martes 27 sep 2022

Los imprescindibles de Mendoza: hoy, Ernesto Suárez

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5 de febrero de 2022 - 00:00

"Hay hombres y mujeres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles" (Bertolt Brecht).

Manuel Ernesto Suárez nació en Guaymallén el 9 de enero de 1940 y desde aquí construyó una figura admirada y requerida en toda América Latina.

En 1965 surgió un actor mendocino muy delgado y carismático en el elenco de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNCuyo. Allí trabajaba como bibliotecario Ernesto Suárez, quien decidió arriesgarse por el oficio de la actuación, al cual le entregó su vida entera.

Se formó profesionalmente en Mendoza, con los directores teatrales Leónidas Monte, José Chiavetta y Carlos Owens. Se ha destacado como docente, actor y director, tanto en nuestro medio como en el exterior.

El "Flaco" asumió la dirección de la Escuela Superior de Teatro y le cambió la cara, enfatizando la proyección en la comunidad, en sectores marginales, escuelas, instituciones privadas y oficiales. Fue el responsable de preparar el terreno para un nuevo teatro, comenzando a desarrollar la creación colectiva con formas inéditas y experimentales para esa época de utopías setentistas. Siempre luchando, debió exiliarse durante la dictadura y conjugar la nostalgia con la docencia en diversas ciudades en las que compartió experiencias con otros importantes referentes del teatro latinoamericano. En Perú y Ecuador se desempeñó como docente teatral en diversas ciudades. A su regreso a Mendoza, fundó el "Teatro El Taller", en el año 1985, en el que desarrolló una intensa labor artística.

Ha creado numerosas obras teatrales para niños y adultos, entre las que se destacan: "Hablemos de la pareja" (con Sandra Viggiani); "La sanata" y "Ni fu ni fa" (con Marcelo Lacerna); "Educando al nene", "El trámite" y muchas más con Daniel Quiroga; y fue director de un sinnúmero de obras para adultos y niños. "Lágrimas y risas" es su unipersonal en donde cuenta su vida y con el mismo recorrió y impactó a la audiencia latinoamericana.

Fue director de actores en tres Fiestas Nacionales de la Vendimia (1992, 2001 y 2003). Organiza y dirige encuentros teatrales y tuvo un protagónico en el cine, en la película "Camino a La Paz", en el que actúa junto a Rodrigo de la Serna. En 2015, fue galardonado con el "Premio SAGAI" de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores e Intérpretes a mejor actor revelación en el marco del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

Luego de décadas de trabajo y vitalidad, este maestro recibe todo tipo de distinciones como ser Embajador Cultural de Mendoza (2014), Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Mendoza (2016), y fue reconocido por el Senado de la Nación Argentina por su aporte a la Cultura (2016).

El "Flaco" está en pareja con Mónica Pacheco y es papá de Laura y Ana.

A continuación, se reproduce una parte del libro "Lágrimas y risas. Vida y obras del actor Ernesto Suarez", una biografía del artista escrita por quien firma y la periodista Laura Romboli. El libro se puede conseguir en la librería pública Gilda D'acurzio.

"Nací el 9 de enero de 1940, en El Infiernillo, en Guaymallén. Es el mismo lugar donde nació el Máximo Arias, y casi en la misma época. Parece que estoy signado por la maldad. Eso queda cerca del club Dorrego, a dos cuadras.

Mi viejo iba y venía. Era como un fantasma. Pero mi vieja si vivía ahí. Me críe en esa zona. Después nos fuimos a una casa que estaba cerca de la Quinta Agronómica, donde ahora está el Parque Cívico. Y finalmente nos instalamos en la zona de la Cuarta, bien abajo, en la calle Bajada de Arrollabes, cerca de Ramírez y Santa Fe. Mi vieja pudo comprar un lote. Calles de tierra, muchos pibes, reñideros, cafisos y prostitutas. De ahí salieron la mayoría de los amigos que tengo hasta hoy en día.

Somos seis hermanos. Una de ellas la conocimos después de grande, porque éramos tan pobres que mi vieja se la dio a unos tíos para que la criaran porque ella no podía hacerlo. Yo soy el penúltimo de los hermanos.

-¿Conociste a tu papá?

-Seguro. Yo lo veía que venía de vez en cuando a mi casa. Dejaba embarazada a mi mamá y se iba... Creo que me marcó mucho porque era un personaje muy raro, muy simpático, muy especial. Tenía mucha onda, era muy seductor y muy mujeriego. Su profesión era lustrador de muebles. Trabajaba en la municipalidad de Capital y por la tarde lustraba muebles. Era muy buscado por eso. Además, era el presidente del Club de la Ciudad. Sin dudas, era un típico caudillo. Hombre popular, carismático y pesado. Una vez me contaron que cayó preso todo el equipo de fútbol del club en Lavalle. Le avisaron a mi papá, y él fue y los sacó inmediatamente. Era un personaje muy querido por la gente. Y yo con él tuve una relación amor-odio muy fuerte.

Antonio Suárez era su nombre. Tengo buenos y malos recuerdos de él. Nos enfrentamos muchas veces, nos peleamos mucho.

Mi infancia fue muy triste pero alimentada siempre por una luz que era mi mamá, Pepa. Siempre lo digo y no me canso de repetirlo: era una luz, una genia analfabeta. Apenas sabía leer y escribir pero nos crío a todos con una dignidad y un sentido del humor impresionante.

Era impresionante su sentido del humor. Cuando aparecía alguien por mi casa, apenas se iba mi mamá ya lo imitaba, le ponía un sobrenombre y le hacía una canción. Nosotros nos divertíamos mucho porque su sentido del humor era increíble. Era una mujer de barrio. Su amiga íntima todavía está viva y se llama Nicolasa Sánchez. Vive todavía en la misma casa de enfrente de la mía y yo voy todos los sábados a comer con ella porque la quiero a más no poder.

Mi vieja era una capa total, una persona especial. Era lavandera y con esos escasos mangos nos alimentaba a todos. Nos mandó a trabajar desde muy chiquitos y mis hermanos y yo trabajábamos desde los cinco años. Hay muchos que hablan del trabajo infantil y no tienen idea de lo que es. Yo si, porque era muy chiquito cuando tuve que salir a buscar un mango. Yo necesitaba trabajar y eso no era explotación. A los siete años vendía verdura. Salía con don Andrés, un hombre que tenía una carretela y yo era su empleado. Un año después empecé a trabajar en un aserradero en la calle Videla Castillo, entre Chacabuco y Beltrán. Primero armaba tapitas para cajones de madera y después me puse a armar cajones. Primero fue en la calle Paraguay, en lo de Naranjo.

-Siempre por la Cuarta

-Siempre. Conozco a todos los cafisos porque sus hijos se criaron conmigo y hoy son mis amigos. Siempre me vas a ver conversando con los lustradores del centro que la mayoría viene de mi barrio y con ellos me une un vínculo muy fuerte. Siempre fue muy fuerte el barrio para mí.

-¿Cuál es el primer recuerdo que tenés?

-Un día llegó mi abuelo a casa, el papá de mi papá. Corrí para abrazarlo y me pequé con el revólver que traía en la cintura en la cabeza. Miré para arriba y me pareció que ese revólver era inmenso.... No se cuantos años yo tenía pero es lo que siento como primer recuerdo. Tiempo después, me contaron que mi abuelo había sido guardaespaldas de Lencinas. Era un español muy simpático, que cantaba muy bien y siempre tenía una bulería a flor de labios.

Mi mamá era criolla, pero mi papá español, nacido en Granada. La familia de mi papá tenía plata, porque mi abuelo había hecho unos mangos. Tenía fincas, casas. Pero nosotros éramos los pobres de la familia: vivíamos en una villa miseria, en una pieza de adobe.

Rafael Sánchez era el marido de Nicolasa. Un día se cruzó a mi casa de manera desesperada. El tema era que vivíamos en una pieza los cinco hermanos y mi mamá. Un día llovió mucho y no nos dimos cuenta que el agua de había quedado sobre el techo. El, que estaba enfrente, se dio cuenta y era muy probable que se nos cayera el techo. Entonces se cruzó, hizo un agujero en el techo, hizo una zanjita por el medio de la pieza para que corriera el agua y mi mamá nos hizo barquitos de papel para que jugáramos ahí. Era una imagen muy pobre pero tierna a la vez. Esa es la belleza de pobreza: tener imaginación para sobrevivir.

El barrio era un lugar sagrado. Había amistad en serio. Calles de tierra. A la vuelta de mi casa había un reñidero de gallos. Cruzadito a mi casa vivía Doña Elena, una prostituta. Muchas veces mi mamá nos dejaba con ella para que nos cuidara. Y estaban todos cerca, a metros: el Chocolate, el Luz Mala, Los Valdez... Los cafisos cuidaban el barrio. El restaurante "Los dos amigos" era el café Villarreal y ahí mi viejo iba a jugar al billar. Estaba el cine Real, en Videla Castillo y Ayacucho.

Iba los lunes al cine, que era más barato. Muy barato. La entrada costaba 90 centavos y había largas colas para entrar a ver la película. Cantinflas y Sandrini eran mis ídolos. Creo que ellos, junto a mi mamá, fueron los que me llevaron a ser lo que soy. Fueron mi fuente.

Mi mamá me hacía memorizar versitos, que salían en los almanaques. Muchas veces lo he contado en "Lágrimas y Risas". A ver: "Llegamos al pago un día de tal manera lloviendo que mi pobre abuelo viendo el agua que nos caía pensó que se moriría antes de llegar al poblao; y decía el desdichao quejándose al destino: ‘con lo que me gusta el vino, tener que morirme ahogao'". Ahí está el humor, el barrio, el fútbol y los amigos.

Te cuento mí día: iba a la escuela a la mañana y por la tarde trabajaba. Me levantaba a las cinco de la mañana a estudiar, con la luz de la vela porque no teníamos electricidad. Y el agua estaba a 40 metros, había que ir a buscarla en baldes.

Fui a la escuela Pueyrredón, que no está más, en la esquina de Ayacucho y Federico Moreno.

-¿Quién fue más compinche tuyo?

-Con mi hermano Carlos, pero él era más fino que yo. Siempre fui más ordinario. El era un elegante, se iba al centro y yo me quedaba en el barrio porque era terriblemente tímido. Además, crecí muy rápido. De golpe era muy alto y cuando hice el Servicio Militar, a los 20 años, medía 1.87 y pesaba 63 kilos. A los 70, peso 80. Imaginate lo que era, un espíritu...

-¿Eras muy tímido?

-Terriblemente tímido. Cuando salí con la primera chica de mi vida tenía 23 años. Además, era acomplejado y por eso creo que el teatro me abrió otras puertas.

-¿Cuáles eran tus complejos?

-Todos: la altura, la pobreza, el no tener ropa. Tuve la suerte que los curas de Santo Tomás de Aquino me becaran y ahí hice la secundaria. Una vez me agarré a piñas en la calle Salta, viniendo en la escuela. Yo me había puesto los pantalones largos, cosa que en esa época era muy raro, porque hasta los 16 no te ponían los pantalones largos. Estos, eran de un vecino que me los había regalado. Me quedaban bolsudos, enormes. Yo estaba feliz con mis pantalones largos marrones. Cuando venía caminando con otro amigo, unos pibes que estaban sentados se empezaron a reír de mí, porque el pantalón era una bolsa inmensa. Me volví y me agarré a piñas. Esa fue una constante en mi vida adolescente. Era un barrio lindo pero de códigos. Tengo algunas cicatrices de esa época. Era bravo: una vez me peleé con un tipo, y me sacó una cortapluma para apuñalarme. Ahí, los que estaban afuera, se metieron y le pegaron. A las piñas está todo bien, pero cuando rompías esos códigos, estaba todo mal. Hay muchos códigos que se han perdido, como el respeto al policía, especialmente porque él era el primero en respetar. Pasaba en bicicleta, nadie le decía nada ni él decía nada a nadie. Ahora ven a un policía, y los pibes de cagan de la risa. Eran épocas libres de violencia televisiva... Siempre digo que había pobreza pero no tana miseria humana.

Un día me puse las alpargatas para ir a la escuela y me doy cuenta que estaban rotas. Las había roto el día anterior jugando a la pelota. Mi mamá no tenía ni un mango para comprarme unas alpargatas nuevas. Pero no podía ir así a la escuela. Entonces mi vieja me pintó el dedo de negro... Fijate el humor de la vieja... ¡Tremenda! Otra cosa terrible que pasó un día, y después me di cuenta que había mucho de ideológico atrás de eso, fue que una vez en la escuela Pueyrredón pasaba una inspección de higiene (y esta era una escuela de chicos pobres, humildes) y me mandaron a la casa porque tenía las manos sucias, junto con un compañero mío: Juan Carlos Palma. Con la tristeza ese momento (teníamos ocho años), nos fuimos a la vuelta y agarramos unos yuyos que estaban junto a la acequia, para limpiarnos las manos, porque era muy grande la vergüenza que habíamos pasado. Volvimos a la escuela, y no hubo caso, nos mandaron de vuelta a la casa. En esa época trabajaba haciendo cajones y los fines de semanas entotoraba sillas. El salitre y el frío me habían roto las manos, y las tenías marcadas. Era imposible que se me fueran las marcas. Y padre de mi amigo Palma era carbonero. Con los años me acordé de esa historia y me di cuenta que ahí, en esa historia, había mucho de ideología. Por eso, creo que mi humor tiene mucho de contenido ideológico, que fue alimentado por el tiempo con mi militancia. Ese fue un acto de discriminación sin ser la maestra una persona mala. Yo, pobre, laburante con las manos, las tenía mugrientas. Nadie me preguntó porqué las tenía así. La maestra tenía razón porque yo debía estar limpio pero nadie me preguntó porqué las tenía así. Aún recuerdo a mis maestras y nunca las vi como autoritarias o fascistas. Fueron buena mujeres que trataron de hacer lo que mejor que podían con tipos como yo. Además, en la escuela me daban la copa de leche y para mí eso era un regalo del cielo. Toda mi primaria la hice bajo el gobierno de Perón entonces para mi mamá Evita era todo. Ella fue la que le permitió a mi vieja juntar la plata para comprarse la casa. Ella no era política pero tenía una devoción por ese gobierno que había considerado a los pobres.

-Fuiste un chico peronista entonces...

-Nunca fui un peronista ni ortodoxo ni militante. Pero vengo de la raíz peronista. Mi mami se crió en el campo, más precisamente en Junín, porque venía de San Luis. Mi abuela María -de la que tengo una imagen muy borrosa- murió y mi las dos hermanas de mi mamá (mis tías Alicia y Esther) murieron el mismo año, una con 18 y la otra con 21 años. Imaginate lo que era la mortandad en los pobres. A mis dos primos (Manuel y Lito) se los llevó mi mamá a mi casa. Imaginate que éramos cinco hermanos en una pieza y, de golpe, llegaron dos más... Pobrecita mi vieja, no sabía qué hacer y cuando vio que no iba a poder con todos, se llevó a mis primos a la escuela hogar. Ahí, ellos eran reyes. Comían como dioses y los trataban muy bien. Ellos estuvieron hasta que terminaron el primario y después iniciaron sus vidas. Quiero mostrarte lo que significa el trabajo de esa escuela -y de tantas otras- durante esos tiempos: había una contención que hoy es inimaginable.

-¿Conociste a Perón o Evita?

-Los vi en la calle San Martín, a los dos.

-¿Y te parecés a tu mamá?

-Creo que soy igual. Tengo cosas de mi viejo en cuanto a la simpatía entradora que tenía. Fisicamente soy igual que mi papá. Y tengo su espíritu de líder, que nunca aprecié en él. ¿Sabés que me hizo despertar el darme cuenta que podía ser líder, que podía dirigir? La colimba. El Servicio Militar me llevó a esa situación. Apenas me entré me destacaba corriendo, jugando a la pelota, físicamente, y era muy respetuoso de la gente, además de solidario (todos atributos que me dio mi vieja, formación ideológica sin hablarme nunca de ideología). Mi vieja me decía: "vos vas a ir a trabajar, porque esa no es vergüenza. Vergüenza es pedir y robar" y nunca nos dejó pedir nada. Ella trabajaba para un restaurante que estaba en Alem y San Martín, que se llamaba "Santos Segovia". Yo iba a buscar los paquetes de manteles y servilletas y los llevaba a mi casa para que mi mamá los lavaba. A veces no veníamos en tranvía pero nunca teníamos guita para eso. Pero recuerdo algo: los días lunes nos regalaban un hueso de jamón. Llegábamos a mi casa más contentos que nada. Sacábamos los pedacitos que quedaban pegados y mi mamá hacía un guiso espectacular con eso.

Siempre pienso que la vieja era un genio... Al fondo de mi casa había un pozo porque ahí cortábamos los adobes con los que construimos la casa. Ella, como sabía mucho del campo, dejó el pozo y ahí plantaba acelga y otras verduras como tomate, choclo. El lote era muy chiquito (22 por 10) pero tenía una sola pieza y un gallinero, entonces sobraba espacio. Con eso comíamos, zafábamos.

Nos bañábamos los sábados. Calentábamos el agua en fuentones o palanganas al sol. Habíamos hecho un sistema con mi hermano Carlos, que estaba arriba del techito del baño (una letrina). Ahí había unas tablas y poníamos un tacho, al que le habíamos hecho unos agujeritos. Entonces, el que se bañaba después subía al techo, echaba el agua al tacho y el de abajo hacía de cuenta que estaba en la ducha... Nos bañábamos con calzoncillos porque nos veía todo el mundo. "Largá más agua", "dale otra vez", era increíble.

¿Tenés recuerdos lindos de tu papá?

-Creo que nos queríamos mucho. Con mi viejo tuvimos una relación muy fuerte.

Los Hermanos Mancifesta tenían un cantante que se llamaba Luis Armando Palleres. Ese era mi amigo. Su hermano, era el Pocho. Un día, cuando yo tenía doce años, me levanté para ir a trabajar. Fui a buscar al Pocho y nos fuimos al carril Nacional, porque nos íbamos a Córdoba, que allá él tenía parientes. Nos subimos a un camión que nos llevó hasta Rodeo del Medio. Ahí nos bajamos y empezamos a hacer dedo. Nadie nos daba bola si teníamos 12 años. Cuando paró un camión, sin que se diera cuenta nos metimos entre el acoplado y el camión y nos quedamos ahí. Llegamos hasta Desaguadero y ahí nos encontró la policía. Nos bajaron y nos dejaron ahí, detenidos. Pasaron muchas horas hasta que apareció mi papá, en un taxi (que era de un amigo de él). Durante todo el camino de vuelta no hablamos nada. Mi papá lloraba, a pesar que era un tipo muy duro, terrible para las piñas, más bravo que el ají. Llegamos a la policía que quedaba atrás de la Escuela Normal. Nos hicieron declarar y me preguntaron porque me fui, cosa que nunca contesté. El tampoco me habló. Antes que me fuera al exilio el ya vivía con una Olga (con quien tuvo dos hijos) y tuvo un accidente. Me hizo llamar para que lo fuera a ver...

Esto pasa porque cuando yo tenía 17 años pasó algo importante: mi hermana menos no fue a dormir, y justo estaba él esa mañana en mi casa. Cuando ella apareció, le pegó. Cuando llegué de trabajar y me enteré eso, lo eché de la casa pero a las piñas. Me tuvieron que agarrar entre todos y lo eché de la casa. Se fue para siempre. No vino nunca más. Pasó el tiempo y nos fuimos hablando. Esa vez que me mandó a llamar fui a verlo. Nosotros ya habíamos logrado hacer la casa, que todavía está parada. Éramos pobres pero dignos. Y cuando llego a la casa de él me encuentro con una casa muy vieja, una pieza de adobe y él con los dos hijitos y la mujer. Ella me atendió y me dejó sólo con él. Una pieza inmensa, con su cama y una camita pegada a esa. Me quedé ahí, sentado a los pies de la cama. No se cuanto tiempo pasó, pero no hablamos nada ninguno de los dos. Le pregunté si necesitaba algo y nada más. Creo que con mis hermanos se llevaba mejor que yo y con otros ni siquiera se hablaba.

Cuando mi papá se muere aparece una historia muy linda. En 1976 salgo al exilio el día antes del golpe, el 23 de marzo. Llego a Lima (Perú) y ya llevaba más de dos años sin hablar con mi viejo. El me manda una carta adonde vivía (porque mi hermano le había dado la dirección) y ahí me pone que me quería (cosa que nunca me había dicho). Tenía muy linda letra (cosa que no heredé) y me dice que pensaba mucho en mi, que yo era su punto débil, que me quería mucho y que le dolía que estuviera lejos, que me extrañaba mucho a pesar de todo. Era algo muy lindo para lo que era él. Le contesté y le dije que también lo extrañaba y que lo quería, a pesar de lo cursi. Le puse que algún día nos íbamos a comprar una botella de vino y nos íbamos a sentar a hablar. Le conté que estaba grande y que me había dado cuenta que a nivel afectivo me había mandando muchas macanas. En su respuesta, me dijo que ya se había comprado la damajuana y que la tenía guardada. A los tres meses murió...

En mi infancia me llevaba al mercado y cocinaba los sábados, pero era un tipo muy duro, que había sufrido mucho y por eso era muy seco, que no traslucía todo lo que sentía. El mayorazgo era jodido en esos años, y su hermano mayor lo había maltratado mucho por eso era así.

Este fue el vínculo entre los dos: una historia de amor y odio muy fuerte que terminó con la esperanza de encontrarnos, cosa que nunca sucedió.

El nunca me vio actuar pero mi mamá sí. Una vez la llevé a ver una obra que hacía en la Sala Experimental de Arte, al lado de la plazoleta Barraquero. La obra la dirigía Fernando Lorenzo y era la "Elección de Ionescu". No entendió nada pobrecita... Después la llevé a ver "El aluvión", una obra barrial que trataba el tema de la creciente del 70. Ese fue uno de los temas que me empujaron al exilio. Ahí ella me vio y se emocionó mucho. Ahí me dijo que eso era lo que tenía que hacer.

A ella le encantaba el cine y se enamoró de todos los galanes. Fijate que era su forma de cobijar el amor, porque mi mamá no volvió a estar con nadie porque siempre se quedó esperando a mi papá, que volvía cada tanto. Cuando estaba en Ecuador, me mandaron una foto donde estaban los dos abrazados. Ella siempre lo amó. Lo esperaba. Lo respetaba. Fue una verdadera historia de amor, de antes. Hubo violencia, pasión, desilusión. El había recibido muchos golpes en su vida y eso lo transmitía. Mi papá una vez me contó que mi abuelo le había regalado un caballo (vivían en Caucete, San Juan) a su hermano mayor. Pero, un tarde, mi viejo sacó el caballo y lo galopeó hasta la ciudad. Cuando llegó mi tío y vio que el caballo estaba agitado. Lo buscaron y lo estaquearon junto a un hormiguero. No era fácil para el pibe... eran épocas donde así se trataba a la gente.

 

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