ver más
°
opinión

A tres años del día que empecé a hablar con las máquinas...

Un recuerdo personal del primer contacto con ChatGPT y una reflexión sobre cómo la IA pasó de experimento a compañera cotidiana en apenas tres años.

Por Damian Kesler

Recuerdo que ese 30 de noviembre del 2022, cuando se lanzó ChatGPT al público, estaba de visita en Buenos Aires. Mientras esperaba mi turno, tuve la oportunidad de disfrutar de un asado con amigos. Tema va, tema viene, uno lanzó la bomba: -

Se trataba de un chat. Uno como cualquier otro que hemos usado mil veces. No existían guías de cómo usarlo. No había ejemplos, ni buenas prácticas. No sabíamos de prompts. Tan solo un chat con un bloque esperando que escribas y una IA lista para responderte.

“¿Quién fue Cristóbal Colón?”... bla bla bla… (veíamos como la máquina escribía letra a letra, palabra a palabra con un ritmo de escritura más o menos equivalente a nuestra lectura).

Pero hagamos algo más complejo… “Escribí un ensayo sobre la importancia del existencialismo y el nihilismo desde una postura sociológica para estudiantes de último año de la universidad”... Puff…. Cuatro párrafos. Bien estructurados. Una idea compleja. Algo que incluso no era apto para cualquier estudiante universitario.

Definitivamente, eso no era solo una novedad. Se trataba de toda una transformación tecnológica. No estaba haciendo como que escribía, realmente lo estaba haciendo. El laboratorio de la IA, estaba llegando de manera directa a nuestras casas.

Hace algunos días se cumplieron ya tres años de aquel episodio de ciencia ficción. Obviamente, no sería la última vez que la IA me haría pegar un gritito de emoción.

Cuando las máquinas empezaron a conversar

En tan solo, “tan solo”, un cuarto de siglo, pasamos de mirar a través de ventanitas el universo digital a dialogar de igual a igual con él. La magia de la IA generativa, creo que pasa por un hecho simple y asombroso: De repente, las máquinas empezaron a utilizar lenguaje natural, es decir, a conversar igual que nosotros.

Si tomamos perspectiva, es como si de un día para el otro, quizá un miércoles cualquiera después de una larga jornada de trabajo, ese perro de la familia (con el que compartiste paseos, mordidas, corridas en el parque, monólogos y apretones de orejas), te mirase a los ojos y te dijese “¿Qué onda? ¿Cómo te fue hoy con tu jefe?”.

¿Cómo sentirías esa sorpresa? ¿Creerías que estarás soñando? ¿O irías a calentar el agua para el mate y pensarías “por dónde empiezo”?

Justo al final de mis estudios universitarios, mientras muchos se apasionaban con los conceptos de Freud y Lacan, nos juntábamos un grupito de nerds incomprendidos a jugar con conceptos como el de cyborgs, singularidad y transhumanismo.

Una de las preguntas picantes hacía eco de lo que podría ser realmente “lo formalizable”, o sea, aquello de lo humano que podría ser reproducido, simulado o reemplazado por una máquina. La pregunta era simple, provocadora.

Hemos visto a las máquinas duplicar su capacidad cada 18 meses detrás de la Ley de Moore. Vimos en 1997 a Kasparov perder contra DeepBlue, y justo ese mismo año, a AlphaGo derrotar al mejor jugador de Go del mundo (un juego de estrategia ancestral con reglas simples, pero combinaciones casi infinitas).

El futuro de la IA era prometedor, pero no creíamos que sucedería tan rápido. Años después, ya siendo docente de la casa, recuerdo pronosticar “para el 2030” lo que ya hoy es historia. Una vez más, el futuro es hoy pasado.

Las barreras entre la creatividad, la imagen y lo real, nunca fueron tan estrechas.

En pocos años y con novedades ¡cada semana! pasamos de chatear, a conversar con la IA. De sugerirnos poesías a hacer canciones completas. De reconocer caras en una imagen a darle sentido a garabatos y crear verdaderas fotografías que nunca sucedieron. Pasamos de poner movimiento a crear pequeñas escenas cinematográficas. De predecir la siguiente palabra a crear textos divulgativos enteros. De reconocer errores de código, a crear juegos o web apps enteras. De asistir en correlaciones estadísticas a producir nuevas proteínas nunca imaginadas.

Empezamos a programar a “vibras” aunque no sepamos programar. De hecho, se habla de “vibe-coding” para pensar una nueva forma de programación que surge de simples ideas o impulso que se hacen realidad gracias a la IA. Hoy todo proyecto comienza “con vibras” que se convierten en bocetos, diseños, poemas, recetas, canciones.

image

Alfabetización en IA: entre la democratización y la nueva brecha

Millones de personas utilizan a diario herramientas como ChatGPT; sin embargo, usarlas y saber utilizarlas son cosas distintas. Según datos de este año, los dos picos de mayor adopción de la IA coincidieron con el lanzamiento de los nuevos modelos de generación de imágenes de Google y OpenAI, lo que sugiere que, para muchos, “usar IA” se limita a hacer una pregunta al paso o armar este tipo de experiencias puntuales.

De este modo, la inteligencia artificial abre nuevas oportunidades de acceso a la innovación y a tecnología de vanguardia, y contribuye así a la democratización del conocimiento, pero también plantea el riesgo de una nueva brecha. En este contexto, la alfabetización digital adquiere nuevas dimensiones y se vuelve indispensable hablar de una verdadera alfabetización en inteligencia artificial.

Hoy atravesamos una etapa en la que la inteligencia artificial deja de ser un simple asistente para convertirse en un auténtico compañero de trabajo. A medida que se incrementan sus capacidades, enfrentamos el desafío de utilizarla de manera crítica para evitar empobrecernos cognitivamente y terminar siendo utilizados por ella. La clave está en seguir siendo humanos, y potenciar nuestras capacidades, dando lugar a un modelo de inteligencia verdaderamente híbrida.

Además, para no perder el hambre de aprender durante toda la vida, será importante entrenar nuestra capacidad de asombro. Cada nuevo lanzamiento implica seguir descubriendo de qué es capaz la IA y qué puede significar este avance a escala y al largo plazo: ¿Qué aporta? ¿Qué amenaza? ¿Qué revaloriza? ¿Qué riesgos supone?

Finalmente, al igual que propone el ejercicio implícito en este texto, resulta necesario comprender(nos) desde una perspectiva histórica: ¿habríamos imaginado, hace apenas unos años, estar viviendo esta nueva eral? ¿Qué deberíamos recordar del mundo previo? ¿Qué estamos dispuestos a desaprender y dejar atrás? ¿Qué relatos tendremos la responsabilidad de transmitir a las próximas generaciones?

Creo que en este año hemos perdido cierta inocencia respecto de lo que el avance tecnológico implica para el futuro de la humanidad. El 2025 marcó un punto de inflexión del embarque masivo hacia la IA: se disiparon temores ignotos y conocemos con mayor claridad de qué se trata este presente.

Pero algo es cierto: que algo sea tecnológicamente posible no significa que tenga que hacerse de ese modo. El avance tecnológico redefine el valor de lo humano. Nos debemos una vuelta para sorprendernos de los logros colectivos del ser humano y saber cuidar lo incomprensible de nuestro pedacito de tierra.

Te Puede Interesar