Si se observa la superficie de las cifras macroeconómicas con las que cerró el año 2025, podría caerse en la tentación de celebrar una aparente estabilidad: las reservas en dólares del Banco Central de la República Argentina aumentaron y el sector agroexportador mostró una notable recuperación.
Sin embargo, una lectura pormenorizada del último Informe de Balance Cambiario del Banco Central, analizado recientemente por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), muestra una realidad distinta y más inquietante para la economía bimonetaria argentina, que depende permanentemente del dólar y de la eterna restricción externa.
La arquitectura financiera del último año se basó sobre una premisa insostenible a largo plazo: un endeudamiento acelerado que, lejos de volcarse a la inversión productiva, financió la salida de capitales más elevada del siglo y un déficit turístico que no se veía desde la crisis de 2017.
El dato más elocuente que arroja el informe es el retorno al terreno negativo de la Cuenta Corriente cambiaria. El 2025 culminó con un déficit acumulado de 2.223 millones de dólares, una tendencia que se agravó en el último trimestre, registrando en diciembre su tercer mes consecutivo en rojo, por 1.565 millones de dólares. El dato es que el deterioro ocurre a pesar de que la balanza de bienes (importaciones versus exportaciones) fue superavitaria. La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo puede un país con superávit comercial terminar el año con déficit de cuenta corriente?
Servicios, rentas y drenaje de divisas
La respuesta se encuentra en la composición de la salida de divisas. El superávit comercial, que excluyendo septiembre (mes de la amnistía de retenciones) acumuló 12.259 millones de dólares, se evaporó casi en su totalidad por dos canaletas de drenaje financiero: los servicios y las rentas.
Específicamente, el déficit de la balanza turística alcanzó la alarmante cifra de 10.052 millones de dólares en el año, el nivel más alto desde 2017. A esto se sumó la carga de la deuda, con pagos de intereses que demandaron otros 10.211 millones de dólares.
Si se amplía la mirada al período acumulado desde diciembre de 2023, la estadística es aún más preocupante: el pago de intereses y el turismo consumieron el 93% del saldo comercial de bienes generado por la economía argentina. Dicho de otro modo, el esfuerzo productivo del complejo exportador fue absorbido casi íntegramente por los compromisos de deuda y el financiamiento del turismo emisivo.
balance cambiario
El balance cambiario del Central del 2025 confirma que todos los dólares que ingresaron por exportaciones se fueron por fuga y turismo
La fiebre del atesoramiento
No obstante, el fenómeno más disruptivo del 2025 no fue el turismo, sino la voracidad del sector privado por la dolarización de portafolios, eufemísticamente denominada Formación de Activos Externos (FAE). Durante el último año, la FAE demandó 32.340 millones de dólares, marcando el registro más elevado de lo que va del siglo XXI.
La dinámica de diciembre, a pesar del triunfo libertario y la supuesta tranquilidad que traía, ilustra la masividad del comportamiento: 1,5 millones de personas humanas acudieron al mercado para comprar billetes, demandando 2.186 millones de dólares en un solo mes. Este comportamiento de los ahorristas y grandes inversores generó una situación paradójica respecto al sector que tradicionalmente provee las divisas genuinas del país.
El complejo oleaginoso y cerealero tuvo un desempeño robusto, liquidando 31.323 millones de dólares en 2025, lo que representa un incremento del 48% respecto al año anterior. Sin embargo, la totalidad de esos dólares generados por el campo fue, en términos contables, absorbida por la demanda de las personas humanas, que acumuló compras por 38.806 millones de dólares en el mismo período.
La economía argentina operó, en la práctica, como una puerta giratoria de dólares: las divisas ingresaron por las exportaciones primarias y salieron inmediatamente hacia el atesoramiento privado, sin tocar el tejido productivo industrial. Prueba de ello es que la Inversión Extranjera Directa (IED) no repuntó, cerrando el año con un saldo negativo de 1.281 millones de dólares.
La morfina del endeudamiento
Ante semejante sangría de recursos -turismo, intereses y fuga de capitales-, la única variable que explica por qué el sistema no colapsó y, por el contrario, las reservas brutas mostraron un incremento de 9.263 millones de dólares, es el endeudamiento externo.
La Cuenta Financiera fue el contrapeso artificial de la balanza. El endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI) aportó 14.469 millones de dólares, mientras que la deuda privada sumó otros 15.409 millones. Adicionalmente, los préstamos de otros Organismos Internacionales inyectaron 6.001 millones de dólares, monto que apenas alcanzó para cubrir la salida por IED y la intervención del Banco Central en la brecha cambiaria.
La relación entre los desembolsos del FMI y la fuga de capitales expone la ineficiencia del esquema para retener valor. Si se analiza el período de abril a diciembre de 2025, la Formación de Activos Externos acumuló 32.871 millones de dólares. En contraste, los desembolsos del programa de Facilidades Extendidas del FMI totalizaron 14.469 millones en el mismo lapso.
La conclusión no solo es aritmética sino también política: la fuga de capitales de los últimos siete meses representó el 227% del dinero que el FMI prestó al país. Por cada dólar que ingresó desde Washington para estabilizar la economía, más de dos dólares se fugaron del sistema financiero local hacia el exterior o al colchón.
Un modelo que profundiza los desequilibrios
El cierre del balance cambiario de 2025 deja una fotografía de alta resolución sobre los desequilibrios estructurales de la economía nacional y muestra que, a pesar del discurso, el gobierno de Javier Milei no logra revertirlos sino que los profundiza. Se ha logrado una acumulación de reservas y una pax cambiaria precaria, pero el costo ha sido un endeudamiento vertiginoso utilizado para financiar gastos corrientes en el exterior y ahorro en moneda dura.
Con una cuenta corriente deficitaria y una dependencia absoluta de los flujos financieros para cerrar los números, el escenario para este año plantea interrogantes urgentes sobre la sustentabilidad de un modelo donde la producción financia, en última instancia, su propia fuga.