En los últimos doce meses, 16.000 kioscos de barrio bajaron sus persianas en Argentina, según la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA) y la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA). Este fenómeno implica que el universo de locales formales se redujo de 112.000 a 96.000. La combinación de menores ventas, altos costos fijos y la creciente competencia de actores informales y grandes cadenas configuraron un escenario límite para uno de los símbolos tradicionales del comercio de proximidad.
El kiosco en jaque: más que un cierre numérico
Para entender la magnitud del problema, resulta fundamental analizar al kiosco como unidad económica microestructural. Estos pequeños emprendimientos suelen operar con un margen bruto que oscila entre el 10% y el 15% sobre productos de consumo masivo (bebidas, golosinas, cigarrillos), mientras soportan costos fijos que representan, en muchos casos, entre el 25% y el 30% de su facturación bruta mensual. Alquileres, tarifas de luz y gas, impuestos municipales (ABL, tasa de higiene urbana) y aportes previsionales conforman una carga que, en un contexto inflacionario, erosiona cualquier rentabilidad posible.
Ernesto Acuña, vicepresidente de UKRA, subraya que “el kiosquero sufre doblemente: por un lado, la caída del consumo; y por otro, el aumento de costos que iguala o supera su facturación”.
Según NielsenIQ, el ticket promedio de compra en un kiosco cayó un 12% anual en 2024. Esto se explica, en parte, porque el consumidor –ante una pérdida de poder adquisitivo– aplica recortes en los llamados gastos de “placer” o “impulso” (alfajores, bebidas, golosinas), desplazando su gasto hacia marcas más económicas o directamente eliminando la compra.
Recesión y demanda: elasticidades bajo presión
En el escenario recesivo, los kioscos enfrentan la realidad de que su oferta principal está compuesta por bienes con elevada elasticidad precio-demanda. Un alza de precios empuja al consumidor a optar por alternativas más baratas o, directamente, a abstenerse de la compra. NielsenIQ reportó que, al cierre de 2024, las ventas de bebidas –que abarcan el 60% de la facturación promedio– cayeron un 17%; las golosinas se desplomaron un 23%; y las galletitas sufrieron una baja del 11%.
El efecto combinado de inflación e ingreso discrecional a la baja genera un punto de equilibrio inalcanzable para muchos kioscos: los volúmenes de venta necesarios para cubrir costos se estiran más allá de lo que el flujo de clientes permite. A cambio, las marcas alternativas de bajo costo ganan participación de mercado –hasta cuatro puntos porcentuales en bebidas– a costa de las primeras líneas, cuyos márgenes de ganancia son superiores pero ya no encuentran demanda.
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Más de 16.000 kioscos de barrio cerraron en toda la Argentina, mientras crecen los locales de cadenas.
La competencia de grandes cadenas y economías de escala
Mientras los kioscos independientes luchan por subsistir, las cadenas de proximidad (minimercados y supermercados de barrio pertenecientes a grupos económicos) se nutren de ventajas significativas ya que negocian compras por volumen, que les aseguran descuentos superiores en la compra mayorista de bebidas, golosinas y artículos de tocador, pueden ejercitar políticas de precios dinámicos, promociones y combos que el kiosco no puede ofrecer sin comprometer su margen y la diversificación de productos: desde alimentos preparados y perfumería básica hasta electrodomésticos de bajo costo o artículos de limpieza.
“La diferencia de escala entre una cadena y un kiosco es abismal”, explica María Pérez, analista de consumo de NielsenIQ. “Cuando un kiosco necesita comprar 50 cajas de gaseosa, la cadena pacta 5.000 cajas y obtiene descuentos del 20%.” Este poder de compra se traduce en precios de venta al público que, en muchos casos, resultan inaccesibles para el kiosco independiente.
Informalidad creciente y erosión de la base impositiva
En paralelo al cierre masivo de locales formales, la informalidad avanza. UKRA advirtió que cada vez son más frecuentes los puntos de venta sin inscripción fiscal: kioscos clandestinos, ventas desde ventanas domiciliarias y puestos improvisados en veredas. Esta modalidad no solo implica una fuga de recursos tributarios (IVA, Ingresos Brutos, monotributo), sino también una competencia desleal: al no trasladar impuestos ni cargas sociales a sus precios, estos locales pueden ofrecer productos hasta un 15% más baratos que un kiosco formal.
La proliferación de kioscos informales genera, además, riesgos sanitarios: la cadena de frío en bebidas no siempre se cumple; los productos de comercio rápido se exponen sin control de vencimientos; y la manipulación de alimentos puede poner en cuestión la salud pública. Para las autoridades, el dilema es complejo: si se endurece demasiado la fiscalización, la formalidad se desploma y la economía de cercanía queda aún más expuesta; si se relaja, la base impositiva se debilita y se atenta contra la equidad entre actores del mercado.
El rol estratégico del kiosco en la distribución de consumo masivo
Más allá de su aporte al tejido social, el kiosco cumple una función relevante en la última milla de la cadena de distribución ya que sirve de canal de prueba para lanzamientos de empresas: un energizante nuevo o un snack saludable se testea inicialmente en kioscos para medir la aceptación en un público urbano.
Los kioscos también actúan como termómetro regional: la ubicación en avenidas secundarias o cerca de paradas de transporte convierte al kiosco en indicador de la dinámica comercial de la zona, además son un potente generador de empleo local: aunque a menudo es un negocio unipersonal, suele haber entre uno y dos empleados directos, más proveedores informales (repartidores de mercadería).
Cuando un kiosco cierra, no solo se pierde un punto de venta: se crea un vacío en la oferta de proximidad, especialmente en barrios de menores recursos donde los supermercados están a kilómetros de distancia. En esos territorios, el cierre de un simple quiosco puede obligar a los vecinos a invertir tiempo y dinero en desplazarse, afectando su poder de compra efectivo.