Cuando pensás en Internet, probablemente imaginás señales invisibles o fibras ópticas ultrarrápidas, pero el verdadero motor de la conectividad mundial es el cobre. Este metal no solo transporta datos en instalaciones locales, sino que es el encargado de suministrar la energía eléctrica necesaria para que los amplificadores submarinos mantengan viva la señal en trayectos de miles de kilómetros.
Rollos de cobre
La función vital del cobre bajo el océano
Casi todo el tráfico de datos del mundo viaja hoy por cables submarinos de fibra óptica. Lo que pocos saben es que estos cables llevan un conductor interno de este metal rojo para alimentar a los repetidores de señal.
Estos dispositivos amplifican los pulsos de luz cada 50 o 100 kilómetros de distancia. Sin la electricidad que transporta este material conductor, la información se perdería en la inmensidad del lecho marino antes de llegar a otro continente.
¿Hay alternativas para esta tecnología conductora?
El aluminio es una opción teórica por su menor peso, pero su conductividad es inferior a la del metal estrella. Para igualar la eficiencia energética necesaria en el fondo del mar, se necesitarían cables mucho más gruesos y difíciles de instalar.
Si bien el oro o la plata son excelentes conductores, su costo exorbitante los vuelve inviables para cubrir distancias de miles de kilómetros. Por este motivo, el metal tradicional sigue siendo el rey absoluto de la tecnología submarina, combinando eficiencia, durabilidad y una relación costo-beneficio que nadie ha podido superar.