El reciente reconocimiento otorgado por el gobierno de Italia a Beatriz Barbera opera como el corolario de un trayecto migratorio y empresarial que lleva más de siete décadas desarrollándose en la provincia de Mendoza.
Beatriz Barbera recibió la Stella D’Italia y revive la historia migratoria de su familia, pionera de la gastronomía italiana en Mendoza
El reciente reconocimiento otorgado por el gobierno de Italia a Beatriz Barbera opera como el corolario de un trayecto migratorio y empresarial que lleva más de siete décadas desarrollándose en la provincia de Mendoza.
La condecoración, Stella d'Italia, fue entregada por el embajador de Italia en la Argentina, Fabrizio Nicoletti, durante su reciente paso por la provincia en la Vendimia. La distinción se entrega tras un proceso administrativo gestionado a través del consulado local y el Ministerio de Asuntos Exteriores, el cual culminó con un decreto firmado por el presidente de la República Italiana.
Para Beatriz la distinción trasciende el mérito individual y se inscribe en un marco histórico más amplio; "Siento que es algo, no es algo personal, es algo colectivo", sostiene Barbera, quien interpreta el galardón como un gesto hacia los descendientes de inmigrantes radicados en el país. En su lectura, la mirada del Estado europeo hacia la diáspora constituye "un acto de solidaridad", sustentado en el hecho de que Argentina "ha sido verdaderamente un país que ha abierto los brazos y nos ha permitido fusionarnos y crecer juntos".
La interpretación de Barbera sobre este proceso migratorio carece de romanticismo y se centra en las condiciones materiales de la época. La empresaria subraya la precariedad de los desplazamientos de posguerra, marcados por la escasez tecnológica y la incertidumbre.
Según sus definiciones, los migrantes se embarcaban sin información geográfica precisa ni la capacidad de comunicación actual, impulsados por urgencias elementales: "Era verdaderamente venir con la esperanza de encontrar paz, trabajo y comida".
La cronología de la familia Barbera en el sector gastronómico mendocino ilustra este tránsito histórico. El relato sitúa los orígenes en noviembre de 1948, cuando la Nona Fernanda partió desde el puerto de Génova a bordo del navío de bandera panameña Santa Cruz. "Se sube a un barco con sus cuatro hijos, sin el esposo", que quedó en Italia.
El largo viaje hacia la esperanza también estuvo cargado de adversidad. Durante el trayecto, el hijo menor, de once años, falleció a causa de una peritonitis, agravada por lo que la Nona "bajó con tres hijos" al llegar a Buenos Aires.
Tras un breve paso por San Juan, motivado por la presencia de un familiar radicado allí desde 1914, la familia se instaló en Mendoza en 1949, atraída por la existencia de una nutrida comunidad de origen italiano.
En este nuevo escenario, adquirieron la Pensión Marín, un inmueble ubicado en la calle Patricias, cuyas reducidas instalaciones de cuatro habitaciones servían de alojamiento. En este espacio, Nona Fernanda comenzó a elaborar raciones de lasaña y ravioles. Esas primeras raciones para llevar o comer en un pequeño salón de la pensión, que funcionaba como improvisado restaurante, fueron las bases del emblema de la gastronomía italiana en Cuyo, La Marchigiana.
La consolidación de la estructura comercial se produjo mediante la integración de la segunda generación.
La dinámica entre los padres de Beatriz, Francesco Barbera y María Teresa, expone las lógicas de distribución de roles de la época. Francesco, un inmigrante siciliano que se desempeñaba como marmolista en la construcción del Correo Central de la ciudad, se convirtió en cliente habitual de la Nona y de una jovencísima María Teresa.
Beatriz recuerda que María Teresa desconfiaba que Francesco fuera italiano por su tez oscura, debido a la mixtura cultural del sur de Italia, hasta que un día le sirvió ella la comida y confirmó que era italiano, y nació un amor interminable.
María Teresa, desde la cocina y una voluntad de trabajo increíble, y Francesco, desde una administración prolija y sistemática, construyeron una parte fundamental de la gastronomía en Mendoza.
Las distinciones italianas no son novedad en las mujeres de la familia Barbera. María Teresa recibió el título de Cavaliere del Lavoro otorgado por el gobierno italiano, "Laburaba 12 a 13 horas por día y no había cómo sacarla", recuerda Beatriz, y cuenta que hoy, a los 91 años, María Teresa protesta porque: “Los chicos me echaron del restaurante”. Este cronista da fe de que es así.
María Teresa camina todos los días desde su casa hasta el restaurante Francesco y se queja de que no la dejan entrar a la cocina. Beatriz recuerda que su papá, a quien hoy homenajea el espacio gastronómico, “era tranquilo… Era un gran administrador”, cuya mesura lograba estabilizar el constante dinamismo de su esposa.
El análisis retrospectivo de aquellos años permite a Barbera reflexionar sobre la transformación de las relaciones laborales. Los métodos directos de instrucción y corrección utilizados por su madre en el pasado resultan incompatibles con los estándares contemporáneos, "Antes le decía a alguien, 'Che, mirá, esto no se hace así', y ahora es maltrato", observa la empresaria, concluyendo que "el mundo ha cambiado definitivamente" y exige nuevos enfoques en la gestión del personal.
El ingreso de Beatriz Barbera al mundo de la gastronomía no respondió a una sucesión lineal. Su formación académica y su desarrollo profesional inicial se gestaron en el ámbito deportivo.
Profesora de educación física y ex atleta con experiencia competitiva en Italia, su trayectoria incluyó un periodo de especialización en gestión institucional en la Escuela de Deportes de Roma, bajo la órbita del Comité Olímpico Nacional Italiano.
A su retorno al país, ocupó el cargo de Secretaria de Deportes en Mendoza y promovió la creación del Centro Argentino de Formación Deportiva “Ulises Barrera”.
Su incorporación a la empresa familiar se formalizó hace dos décadas, ante un pedido de colaboración de su madre y motivada por la necesidad de reagrupamiento familiar tras el fallecimiento de dos de sus hermanos.
Beatriz afirma que su etapa de deportista de alto rendimiento resultó directamente aplicable a la administración comercial: "El entrenamiento deportivo me ha enseñado mucho porque la única forma de mejorar en el deporte es observando cada vez más aquello que te puede faltar".
Desde una perspectiva sociológica y productiva, Barbera entiende el desarrollo de la gastronomía mendocina contemporánea como el resultado tangible de un proceso de asimilación cultural.
La adaptación de las técnicas culinarias europeas estuvo determinada por las condiciones geográficas locales. La empresaria detalla que el clima seco de la región optimiza el desarrollo de ingredientes centrales para la dieta mediterránea, reduciendo la necesidad de intervenciones sanitarias en los cultivos y concentrando sabores en frutas, hortalizas y aceite de oliva.
Esta disponibilidad de recursos locales generó alteraciones estructurales en los recetarios importados. Barbera enumera casos específicos de esta hibridación, como el uso del maíz regional para elaborar canelones o la adaptación de técnicas de cocción de caza. y ejemplifica con el “chivito al chardonnay”, una reformulación cuyana de la receta del conejo a la cazadora.
La premisa que estructura su análisis sectorial sostiene que: "Cuando hay una verdadera fusión, las culturas no compiten, las culturas se entrelazan. Cuando las culturas se entrelazan, las culturas crecen".
El diagnóstico que realiza sobre el estado actual de la industria del servicio revela una complejidad acorde a los tiempos, el modelo de negocio enfocado exclusivamente en la calidad de la cocina ha sido desplazado por un enfoque integral de la experiencia del usuario.
Barbera señala que "la gastronomía exige un esfuerzo enorme administrativo", involucrando variables de confort que determinan la viabilidad comercial de un proyecto, "Influye hasta el hecho de la silla donde estás sentado, el servicio, el ruido que hay en el local, cada vez son más factores", puntualiza, evidenciando el nivel de control exigido a la gerencia moderna.
Frente a la presión del mercado hacia las clasificaciones internacionales y la alta cocina, Beatriz mantiene una estrategia de posicionamiento inamovible para Francesco: preservar la gastronomía de matriz artesanal.
Ante la consulta sobre la posibilidad de perseguir certificaciones internacionales de prestigio, su respuesta delimita claramente el modelo: "A mí me dicen ¿vos querés tener estrellas Michelin? y la verdad que es otra cocina, es una cocina gourmet. Lo nuestro es tradicional".
Beatriz explica que la innovación está presente, pero manteniendo lo tradicional con la incorporación de propuestas como ravioles de cordero con masa de chocolate o ñoquis de pera, siempre ejecutadas sobre una base de procedimientos clásicos. Es como en el deporte: "Sos jugador de básquetbol y te entrenás e innovás… pero sos jugador de básquetbol y no sos jugador de vóley".
La defensa del trabajo artesanal
En esa línea destaca que, por ejemplo, se mantiene la elaboración manual de cada pasta, asumiendo conscientemente los costos productivos que esto conlleva; "Es una gastronomía artesanal que es muy posible que deje menos rentabilidad que la gastronomía en gran escala", admite, fundamentando que el consumidor especializado reconoce y valora estas diferenciaciones.
En su horizonte profesional, Beatriz Barbera articula la responsabilidad institucional con el traspaso de conocimientos operativos a las nuevas generaciones que ya gestionan otras unidades de la empresa, como las firmas Nipoti o Fratelli.
Su concepción del legado trasciende la rentabilidad económica y se orienta hacia una ética de la función empresarial y laboral. Una filosofía clara: “hacer las cosas cada día mejor de lo que te toca”, asegura, para “que seamos capaces siempre de dar un poco más”, un principio aplicable transversalmente a cualquier función dentro y fuera de la industria.
La distinción del gobierno de Italia es un reconocimiento al compromiso y un objetivo: conectar el presente con la dimensión migratoria que gestó el emprendimiento de la familia, abogando por un modelo de convivencia pacífica que honre a quienes, décadas atrás, cruzaron el océano para fundar la estructura sobre la cual hoy se sostiene la gastronomía regional.

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