El mercado de las bebidas alcohólicas y los destilados atraviesa una etapa de madurez en la que el consumidor ya no se deja seducir únicamente por la novedad, sino que exige calidad verificable, trazabilidad y consistencia en el producto final. En este contexto, lo que comenzó como una tendencia asociada al auge de nuevas marcas artesanales, hoy se consolida como una industria profesionalizada, con estándares técnicos rigurosos y una fuerte revalorización de las tradiciones.
En Mendoza, este proceso adquiere características propias. La combinación entre conocimiento enológico y diversidad botánica configura un ecosistema productivo único, donde los destilados y aperitivos encuentran condiciones óptimas para su desarrollo. Un caso representativo es Casa Tapaus en Lujan de Cuyo, que bajo la dirección técnica de la especialista Mónica Rodríguez refleja el avance hacia esquemas productivos basados en la seguridad alimentaria, la experimentación y la identidad territorial.
Destilados, un cambio cultural que sostiene la demanda
Lejos de tratarse de un fenómeno pasajero, el crecimiento del sector responde a un cambio cultural profundo en los hábitos de consumo. La recuperación de recetas, técnicas y saberes heredados de generaciones anteriores forma parte de una tendencia que prioriza lo auténtico.
Según Rodríguez, esta evolución no puede interpretarse como una moda: implica una revalorización del legado productivo, en el que los consumidores reconocen y demandan productos con historia y anclaje territorial.
Sin embargo, este proceso tiene una condición indispensable: la inocuidad del producto. En la elaboración de bebidas espirituosas, la selección del alcohol base resulta determinante. La utilización de insumos aptos, libres de metanol y con características neutras, no solo garantiza la seguridad, sino que permite trabajar con precisión sobre los perfiles aromáticos.
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Mónica Rodríguez, enóloga y maestra en destilados recibida en Italia
Regulación, trazabilidad e identidad como ejes de diferenciación
Una vez superadas las exigencias regulatorias (como el Registro Nacional de Productos Alimenticios (RNPA) y los controles del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) y la ARCA) la competencia se traslada al terreno de la diferenciación sensorial y la identidad regional.
En este punto, la estrategia de Casa Tapaus se centra en el uso de botánicos con trazabilidad documentada, cultivados en el Valle de Uco. Esta decisión no solo garantiza calidad, sino que permite trasladar al producto final las características del entorno.
Hierbas como el tomillo, que encuentran en zonas como Potrerillos condiciones óptimas de desarrollo, se convierten en componentes clave para construir un perfil distintivo. El objetivo es claro: evitar la estandarización global y avanzar hacia una propuesta con impronta local, capaz de posicionarse en el mercado a partir de su autenticidad.
La sinergia con la industria vitivinícola como ventaja estructural
Uno de los factores diferenciales de Mendoza es su integración con la industria del vino. En este caso, la articulación productiva permite desarrollar destilados vínicos con control total del proceso, desde la selección de la uva hasta la destilación.
Esta proximidad habilita un modelo de producción altamente eficiente: el vino base puede ser trasladado a la destilería en cuestión de horas tras su elaboración, lo que reduce pérdidas de calidad y abre posibilidades de experimentación.
Variedades como Torrontés, Moscatel y Malbec se incorporan así a la elaboración de destilados, junto con el desarrollo de nuevas líneas como las grapas blancas. Esta diversificación refuerza la capacidad de innovación del sector.
Estandarización y control: claves para sostener el crecimiento
El dinamismo del mercado (impulsado principalmente por la vigencia del gin y el crecimiento del vermut) obliga a las empresas a sostener niveles de calidad constantes incluso en contextos de expansión.
En este escenario, la estandarización de procesos se vuelve central. Los controles periódicos durante la destilación, que incluyen variables como temperatura, graduación alcohólica y evaluación sensorial, permiten detectar desviaciones en tiempo real y aplicar correcciones inmediatas.
A esto se suma el uso de equipamiento de laboratorio a pequeña escala, que posibilita ajustar recetas y mantener la consistencia del producto frente a variaciones naturales en los insumos.
Proyectos de largo plazo y capital inmovilizado
Más allá del crecimiento actual, el sector proyecta desarrollos que requieren una planificación de largo plazo y una fuerte inversión de capital. Entre ellos, se destacan los destilados añejos orientados a perfiles como el coñac o el bourbon.
Estos productos implican procesos de guarda prolongados en barricas de roble (americano y francés), muchas veces reutilizadas de la industria vitivinícola para aportar complejidad aromática.
El desafío no es solo técnico, sino también financiero: se trata de inversiones que demandan años antes de generar retorno, lo que exige una visión empresarial sólida y capacidad de sostenimiento en el tiempo.
Una industria basada en precisión y experimentación constante
La evolución del sector confirma que la elaboración de bebidas espirituosas es una actividad de alta complejidad técnica. Detrás de cada producto existe un proceso de ensayo, ajuste y validación permanente, donde pequeñas variaciones en variables como temperatura, maceración o tipo de alambique pueden modificar sustancialmente el resultado final.
Incluso trabajando con los mismos botánicos, las combinaciones posibles son múltiples. Esta característica convierte a la destilación en un campo donde la innovación es continua y el aprendizaje nunca se agota.
En este contexto, Mendoza se posiciona como un polo emergente de referencia, donde la tradición y la tecnología convergen para dar forma a una industria que no solo crece, sino que eleva sus estándares y amplía su horizonte productivo.
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