiempo, los indicadores de actividad comienzan a mostrar señales de fatiga. El rebote interanual del 6,6% registrado en el primer cuatrimestre —según el Índice General de Actividad del Estudio Ferreres— parece haber encontrado un techo en el segundo trimestre. La causa no es coyuntural, sino estructural: más de una década de retroceso en la productividad laboral limita tanto las expectativas de rentabilidad del sector privado como la recuperación del salario real. Desde 2011, año en que se instalaron los controles cambiarios y comerciales, la productividad cayó un 12%, una pérdida que no registra equivalentes en economías de la región.
La morfología del mercado laboral argentino agrava el panorama. Sólo el 29% de los trabajadores están empleados formalmente en el sector privado. El resto se reparte entre cuentapropistas, informales y empleados públicos. Esta estructura, si bien atenuó los efectos de la indexación salarial y permitió cierta desinflación sin recurrir a políticas explícitas de desagio —como las aplicadas en el Plan Austral o el Real brasileño—, también expone el grado de informalidad y baja calidad del empleo, lo que representa un obstáculo central para la construcción de un sendero de crecimiento sostenido.
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Si bien la inflación se desacelera la actividad económica no repunta y el empleo lo refleja.
Frente externo vulnerable y desafíos pendientes
Este límite se traduce en la rentabilidad de los sectores clave. Los informes sectoriales muestran un desempeño débil en el agro y la construcción, mientras que los balances del primer trimestre de las empresas que cotizan en bolsa defraudaron expectativas, tanto en el segmento industrial como bancario. El índice Merval, medido en dólares, acumula una caída del 26% desde el pico registrado a comienzos del año, reflejo de una economía que pierde dinamismo. Aun cuando las incertidumbres políticas no han variado sustancialmente, el mercado parece anticipar la falta de avances concretos en reformas estructurales, especialmente en lo laboral y lo impositivo.
En este contexto, el frente externo comienza a mostrar señales de deterioro. El superávit en cuenta corriente del 1% del PBI registrado en 2024 se transformaría, según proyecciones, en un déficit cercano a los dos puntos del producto en 2025. La razón principal es el fuerte dinamismo de las importaciones de bienes y servicios, en particular turismo. Esta tendencia podría tensionar el equilibrio externo si no se logra avanzar rápidamente en el fortalecimiento de las reservas, la reducción del riesgo país y la atracción de capitales vía inversión extranjera directa, tres frentes que permanecen abiertos.
El trabajo de la Mediterránea destaca que el equilibrio alcanzado es, por tanto, frágil. La política cambiaria —con ventas en futuros como instrumento de contención— se sostiene en el corto plazo, pero no garantiza estabilidad en el mediano. Las expectativas inflacionarias para el período posterior a las elecciones aún no están firmemente ancladas, y la permanencia de los cepos, aunque parcialmente desactivados en abril, continúa generando distorsiones.
En definitiva, el rebote inicial comienza a agotarse y deja en evidencia que, sin un conjunto coherente de reformas estructurales, la economía argentina difícilmente podrá transitar desde la estabilización hacia una fase de crecimiento genuino. El informe de la Fundación Mediterránea subraya este punto con claridad: la recuperación no podrá sostenerse si no se recrean condiciones que favorezcan la inversión, la productividad y la creación de empleo formal. El desafío no es sólo económico, sino también político. Requiere consensos, programas y una capacidad de implementación que hoy aún no se vislumbra con nitidez.