Dos Argentinas: el auge de Vaca Muerta contrasta con la crisis de la industria nacional
Mientras Vaca Muerta y minería impulsan el crecimiento, la industria, el comercio y el empleo formal enfrentan una retracción que profundiza la desigualdad.
Dos argentinas conviven. Una con Vaca Muerta como tractor y otra industrial en crisis
Mientras la atención pública se concentra en los récords de exportación y el potencial energético de Vaca Muerta, el entramado productivo argentino atraviesa un escenario de profunda retracción. El país transita a dos velocidades distintas, una convivencia de "dos Argentinas": una vinculada a los recursos naturales y las finanzas, que crece a un ritmo acelerado, y otra, anclada en la economía real, que sufre las consecuencias de la caída del consumo y la pérdida de empleo formal. Ante esta disyuntiva, surge un debate crucial sobre la viabilidad de un modelo que contrapone la importación de bienes de consumo baratos con la supervivencia de la manufactura nacional.
El motor de la integración social
Para comprender la magnitud del desafío, resulta imperativo abandonar la subestimación de las capacidades productivas locales. La República Argentina cuenta con un ecosistema compuesto por unas 50.000 empresas industriales que emplean a más de un millón de trabajadores en sectores de alta complejidad, desde la biotecnología y la industria farmacéutica hasta la metalmecánica y el desarrollo de software. Esta matriz productiva, que excede la visión tradicional de la fábrica manufacturera para abarcar también los servicios de valor agregado, representa la piedra angular de la movilidad social ascendente. La ecuación es directa: para una nación de casi 50 millones de habitantes, ubicada en el sur del globo, prescindir del ecosistema industrial equivale a renunciar a su clase media.
El deterioro del tejido industrial
La historia económica nacional de las últimas cinco décadas, atravesada por recurrentes crisis macroeconómicas, dejó como saldo la desaparición de casi el 40 % del tejido industrial. En la coyuntura actual, la contracción del mercado interno impacta negativamente en el comercio minorista y en los servicios profesionales vinculados a la industria, empujando a los trabajadores hacia una informalidad laboral que avanza sobre el sector formal con una voracidad inédita. Esta degradación de los ingresos, si bien evita que la población se quede sin ningún sustento económico de forma inmediata, constituye una pésima noticia para la sostenibilidad y el nivel de vida de la clase media tradicional.
Minería y Vaca Muerta los tractores de una economía que no derrama
El tablero global y la ilusión del libre comercio
A las complejidades domésticas se suma un contexto internacional profundamente disruptivo. La narrativa que promueve el reemplazo de la producción local por importaciones asiáticas de bajo costo choca de frente con la actual realidad geopolítica. Hoy, las potencias occidentales y China libran una guerra tecnológica y productiva, exacerbada por la pandemia y por conflictos bélicos que mantienen en tensión las cadenas de suministro.
Frente a la vulnerabilidad del comercio internacional, que de un momento a otro puede encarecer los fletes logísticos ante cualquier imprevisto en Medio Oriente, el mundo occidental ha comenzado a blindar sus activos productivos. El mercado global está lejos de ser un escenario transparente. Informes recientes de la OCDE demuestran que gran parte de los mercados internacionales ganados por grandes corporaciones no responden a ventajas genuinas de innovación tecnológica o eficiencia, sino a la inyección directa de subsidios estatales, que en regiones como China alcanzan niveles cercanos al 60 %, distorsionando artificialmente los precios globales.
La otra cara. Una industria con capacidad instalada ociosa en crecimiento
La paradoja de las grandes inversiones y los proveedores locales
En el plano nacional, las políticas de estabilización macroeconómica y atracción de divisas encuentran su mayor expresión en el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Si bien la llegada de capitales para la explotación primaria aporta robustez financiera a las cuentas del Estado, el derrame hacia el resto de la economía presenta severas limitaciones estructurales.
Existe una asimetría alarmante entre las facilidades otorgadas a las nuevas inversiones y la realidad asfixiante que atraviesa la cadena de valor nacional. Un dato del sector ilustra esta paradoja con nitidez: los proveedores locales de equipos y servicios para la minería y el sector petrolero, rubros que hoy experimentan un auge, registran caídas en su nivel de actividad de casi el 6 % interanual y operan con amplia capacidad ociosa.
Esta situación responde a que las empresas proveedoras argentinas deben tributar y financiarse bajo las reglas de un sistema oneroso, mientras que los grandes proyectos pueden importar insumos fuertemente subsidiados desde Asia con enormes facilidades. Para que los recursos naturales traccionen el desarrollo, se requiere una política activa equivalente a un régimen especial enfocado en las pymes metalúrgicas y los proveedores de servicios, que les permita integrarse competitivamente a estos proyectos millonarios.
Simultáneamente, la viabilidad de cualquier polo productivo choca contra el crónico déficit en infraestructura. Rutas nacionales severamente deterioradas y una logística que encarece los fletes internos marginan a la producción nacional de los mercados. La misma pericia financiera que se aplica para apalancar deuda o conseguir avales internacionales debería destinarse creativamente a financiar trenes y caminos.
El desafío de la licencia social
El gran reto del sistema político es diseñar los instrumentos necesarios para reconectar la economía de exportación con la economía de la calle. El ordenamiento macroeconómico resulta insuficiente si no va acompañado de medidas microeconómicas enfocadas en recuperar el empleo formal y en poner en movimiento la maquinaria productiva y comercial.
En un contexto global orientado hacia la sustentabilidad y el valor agregado, la Argentina no puede resignarse al horizonte de una economía primaria con niveles de informalidad estructural cercanos al 70 %. Los grandes desarrollos extractivos precisan imperativamente generar una red de empleo de calidad para obtener la licencia social que garantice su continuidad operativa a lo largo del tiempo. Solo mediante una agenda que integre el potencial de los recursos naturales con el capital tecnológico de la industria se podrá asegurar un modelo económico en el cual haya lugar para todos.