Por Jaime Malet*
Por Jaime Malet*
Hace unos días tuve ocasión de participar en la reunión del World Economic Forum (WEF) en Buenos Aires y aproveché la semana para visitar a miembros de la Administración Macri y a empresarios. Vaya por delante que mi capacidad de análisis del país es limitada. Aún así, llevo años visitando Argentina bajo diferentes responsabilidades y atesoro un respetable elenco de experiencias previas, aparte de las capacidades que me vienen dadas del análisis de la economía de mi país (España) y de la del país cuyas empresas promociono desde hace tres lustros (Estados Unidos).
Mi modesta participación se centró en el Índice de Competitividad Global que publica anualmente el WEF y que mide la eficiencia de los países en la utilización de sus recursos y capacidades para proveer a sus habitantes de prosperidad. El WEF quiere incluir en dicho Índice nuevos elementos y ponderaciones que mejoren la medición del impacto de los drásticos cambios de la revolución digital en la competitividad de las naciones.
En 2016 encabezan el Índice, por este orden, Suiza, Singapur, EE.UU., Alemania, Holanda y Japón. Por su lado, Argentina, un país con enormes recursos naturales, un alto nivel de alfabetización y una base industrial potente, se encuentra en un desilusionante puesto 104 (sobre 142 países). ¿Qué puede hacer el Gobierno Macri para mejorar en este Índice?
Este observador externo constata que Mauricio Macri heredó a finales del año 2015 un país con una situación económica extraordinariamente complicada en todos los frentes: déficit fiscal de 5,7% del PIB; déficit creciente en la balanza de cuenta de pagos; inflación del 40%; cierre de los mercados internacionales de crédito; reservas de moneda extranjera en mínimos; moneda sobrevalorada; pérdida del autoabastecimiento energético, etc.

Y este observador también advierte que, no sin gran esfuerzo y desgaste político, se están llevando a cabo las políticas adecuadas de ortodoxia económica que deberían permitir estabilizar la economía a corto plazo: liberalización del mercado cambiario, fin del default tras un acuerdo con los holdouts, eliminación de barreras arancelarias y de retenciones a los exportadores, etc. A ello se le añaden medidas para mejorar la transparencia (incluyendo las estadísticas oficiales) y el refuerzo de las instituciones. Todas estas iniciativas han tenido un reflejo inmediato: suscripción completa de la masiva emisión de bonos de Abril del 2016, aumento de las reservas internacionales en un 50% y reducción de la inflación.
Aunque el crecimiento económico anunciado por todos los organismos internacionales está tardando en arrancar, mi percepción es que el país comenzará pronto un ciclo virtuoso gracias a la formación bruta de capital público (obras de infraestructura) y privado (inversión inmobiliaria gracias a la repatriación de capitales) y la recuperación del consumo interno. Salvo un derrumbe electoral de Macri en las elecciones legislativas de octubre, la economía pasará página pronto a unos años de desajustes.
Pero esa ortodoxia económica y refuerzo de las instituciones puede ser insuficiente para asegurar la competitividad a largo plazo. Como dije en mi panel, es muy difícil predecir la prosperidad a medio y largo plazo de los países en medio de este proceso de extrema automatización y conectividad al que se ha denominado 4ª Revolución Industrial. Lo relevante en los tiempos que vienen puede ser diferente a lo que ha sido relevante hasta ahora. Por ejemplo, el crecimiento económico basado en una sobreoferta de mano de obra puede ser poco importante en el futuro (¿porqué fabricar con mano de obra barata en Vietnam si puede fabricarse con robots que reclaman poco OPEX en California?).
En el índice de competitividad actual, Argentina está mal situada en prácticamente todos los frentes: instituciones (130), infraestructuras (85), entorno macroeconómico (130), salud (63), eficiencia en los mercados de bienes (135), eficiencia del mercado laboral (130), desarrollo mercado financiero (127), innovación (81), sofisticación en el mundo de los negocios (88).
Sin embargo, tiene algunos pocos puntos positivos para desarrollarse adecuadamente en la 4ª Revolución Industrial. En primer lugar, el país está relativamente bien posicionado en cuanto a educación superior (40), más en cuanto a la cantidad de estudiantes en los ciclos primario (13), secundario (29) y terciario (16) que en cuanto a la calidad de la educación (92). Por otro lado, la innovación orientada a la investigación científica también tiene muy buena nota (33), así como la penetración de Internet (50) y de su infraestructura fija (54) y móvil (46). Argentina también tiene un mercado suficientemente grande para asegurar su prosperidad (28).
Estos temas no son menores. Una vez el país haya estabilizado su situación macroeconómica debería reforzarse en educación, ciencia e infraestructura de red. En este nuevo mundo que viene, estos tres elementos van a tener enorme importancia. Si además flexibiliza su mercado laboral de forma que se facilite la adaptación al nuevo entorno, Argentina puede tener un brillante futuro más allá de su sempiterna potencialidad para liderar la producción alimentaria mundial.
De estos días en Argentina me llamó mucho la atención la preparación académica y experiencia empresarial de mis interlocutores públicos y privados, muchos de ellos retornando de vidas exitosas en el extranjero. Me pareció también que mis interlocutores eran flexibles en sus planteamientos y abiertos al cambio tecnológico, otro elemento importante para adaptarse a nuevas realidades e ir adaptando a las mismas el ordenamiento jurídico. Cuando un país logra que tanto talento retorne, y esta es la enseñanza de mi propio país en la década de los 80, aumentan extraordinariamente sus posibilidades de éxito. Fuente: Télam
*Jaime Malet Chairman AMCHAMSPAIN

