Lo que sí me importa, más allá de mi propia curiosidad, es saber a dónde me pueden llevar los sueños, deseos y anhelos. A jugar, como cuando tenía 8, a sanar como cuando tenía 21 años, y la psicóloga me lo sugirió, o estar hoy escribiendo para vos.
También te puede interesar leer: ¿Destinados o Programados?
¿Por qué deseamos lo que deseamos?
Bueno, es difícil saber, como decía más arriba. Tanto la familia dónde nacimos, la cultura, el contexto, nuestras vivencias y la interpretación que hagamos de ellas, nos marcarán el terreno a la hora de desear cosas.
Creo que lo que anhelamos a cada momento nos brinda información valiosa sobre nosotros mismos. A medida que cambiamos, nuestros sueños lo hacen también. Sin embargo, puede suceder que un deseo en particular se sostenga a lo largo de nuestra vida. Me pregunto ¿todos tenemos sueños, deseos? ¿Cómo sería vivir sin desear o anhelar nada?
Para algunas culturas y/o credos, el deseo es fuente de sufrimiento. Para estos desear es un condicionante, el cual al ser satisfecho solo causa satisfacción por un momento. Para librarnos de eso, al no desear no hay posibilidad de sufrir.
El budismo hace algunas distinciones sobre los tipos de deseos, y determina cuáles son aquellos que nos llevarían al sufrimiento: aquel que recae sobre algunos placeres sensoriales; el deseo por ser alguien, es decir, desear tener cierta identidad. Y por último, el deseo de no existir y así evitar el dolor.
¿Qué opinan? ¿Podemos evitar el dolor? Ya sospecho la respuesta. Y aún más me pregunto, ¿es posible no desear?
De este lado del mundo, vamos a llamarlo Occidente, el deseo es moneda corriente. Abiertamente, deseamos cosas, un montón. Esas cosas que deseamos van cambiando, es como si se pusieran de moda ciertos deseos.
La casa propia, tener hijos, no tenerlos. Viajar, trabajar de lo que amamos hacer. Ser famosos, casarnos. Ser tiktoker, youtuber o instagramer. Influenciar a los demás desde una pantalla. Ganar dólares trabajando cada vez menos. Ser un gurú espiritual, ser un charlatán que se filma con un micrófono sin que haya nadie del otro lado. Según los momentos, así los anhelos de la sociedad.
¿Queremos desear algo? (porque eso nos da identidad) ¿O deseamos el resultado de ese desear?
También te puede interesar leer: Para cambiar, hay que cambiar
¿Y vos qué querés?
Hace un tiempo me encontré a mí misma dudando sobre aquello que deseaba. Luego entendí de qué se trataba. Era una especie de mecanismo de bloqueo. Y ahí entendí que a veces podemos no saber qué es lo que realmente queremos. Pero muchas otras sí lo sabemos. Sin embargo, hay una creencia de base que nos susurra al oído “no va a pasar”. Es entonces cuando el no saber es la opción más cómoda y fácil. Es la excusa que está a la mano.
En mi historia personal desde que volví a escribir conecté con esa niña que soñaba con ser escritora. Cuando tenía esos 21 años, ese deseo era inmensamente grande. Tan grande que sonaba imposible. ¿Cómo podemos desear algo que creemos imposible? Qué pérdida de tiempo, ¿no? Así eran los susurros que contaban sobre lo que yo creía imposible.
Sucede que a veces vemos un objetivo, meta o deseo tan grande que no tiene sentido ir por ello, porque es percibido como inaccesible. Es ahí donde abandonamos lo que alguna vez nos movió. Pero ¿qué pasaría si pudiéramos imaginar pequeños y accesibles pasos hacia la meta? Y aunque suene trillado, un paso a la vez sería lo que achicaría esa grandeza con la que soñábamos y sentíamos imposible.
Yo no sé si alguna vez me dedique completamente a la escritura, pero sí sé que ese sueño me puso en marcha y me movió hacia estas líneas que hoy estás leyendo.
¿Acaso desear no es eso? Movimiento. El desear, lo que sea, nos pone en marcha. Y más allá de los resultados, lo bueno es que algo cambiará.
Me pregunto: Si eso que queremos no llega tal y como lo queremos, ¿podemos aun así ser felices?
¿Estará nuestra felicidad atada a un deseo? Para un budista ciertamente no. Pues sin deseo no hay sufrimiento. ¿Sin embargo, habrá felicidad?
En mi opinión personal y con todo respeto, no creo que desear sea un problema. No creo que sea fuente de sufrimiento. El desafío será gestionar cuando las cosas no son tal y como las deseamos.
El deseo tiene valor per sé. Más allá del resultado, es eso lo que nos mueve y nos moviliza. No hay nada más lindo que tener la ilusión que nace de un deseo, el agradecimiento por su concreción o el aprendizaje que viene de la aceptación ante un rotundo no.
En la nota anterior “destinados o programados” comentamos la visión de Spinoza sobre el destino y las cosas que queremos de él. Resulta que este filósofo sostenía que la voluntad es generada por el querer. Esto engloba la idea de que el desear nos pone en marcha. Será la voluntad el vehículo que posibilita manifestar el querer.
También te puede interesar leer: Familia a la carta
¿Podemos escapar de nuestros deseos?
“Algunos huyen yéndose, otros quedándose en el mismo lugar”. Así dice Martha, personaje de “Bebé Reno” serie vigente en Netflix. Me hizo pensar sobre las formas de escapar de nosotros mismos.
Creo que no podremos escapar al final; sin embargo, podemos renunciar. Y no digo esto como algo malo, tampoco bueno. Habrá que ver cada caso. Creo que no todos los deseos se hacen realidad y habrá que contemplar, transformar y aprender a desear de forma genuina, amable y honesta. A consciencia. Esto algunas veces puede implicar renunciar a lo que yo llamo “deseos tóxicos”.
Y sí, creo que el desear es una capacidad y se desarrolla cuando estamos en conexión con nosotros mismos. ¿Alguna vez deseaste algo que no deseabas? Suena contradictorio, lo sé. Me refiero a esos momentos en que queremos algo porque otros lo tienen o lo quieren. Por lo menos a mí me pasó y lejos de avergonzarme, me dio un gran aprendizaje sobre cómo no puedo dejar de ser quien soy a la hora de desear.
Creo que a veces el sistema nos vende sueños. Necesidades que no necesitamos. Vidas que no queremos vivir. Recuerdo cuando era profesora de danzas. El sueño de una “verdadera profesora de danzas” era tener su propia academia. Cuando empecé a trabajar para eso, entendí que en realidad no lo quería para mí. Sentí alivio y paz al renunciar.
No creo que por pedirle a la luna o congelar un papel en el freezer nos acerquemos a cumplir nuestros sueños. Perdón, no soy tan romántica con estas cosas. Pero si estos rituales nos recuerdan que estamos deseando algo, entonces sí. Aquel vehículo, la voluntad y su fuerza, nos moverán. Y al movernos tendremos impacto de cambio en nuestras vidas.
Como dice Martha, podemos irnos o quedarnos para huir. Pero desear es parte de quienes somos, y nos llevamos a donde sea que vayamos. De la misma forma, nuestros deseos nos llevarán hacia algún lugar.