Análisis económico

Profecías autocumplidas, profecías autodestruidas

Es frecuente que en materia de Economía, los expertos se aventuren a pronosticar lo que creen que va a suceder en el futuro. En realidad no es un capricho ni un afán de sentirse con capacidad de predecir el curso futuro de la historia, se trata en realidad de algo más terrenal, es una exigencia profesional: pronosticar es lo que la gente les pide. Interesa más saber lo que va a pasar que conocer lo que pasó, la prognosis se cotiza más que la diagnosis. Y tiene su lógica, los usuarios de los servicio profesionales de un economista toman sus decisiones mirando mucho más al futuro que al pasado, más aún en un mundo tan cambiante y con una dinámica tan poderosa como el actual, donde cada vez el futuro depende menos del pasado.

Por supuesto, todo pronóstico tiene un margen de error, no conocemos el futuro, sólo podemos atisbarlo desde una ventana que, habida cuenta de la velocidad de los cambios en nuestra sociedad y nuestra economía, es cada vez más pequeña y está más empañada. Las posibilidades de error entonces crecen y los pronósticos se equivocan con mayor asiduidad, pero aún así los economistas siguen intentándolo porque corren el riesgo de dejar de ser relevantes o útiles si no lo hacen.

Lo que no hay que perder nunca de vista es que tratándose de una ciencia social, en la cual el componente humano esencial y definitorio de los resultados finales, la misma prognosis en Economía tiene más posibilidades de influir en lo que suceda realmente que en las ciencias exactas, donde el principio de que "el observador modifica a lo observado" se encuentra en tela de juicio desde diversos ángulos. En Economía el pronosticador predice, el resto de los agentes involucrados tienen acceso al pronóstico (en la era digital y de las comunicaciones, mucho más) y actúan en consecuencia, llevando el pronostico hacia su cumplimiento (la profecía autocumplida) o su fracaso (la profecía autodestruida). En Economía, el pronosticador influye sobre los afectados por el pronóstico, más aún cuando el pronosticador goza de cierto prestigio y credibilidad.

Los ejemplos abundan, a nivel del día a día y también en el curso de los grandes movimientos de la historia política y económica.

Es muy sencillo dar ejemplos de profecía autocumplida en materia financiera: un experto pronostica que subirá el precio del dólar y, si tiene cierta confiabilidad entre quienes lo escuchan, todos se apresurarán a comprar dólares (antes de que suba), con lo cual efectivamente... su precio subirá. En materia de microeconomía, otro experto anuncia que escaseará un producto en los supermercados, la gente se apresura a comprarlo antes de que se agote... y entonces se agota con rapidez.

El análisis macroeconómico muestra también ejemplos de autocumplimiento. Un pronóstico sombrío sobre la economía que indique que puede caer el empleo llevará a los agentes a ser más cautelosos con sus pauta gasto/ahorro (disminuyendo el ratio), lo cual redundará en un debilitamiento de la demanda agregada, el consecuente debilitamiento de la demanda de trabajo y el enfriamiento del mercado laboral, con caída de salario y mayor desempleo.

Conciente o no, el experto que hace este tipo de predicciones pone en marcha mecanismos "de reacción" en los agentes económicos que llevan a su cumplimiento o a su fracaso. No resulta nunca inocuo. Y mientras más creíble, menos inocuo, tanto para el autocumplimiento como para la autodestrucción, según los agentes que reaccionan con mayor rapidez e intensidad sean lo que se ven beneficiados o perjudicados por el pronóstico.

En materia de profecía autodestruidas en la macrohistoria, tal vez la más célebre y relevante sea la marxista. Marx auguró hacia fines del siglo XIX que en la inminente e inevitable lucha de clases, el proletariado saldría triunfante frente a los capitalistas, llevando a la debacle al sistema imperante luego de la revolución industrial y dando paso a la era comunista. Pensó en una revolución que se extendiera por Europa (en realidad pensaba que se iniciaría en Alemania o Inglaterra, no en Rusia), abarcando al mundo industrial de la época y de allí avanzando hacia el mundo entero. Es más, en el Manifiesto Comunista instaba junto a Engels a los proletarios del mundo a unirse, más allá de las nacionalidades, para conseguir esa victoria. La revolución proletaria se instaló exitosamente en Rusia en 1917 pero luego tuvo serias dificultades para avanzar en el mundo, dando por tierra con la profecía del alemán que, a fines del siglo XX había quedado casi en el olvido.

¿Por qué ocurrió esto? ¿Acaso Marx era poco idóneo o mal pronosticador? No lo era. Todo lo contrario: con los elementos de juicio que tuvo a su alcance su predicción tenía mucho sentido en aquel momento y eso fue lo que conspiró contra ella. El grupo que él indicaba como perdedor reaccionó y tomó sus recaudos: consciente de la experiencia rusa, los capitalistas del mundo lenta y progresivamente fueron dando espacio a la clase obrera, tanto en la distribución del remanente económico como en la dirección de la política nacional. Una cabida limitada, pero cabida al fin, y esa "válvula de escape", administrada con cautela, evitó la explosión y la combustión del sistema... y preservó al capitalismo.

Cuando el fin de la primera guerra mundial y el tratado de Versalles parecían dividir al mundo, los facismos de Mussolini, Hitler, Primo de Riviera y Perón colocaron una valla al comunismo y lo reemplazaron por el nacionalismo: fogonearon la conciencia nacional, organizaron las clases sociales, construyeron un corporativismo puertas adentro de cada país que impidió que los "proletarios del mundo" se unieran y llegaran a un acuerdo internacional para enfrentar y vencer a los "capitalistas del mundo". Más tarde, cuando la recesión de los años 30 amenazaba con dar el crédito a la profecía marxista, Keynes encontró la solución ... dentro del esquema capitalista, sin encumbrar al proletariado, ni estatizar medios de producción ni abolir la propiedad privada.

Marx hizo su profecía sin contemplar que al formularla, ponía en marcha los mecanismos "de reacción" para destruirla. Alertaba a los potenciales perdedores, que fueron los primeros que se interesaron en leer su obra. Si ante el pronóstico de Marx hubieran sido las clases proletarias las que se organizaran con rapidez y, tal como lo pedía el Manifiesto, se hubieran unido, tal vez otra hubiera sido la historia.

Autocumplidas o autodestruidas, lo cierto en que en Economía, ningún pronóstico se hace en el vacío, siempre le llega a oídos del interesado, sea ganador o perdedor real o potencial (¿tendría sentido un pronóstico que no llegara a oídos de nadie?). Y así pone en marcha el mecanismo de reacción. Así entramos en un "loop", un círculo concéntrico o excéntrico, pero círculo al fin. El pronosticador, si es idóneo, debería incorporar en su pronóstico tales reacciones, debería predecirlas, y así ajustar su pronóstico. Sin embargo, nada obsta para que el "pronóstico ajustado" genere nuevas reacciones al llegar a los oídos de los afectados...

Porque es precisamente para eso se le piden pronósticos a los economistas: para poder reaccionar lo antes posible y posicionarse correctamente ante lo bueno o malo que pueda venir. En la inquietud por el pronóstico subyace la necesidad de reaccionar a tiempo, si es posible antes que los demás, para aprovechar mejor una "ola buena" o cubrirse de una "ola mala". Que al final del día la profecia se cumpla o se destruya dependerá de quién reaccione antes, el potencial perdedor o ganador. Pero este "loop", a menudo también puede pronosticarse.

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