Arrancó el 2026. Y como pasa con cada cambio de calendario, vuelve la fantasía de la hoja en blanco: todo parece posible. Nuevos hábitos, proyectos por empezar, objetivos por cumplir y la esperanza, siempre persistente, de que este año sí será distinto.
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¿Qué podemos esperar del año 2026 en términos de IA?
El 2026 llega con una IA que dejará de ocupar los principales titulares para convertirse en parte clave del ecosistema. Más integrada, barata y omnipresente.
Hay algo particular en estos primeros días. Una sensación de reinicio que se activa, incluso antes de haber tomado esas vacaciones tan necesarias. Es como si el simple hecho de cambiar un número en el calendario nos habilitara a volver a intentarlo.
Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué podemos esperar de este nuevo año?
Los balances empiezan a circular, los reportes se acumulan y, entre líneas, se insinúan posibles escenarios. La última semana dejó una señal clara: el 2026 arranca con una inteligencia artificial menos espectacular y más concreta. Menos fuegos artificiales y más foco en regulación, eficiencia e impacto real. Tal como anticipábamos pensando en lo que dejó el 2025, la IA comienza a volverse —de a poco— invisible.
En este primer tramo del año, me gustaría compartir algunas tendencias que podrían marcar el pulso del 2026. Algunas son más obvias; otras, apenas insinuadas. No se trata de hacer futurología ni de jugar a adivinar el mañana, sino de entrenar la caza de señales de futuro. Empecemos…
Nuevos récords y más innovación
La IA se puede invisibilizar, pero parar, no para. La tendencia exponencial es evidente y solo se pueden esperar modelos más potentes. La idea que los métodos de entrenamiento de la IA tocarían techo no estaría siendo respaldada por la realidad. De hecho, se han encontrado nuevos métodos muy prometedores, incluso cuando el que nos trajo hasta acá no permita generar nuevos logros.
De todos modos, los nuevos récords ya se encuentran tan lejos del uso cotidiano, que más inteligencia y más potencia ya no genera asombro ni una mejora significativa en la experiencia de los usuarios. Así que las mejoras reales que podemos esperar serán en su capacidad de memoria, la ventana de contexto y principalmente la continuidad real de una tarea en el tiempo. Esto permitirá interacciones más ricas, útiles y profundas, acercando la IA a todo su potencial como verdadero asistente cognitivo.
Así, la innovación deberá dejar de medirse solo por potencia y pasará a expresarse en récords de adopción, eficiencia y velocidad de implementación. Además, los modelos de lenguaje deberán pasar la posta a modelos de mundo (tema que abarcaremos en otro espacio). En sí, en 2026 veremos más hitos operativos que lanzamientos épicos.
Más eficiencia, menos costos
Hay razones técnicas y de infraestructura que permiten que la IA se vuelva de a poco invisible. Cuando más potencia no hace la diferencia, otros aspectos se vuelven más relevantes. Así se pasa de la escala a la eficiencia: menos foco en “modelos más grandes” y más en costos, accesibilidad y eficiencia.
Hacia fines del año pasado hemos visto en auge los pequeños modelos de IA. La intención es hacer cada vez más con menos. Esta jugada maestra busca seguir la tendencia de modelos cada vez más potentes, pero con foco en los pequeños usos cotidianos. La IA resulta cada vez más barata y permite utilizar infraestructura más accesible al común de las personas.
Hoy necesitamos la mitad de dinero para comprar una computadora doméstica que permita correr modelos de IA y hacer entre cuatro y cinco veces lo que podía hacer el año pasado.
En esta cruzada, la gran referente es China. Sus modelos cierran paulatina la brecha de capacidad con los modelos norteamericanos, pero a un precio realmente inferior (hasta diez veces en ocasiones). Justamente el 2026 —al igual que el 2025— inició con un nuevo sprint de novedades desde Oriente.
Como se suele decir, el costo de inferencia sigue (y seguirá) cayendo, y el diferencial competitivo se encuentra más sobre los profesionales y las empresas que la saben integrar mejor y no quien pueda pagar más. En 2026, la excusa económica deja de ser válida.
La IA integrada en todos lados
El 2025 marcó una pauta clara, dejó de ser experimental y se volvió útil y cercana. Los casos de uso reales fueron el foco y lograron integrarse de a poco en los usos de la vida cotidiana. Este año, se volverá la norma, el nuevo estándar. La IA pasa a ser como infraestructura básica para muchos procesos y tareas.
Con potencia en ascenso y precios cada vez más accesibles, la IA estará en todos lados. Tanto que la daremos por evidente. Como hemos dicho, la IA se volverá invisible: estará embebida en plataformas, herramientas y flujos cotidianos. En 2026, dejaremos de notar cuando “estamos usando IA”, porque no notaremos la diferencia. La IA no será un extra, sino parte del kit básico del trabajo y la vida digital.
Cambios en los modos del trabajo
Por un lado, nos encontramos en la fase donde la IA deja de ser nuestro asistente para convertirse en nuestro compañero de trabajo: los agentes de IA comenzaron a ocupar un puesto en los organigramas laborales con nombres propios y tareas asignadas.
Lo siguiente es el paso de agentes aislados a sistemas de IA orquestados (súper agentes), capaces de coordinar múltiples tareas, herramientas y decisiones. No será una IA “haciendo cosas”, sino arquitecturas completas de trabajo autónomo supervisado, integradas al flujo organizacional. La colaboración humano-máquina resulta esencial, y la inteligencia híbrida la clave para comprenderlo.
Por otro lado, mientras la IA se integra cada vez más en los flujos de trabajo, se estila una modalidad de trabajo por vibras o sensaciones. Siendo el coding la primera labor alcanzada, donde programar ha dejado de ser exclusivamente escribir código, el “vibe-toding” (crear TODO a partir de ideas, intenciones o descripciones en lenguaje natural) se consolidará como estándar.
Por supuesto, entre usarla y usarla bien hay una brecha inmensa. LA IA puede potenciar la creatividad y la eficiencia a nuevos límites, aunque puede también llevarnos a la pereza total. Hay que recordar que en pos de no crecer la deuda cognitiva, será importante forzarnos a momentos solo-cerebro. Habrá un criterio profesional para elegir las tareas que requieran IA y cuáles requieren dejarla de lado. La primera regulación es siempre personal.
Menos brecha técnica, más liderazgo
Como ha pasado con otras herramientas (siempre recuerdo Excel como referencia), una vez que sabemos una base de su uso, la diferencia viene de otro lado: podés profundizar en nuevas funciones o ser creativo en su uso. La creatividad, la adaptación y el aprendizaje continuo serán esenciales para este nuevo mundo.
Los humanos seguiremos siendo esenciales, pero los roles y los números cambian. Una sola persona será capaz de realizar cada vez más trabajo y resolver más problemas. Eso lleva a que cada vez se necesiten menos personas en puestos permanentes. Esto transforma la matriz del empleo como lo conocemos. Los despidos y la amenaza por la pérdida de relevancia de ciertos empleos es una realidad; y afecta fundamentalmente a los puestos junior y a los más jóvenes.
Asimismo, aquellas empresas que no apostaron por el desarrollo de sus equipos y apuntaron a un recorte masivo se muestran arrepentidas. El Forrester indicó que el 55% de los empleadores que reemplazaron trabajadores por IA lamentan esa decisión. Sí, redujeron costos, pero perdieron calidad de servicio y de satisfacción en sus clientes. Como siempre, y una vez más, cuidar el valor de la marca, no perder la misión y la visión son ejes clave.
Desde el punto de vista de las empresas y organizaciones, se deja de “sumar IA” a los procesos y tareas, para empezar a diseñar desde cero con la lógica de la IA. Esto requiere una mirada integrativa del potencial tecnológico y las ideas y necesidades humanas llevadas a un nuevo nivel. La pregunta ya no será “¿dónde ponemos IA?”, sino “¿cómo se vería este proceso si la IA fuera el punto de partida?”.
El liderazgo de la IA lo es (casi) todo. Los profesionales y los altos mandos deben apostar a una comprensión profunda de su verdadero impacto en las organizaciones y en sus clientes y olvidarse de una vez por todas del “AI-Washing” (lavado de imagen por implementar IA) de los años anteriores. La preparación de los liderazgos no solo es clave para el negocio, es ética.
Nuevas problemáticas, nueva gobernanza
Creo que este sí será el año clave para la gobernanza (y lo digo a riesgo de realmente equivocarme). La legislación local e internacional de la IA no puede esperar más. Hemos visto algunos marcos generales, como el europeo, que apunta a influir directamente en cómo se entrenan y despliegan los modelos de IA. Sin embargo, hay problemáticas de lo cotidiano que resultan cada vez más evidentes de la mano de la tecnología emocional y persuasiva. La IA se invisibiliza y esto puede agravar la situación.
China ha tomado la iniciativa para comenzar a regular este tipo de usos problemáticos, aunque ya existen algunas otras regulaciones en curso (como en los estados de Nevada y Utah, en EEUU). También podría ser el año donde los terapeutas de IA podrían volverse ilegales.
La IA se vuelve cada vez más hábil para interpretar, modular y responder a estados emocionales humanos. También para influir en ellos. Esto abre oportunidades en educación, salud y atención, pero también para la manipulación y atentar contra nuestras vulnerabilidades. En 2026, la alfabetización emocional sigue siendo fundamental, pero no alcanza. Es importante avanzar con un marco regulatorio que defienda las vulnerabilidades idiosincráticas de lo humano frente a los avances de ciertas mega corporaciones.
Además, la apuesta por programas de alfabetización en IA y habilidades digitales resulta clave de seguir expandiendo para angostar las brechas que persisten en torno al acceso y uso de estas herramientas. Según el Stanford Index 2025, dos tercios de los países ahora ofrecen o planean ofrecer educación en ciencias de la computación en el nivel primario. Algunos países han avanzado fuertemente en esta dirección, mientras que otros apenas se han involucrado.
Quizá el verdadero desafío del 2026 no sea correr detrás de cada novedad, sino aprender a convivir con una tecnología esencial que ya no grita, pero que lo atraviesa todo.
La inteligencia artificial dejó de ser promesa para convertirse en el contexto de nuestra era, y eso nos obliga a algo más incómodo que aprender a usarla: decidir cómo queremos vivir con ella. Entre la eficiencia y el sentido, entre la automatización y el criterio, entre la delegación y la responsabilidad, se juega una pregunta central que no puede responder ninguna máquina. Y solo será respondida con acciones.
En un año donde la IA se vuelve invisible, lo que no puede volverse invisible es nuestra capacidad de elegir. Y, quizás, ahí esté la verdadera señal de futuro.
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