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Regresar a la provincia: la odisea de pasar por "el otro país" que es San Luis

"San Luis, otro país". El famoso eslogan de la vecina provincia llegó a puntos límites durante el fin de semana en el que el Gobierno de la Nación otorgó permisos excepcionales para que pudiesen regresar a sus domicilios todos los argentinos que habían quedado varados en algún otro lugar del país cuando comenzó el aislamiento social, preventivo y obligatorio, un mes atrás. Ese eslogan caló tan hondo en el imaginario puntano que realmente creyeron ser otro país. Aunque no todo lo que brilla es oro.

El trámite era una oportunidad única para muchos, ya que el regreso del transporte de larga distancia y de vuelos de cabotaje es aún incierto. Quienes tenían sus propios vehículos o algún familiar que pudiese ir a buscarlos, aprovecharon la chance casi sin dudarlo. El primer obstáculo que se presentó fue tramitar el permiso, la página estuvo caída durante horas ante la enorme demanda que tuvo, pero hubo quienes lograron sacarlo.

Para salir de Mendoza hacia otras provincias como Santa Fe, Buenos Aires o Córdoba en búsqueda del rescate del familiar varado, la única opción era la de tomar la Ruta 7. Todo el viaje, pese que podía tener miles de kilómetros para recorrer en auto, debía ser rápido ya que el certificado que emitía la Nación tenía una validez de 48 horas: el desafío era manejar durante horas, descansar unas pocas, y volver al volante lo más rápido posible.

En Mendoza, el primer límite sobre la ruta estaba en Desaguadero donde las autoridades pedían los permisos correspondientes nacionales y datos de los ocupantes de los vehículos. Lo correspondiente de rigor. Además, la barrera del peaje estaba levantada, como lo indica una orden nacional.

Al cruzar a San Luis, unos pocos policías puntanos llenaban una declaración jurada con los datos de los conductores y daban aviso de que la modalidad adoptada por la vecina provincia era la de escoltar a los vehículos con un auto policial por toda la ruta hasta que salieran de la provincia, de manera tal de asegurarse de que nadie ingresara a ninguna localidad.

Ignacio, que salió de Mendoza a las 6 de la mañana, llegó cerca de las 8 a San Luis y de allí fue escoltado hasta salir de la provincia. "Todo eso es muy tedioso y mal organizado. Íbamos unos 20 autos y van por etapas, la caravana iba medianamente rápida pero es muy jodido, yo tenía que ir hasta Rafaela y manejé cerca de 1600 km en dos días", comentó.

Peor suerte corrieron los autos que llegaron después. La desorganización del operativo puntano se hacía cada vez más aguda y la medida especial de "el otro país", comenzaba a descascararse. El próximo turno de salida fue pasadas las 10 de la mañana cuando ya unos 35 autos esperaban para poder seguir viaje. "No podemos poner una patrulla para cinco autos nada más, no hay tantas y el bolsillo no alcanza", confesó un funcionario del gobierno.

El viaje en postas consistía en que en las entradas de cada pueblo, los policías cambiaban y seguía uno de esa localidad hasta la próxima. Casi a paso de hombre, al llegar a una de las localidades, cerca de las 13, la caravana de las 10 paró para esperar el cambio de posta.

Una hora después, los autos seguían parados, las personas abajo de los vehículos, bajo el sol, sin poder siquiera ir a un baño cerca. ¿Cuál era el fin de tener a tantas personas juntas con el peligro de posibles contagios que eso implicaba? Nadie podía explicarlo, quizás la respuesta era, precisamente, que pese a haber puesto un "operativo especial", no tenían ni los recursos ni la organización para llevarlo a cabo. Los policías puntanos, de hecho, usaban barbijos de forma aleatoria, algunos tenían, otros no. Las medidas de protección de los oficiales eran rudimentarias frente a lo "distinto" que se quería mostrar.

Pasó otra hora y esta caravana seguía parada, pero cada vez más autos se sumaban más autos para alcanzarla y llevar a más personas hasta el final de la provincia. Los peajes, por supuesto, en San Luis sí se cobraban porque en este otro país las medidas nacionales no son más importantes que las locales.

Cuando pasó otra media hora más, y más autos llegaban, y ya todo parecía indicar que los varados iban a llegar a las tres horas de espera, los ánimos empezaron a caldearse. Algunos decidieron cortarle la ruta a los camiones, que sí podían transitar sin problemas, como forma de manifestarse.

Otros, se subieron a sus autos, volvieron a la ruta y pasaron al único policía de a pie que habían dejado para custodiar a cerca de 80 autos. A ese auto que encaró lo siguieron todos. La caravana, hastiada de la espera sin sentido, tomó la ruta y se fue. El operativo sin recursos ni organización terminó de descascararse: no había oficiales suficientes para contener a tantas personas.

Todos los autos salieron de San Luis aunque tuvieron que pagar, no antes de abandonar tierras puntanas, un último peaje.

Ya en las otras provincias los controles tenían un poco menos de tanto color y de más sentido común. "En el límite de Córdoba y Rafaela me paró un puesto y me pidieron el permiso. Te piden el permiso, lo miran, en algunos puestos te piden los DNI y en otros no. Yo lleve fotocopias de DNI de mis padres, me fui bien armado y no tuve cero problemas. Había muchos retenes pero el proceso era rápido", comenta Ignacio.

En San Luis, fueron muchos los que tuvieron que perder invaluables horas en su viaje. Un dejo de esperanza podía hacer pensar que un día después, ya cuando muchos estuvieran volviendo, la organización podría haber mejorado. Pero no.

"A la vuelta fue bastante complicado, en San Luis se puso complicado, a cada auto que pasaba por el límite y entraba a la provincia que iba con destino a Mendoza le tomaban algunos datos y le decían ‘dale arrancá porque la caravana ya salió', y ahí se junta gente y se te junta el tiempo que tenés para llegar, que ya es de noche, tenía a mis viejos que ya están cansados. En San Luis perdí horas, tenía que llegar a Mendoza de día y llegué a la noche", agregó Ignacio sobre su experiencia.



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