Entre los más de mil comentarios aparecieron, como era de esperarse, los grandes críticos espontáneos de Internet. Muchos se dedicaron a señalar las fallas de la IA, el exceso de textura, la falta de alma, la composición dudosa, el intento torpe de reproducir a uno de los pintores más distinguidos de la historia.
El miedo a dejar de ser únicos
Por supuesto que este fenómeno no es nuevo. La negación inicial a la IA, muy marcada en el 2023 y principios del 2024, fue la reacción primera. Cambió de forma, se volvió más sofisticada, menos explícita quizás, pero todavía está ahí.
Uno de los conceptos claves que explica esto es el de “el miedo a la irrelevancia”, ese temor profundo a no ser tenido en cuenta, a quedar al margen, a perder lugar social, profesional o personalmente. Y creo que ese miedo explica mucho mejor varias reacciones “anti-IA” que cualquier argumento técnico.
¿La tecnología está demostrando que como especie no somos tan únicos como creíamos?
A medida que percibimos el crecimiento y el desarrollo tecnológico, en el fondo, la pregunta incómoda no es de qué es capaz la máquina. Cuando nuestras vidas cambian, y nuestras profesiones también. El vértigo aparece cuando nos preguntamos si nuestro aporte al mundo pasará a ser insignificante.
Y la pregunta se vuelve todavía más crítica cuando la hacemos en primera persona.
El lujo de lo artesanal en la era sintética
Hay otro fenómeno, emparentado con el anterior, pero de signo contrario (y este lo habíamos anticipado): Cuando la IA se masifica, lo humano cambia de valor. Y empieza a volverse premium.
Comienzan a aparecer, en distintos lugares del mundo, tendencias de negocio anti-IA. Productos y servicios cuyo valor agregado está en certificar que no hubo automatizaciones ni uso de IA en su proceso de creación. Algo parecido a los sellos de “orgánico”, “artesanal” o “libre de conservantes”. Una nueva forma de prestigio ligada a lo hecho a mano, a lo lento, a lo humano.
En esa misma línea, algunos medios y espacios de producción cultural empiezan a declarar políticas explícitas sobre el uso de IA en sus contenidos. El caso más relevante es el del New York Times, el cual sacó su propio comunicado anti- IA. Si querés escribir para el diario, tenés prohibido el uso de IA. Su sello de autenticidad anti-IA.
¿Será el sello anti-IA una nueva forma de privilegio especista?
Muchos clientes valoran la creación humana como signo de calidad y están dispuestas a pagar más por eso. Incluso algunos bancos y servicios ya ofrecen como experiencia “elite” la posibilidad de hablar con una persona real.
Así, lo hecho con IA pasa a convertirse en el nuevo estándar. Lo esperable. Lo de base. Y el salto de calidad, en cambio, empieza a estar en lo humano. La IA queda como backend, como back-office, como infraestructura invisible. Y el humano vuelve al frente del mostrador (quizás solo para algunos privilegiados).
La nostalgia tecnológica también es una señal
De la mano de esta tendencia aparecen bares, restaurantes y boliches que obligan a dejar el celular de lado. También crece el consumo lo-fi y la nostalgia tecnológica (“¡lo viejo funciona, Juan!”).
Lo más interesante es que, muchas veces, son los más jóvenes quienes lideran esta pequeña rebelión de la mano de dispositivos tontos (dumbphones) que solo permiten llamadas y SMS y la estética Y2K y analógica, cámaras digitales de los años 2000, agendas de papel y reproductores de solo audio.
El movimiento de desconexión digital
Una verdadera batalla cultural se está llevando a cabo.
Existe todo un movimiento de desconexión digital, asociado al digital detox o al minimalismo digital, que está dejando de ser una recomendación o unas ideas bonitas para convertirse en una necesidad estructural; y hasta en un derecho respaldado por la ley (todavía).
En Argentina, el derecho a la desconexión está garantizado en la Ley de Teletrabajo (Ley 27.555) hasta el 1º de enero del 2027.
La infoxicación, la saturación de estímulos y el doomscrolling infinito se volvieron fenómenos cotidianos. Están al alcance de grandes y chicos. Los efectos de desgaste son evidentes.
Las máquinas podrán trabajar 24/7. Nosotros no. Y competir contra esa lógica, con nuestro hardware humano, solo puede llevarnos a la ruina mental.
La relación con la tecnología, especialmente con las pantallas, dejó de ser un tema anecdótico para convertirse en una conversación seria. El daño no aparece únicamente en infancias y adolescencias, aunque ahí la vulnerabilidad sea mayor y los efectos puedan ser más costosos. Es un tema que, sin dudas, merece que lo retomemos con más profundidad.
Lo interesante de este movimiento es que, a diferencia de posturas más extremas como la idea de un “apagón tecnológico total”, no busca aislarnos ni proponer una vida completamente desconectada. La meta no es destruir la tecnología, sino desarrollar una relación más sana, consciente e intenciona.
Se trata de mantener el control. De evitar que los dispositivos se lleven lo mejor de nuestro tiempo, nuestra salud, nuestra atención y nuestros vínculos.
La sensación de que el auge tecnológico tiene efectos contraproducentes ya no es una intuición de pocos. Nuestra idiosincrasia humana no parece estar preparada para vivir en una realidad hiperconectada. Al menos no sin efectos.
La defensa de lo humano, las tendencias de negocio anti-IA y el movimiento de desconexión digital no son simples actos de rebeldía individual, son síntomas de algo más profundo: una necesidad de salud pública, un derecho laboral en construcción y, quizás, una nueva forma de preguntarnos qué queremos preservar.
El desafío actual no es destruir la tecnología. Es aprender a usarla sin ser usados por ella.
Esperemos que este finde nos encontremos en la montaña, donde todavía no nos alcance la señal de las antenas.