La cumbre de presidentes del Mercosur finalizó en un escenario con tensiones menores a las esperadas, pero reafirmando que la distancia entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva es enorme y de difícil resolución.
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Mercosur 2025: el discurso rupturista de Javier Milei frente al liderazgo integrador de Lula
Javier Milei tensó la cumbre del Mercosur con su visión rupturista, mientras Lula asumió el liderazgo con un enfoque integrador y apuesta geopolítica.
Javier Milei exhibe una visión radicalizada del bloque regional, que contrasta una vez más con el liderazgo pragmático del mandatario brasileño, quien asumió la presidencia pro tempore del bloque con un discurso integrador y de defensa de las industrias y los mercados internos.
Desde el atril de la Cancillería, Milei no solo reiteró su prédica por una "libertad económica sin concesiones", sino que lanzó una advertencia que rozó la amenaza: si los socios del Mercosur no acompañan su proyecto de desregulación, Argentina avanzará “sola” hacia la apertura comercial. Fue una intervención tan previsible como ríspida, marcada por su desdén hacia los consensos regionales y su incomodidad manifiesta con las reglas multilaterales.
Retórica libertaria en un bloque que pide pragmatismo
Milei insistió en que "la Argentina no puede esperar" y reafirmó su voluntad de avanzar, acompañado o no, hacia un modelo de libre comercio extremo. La frase, repetida en distintos pasajes de su intervención, sintetiza una visión binaria en la que Milei se embarca en su lógica de la política y la economía: el bloque se transforma según sus dogmas, o se desintegra.
La lógica de confrontación contrasta con la arquitectura institucional del Mercosur, un espacio históricamente frágil que ha sobrevivido más por la diplomacia paciente que por la ideología. El problema de Milei es que intenta aplicar al bloque regional la misma motosierra discursiva con la que gobierna puertas adentro.
Lula: integración con anclaje social
La figura de Lula da Silva emergió como contrapeso inevitable. El presidente brasileño, más allá de su conocida distancia ideológica con Milei, se mostró sereno y enfocado en objetivos concretos. Defendió el Arancel Externo Común como instrumento de resguardo frente a las guerras comerciales globales y planteó la interconexión regional, la cooperación en infraestructura, y el uso de monedas locales para el comercio intra-Mercosur.
Lula fue más allá: se comprometió a cerrar este año el acuerdo con la Unión Europea (promesa de difícil concreción) y a potenciar vínculos con potencias asiáticas, posicionando al Mercosur como un actor geopolítico relevante, en lugar de una mera plataforma de liberalización de mercado.
La asimetría de liderazgos fue clara: Milei busca debilitar al bloque desde dentro, mientras Lula apuesta a consolidarlo como herramienta estratégica de desarrollo.
Una soledad expuesta
El entorno diplomático no fue amable con el mandatario argentino. Más allá del cordial apretón de manos con Lula y algunos gestos protocolarios, se percibió un clima de frialdad. Ninguno de los presidentes sudamericanos respaldó abiertamente la visión rupturista de Milei, salvo un tibio guiño del paraguayo Santiago Peña, más simbólico que efectivo.
El gesto más revelador fue la visita de Lula a Cristina Fernández de Kirchner tras la cumbre. Movida que resulta un contrapeso simbólico ante el presidente argentino, quien no oculta su desprecio por los sectores progresistas del continente.
Entre el marketing y la realidad
Milei intentó mostrar como logros de su gestión la flexibilización de las listas de excepción al arancel externo común y el acuerdo con el bloque europeo EFTA. Sin embargo, ambos avances tienen historia previa a su gobierno y fueron posibles gracias a un trabajo diplomático sostenido, no a una ruptura libertaria.
Su discurso omitió la crisis energética interna, la falta de dólares, el enfriamiento económico y las tensiones con el FMI, todos factores que condicionan seriamente cualquier apertura unilateral. Exigir libertad de comercio en medio de controles y desequilibrios internos es más un acto de voluntarismo que una estrategia de Estado.
Además, su pedido de mayor comercio basado en ventajas comparativas suena extemporáneo en un contexto global en el que hasta las economías más liberales adoptan mecanismos de protección, estímulo productivo y planificación estratégica.
La historia del Mercosur es excesivamente pragmática y muestra que los intereses suelen imponerse a las ideologías. Ya lo vivieron líderes como Mauricio Macri o Jair Bolsonaro, cuyas retóricas chocaron con la realidad de un entramado empresarial (sobre todo paulista) que necesita reglas, previsibilidad e instituciones.
Lo que hoy Milei propone —una supuesta autonomía regulatoria de cada país— no es nuevo y tampoco parece viable sin acuerdos amplios.
El futuro: Lula conducción
El Mercosur entró ahora en una nueva etapa bajo la presidencia brasileña. Lula prometió trabajar por una integración solidaria, sostenible e inclusiva, y no esquivó la defensa de valores democráticos, incluyendo su repudio a las violaciones de derechos humanos en Venezuela, aunque sin el tono confrontativo de Milei.
El contraste entre ambos mandatarios fue profundo. Mientras Milei mira al libre mercado como dogma excluyente, Lula combina comercio con justicia social, Estado con inversión estratégica y autonomía regional con vínculos globales.
En el nuevo contexto, Argentina se arriesga a quedar al margen de los principales consensos del bloque. Milei puede mantener la presencia escénica, pero le falta aliados, coherencia y sentido de oportunidad dentro del Mercosur.