11 de mayo de 2026
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Convocatoria Cuentos Andinos

"Los pendientes de oro"

Por Lucio Ravagnani. "En el bazar de la ciudad de Ruggiati, en la mitad de la gran plaza verde, se encontraba el puesto del señor Valentino Trutcio...".

LOS PENDIENTES DE ORO 

Por Lucio Ravagnani.


En el bazar de la ciudad de Ruggiati, en la mitad de la gran plaza verde, se encontraba el puesto del señor Valentino Trutcio. Un toldo hecho a base de caña y arpillera, con un mostrador de madera trabajada a mano; esta a su vez, recubierta con una tela color violeta, era la estructura del modesto lugar de trabajo. Las tardes calurosas de la ciudad pasaban calmas y frescas bajo la media sombra de la arpillera, mientras que la masa de personas iba y venía de acá para allá consultando precios, olfateando especias y hasta comprando una que otra joya.

Ese era, justamente, el oficio del Sr. Trutcio. Se había convertido en joyero de pequeño cuando su padre, un hombre de campo y humor sumamente irascible, le había obsequiado un ligero collar hecho de cuero y decorado con pequeñas esquirlas de hueso de coyote. El joven Valentino atesoraba aquel regalo y había decidido que, cuando tuviera la edad suficiente, aprendería el oficio y fabricaría las más bellas alhajas nunca vistas. Su promesa no tardó en cumplirse, ya que a los diecisiete años se convirtió en el aprendiz del señor Fiorentino Di Bosco; quedando así bajo el cuidado del mismo. El joven artesano miraba, con especial atención, cómo su maestro engarzaba, en brazaletes de bronce y plata, las más hermosas piedras que sus ojos hubieran podido contemplar. Aprendía como curtir el cuero para los collares y muñequeras, y qué combinación era la mejor a la hora de formar nuevas aleaciones con los metales. Noches enteras pasaba el joven Valentino en el taller del sótano, practicando su técnica y volviéndose hábil en el manejo de las pequeñas herramientas.

El señor Di Bosco no había llegado solo a la ciudad de Ruggiati, escapando "supuestamente" de una deuda de juego, como se hablaba por las calles; si no que había traído con él a su familia. La señora Di Bosco, una mujer no muy alta, de pelo color avellana, ojos profundos y busto caído, se pasaba el día chismoteando junto con las otras mujeres del barrio sobre asuntos banales. Pero quien más llamaba la atención en la familia, era la joven Lisabetta. Su piel color oliva, y su cabello oscuro,producían un efecto sorprendente en los ojos color verde de la muchacha. Valentino recordaba que, al verlos por primera vez, pudo compararlos con la hermosura de una "Esmeralda Andina"; una rara gema que se encontraba, solamente, en las alejadas montañas del Perú y que su maestro le había enseñado una vez por foto. Pero los ojos no eran lo que más llamaba la atención, en cuanto a los rasgos de la más joven de los Di Bosco. Su mejor y más vistoso atributo era su sonrisa.

Cuando Valentino Trutcio la vio sonreír por primera vez, una tarde de primavera mientras la muchacha paseaba por el parque en compañía de sus nuevas amigas, sus dedos temblaron con un ligero cosquilleo, tal como le había sucedido cuando elaboró su primer anillo de oro y plata fina.

Breve tiempo pasó hasta que Valentino y Lisabetta comenzaron a verse a escondidas del señor Di Bosco. Primero los encuentros eran cortos y apasionados, como solo los jóvenes saben vivirlos. Se veían en la fuente de la plaza, cuando la luz de las farolas imitaba la de la luna, y bajo aquel resplandor compartían romance y sueños de grandeza. Sin embargo, estos momentos de felicidad comenzaron a aplacarse cuando el joven Valentino comenzó a pasar más tiempo en el taller que en el mundo exterior. Sus días consistían en mañanas de trabajo en el campo de su padre y tardes de paciencia y destreza en el taller del señor Di Bosco. Para cuando caía la noche, el joven joyero prefería ir al encuentro de Morfeo antes que al de su amada.

Como es de preverse, esta actitud comenzó a fastidiar a la bella Lisabetta quien, cansada de la falta de atención por parte de su compañero, le sorprendió con un severo ultimátum.

-Muchos son los caballeros que gozarían eterna dicha al poder cortejarme. -La joven hablaba mientras caminaba en círculos por el sótano-taller donde su pareja trabajaba. -Así que escúchame bien, Valentino Trutcio. O comienzas a ser un hombre más atento a los pedidos de una dama, o le diré a mi padre sobre lo nuestro y nunca más podrás trabajar en su taller.

El novel joyero levantó la mirada de su mesa de trabajo y clavó sus penetrantes ojos negros en la pupila de quien le hablaba.

-Vida mía, has malinterpretado mi tiempo dedicado a este lugar. Pues en estos días no he hecho otra cosa más que fabricar una joya de majestuosa figura, la cual deseo poder entregarte a modo de obsequio. -El rostro de Lisabetta se contrajo en un gesto de sorpresa. -Solamente resta el último detalle. Una gema que transmita toda la belleza que su futura portadora transmite a diario.

Estas dulces palabras parecieron aplacar el enojo de la encantadora joven, ya que dio a su pareja un beso ruidoso en la mejilla y luego salió, tarareando, fuera deltaller. Aquella misma noche, Valentino Trutcio trabajó sin un minuto de descanso.

La noticia sobre la desaparición de la deslumbrante Lisabetta Di Bosco se esparció como agua por toda la ciudad. En vano buscó la policía por los alrededores y los muchos callejones de la pólis. El cuerpo no se hallaba por ningún lado y no había rastro del paradero de la muchacha.

El funeral se llevó a cabo al mes de lo sucedido, con un ataúd vacio y lágrimas en los ojos de los presentes; entre ellos Valentino. Tal vez por la conmoción que genera el hecho de la pérdida de una vida tan lozana, fue que ninguno de los asistentes al réquiem notó el detalle en el bolsillo derecho del saco del joven Trutcio. El sol de la tarde arrancaba pequeños destellos a unos pendientes de oro. En su base, como una lágrima de pálida nieve, las coronas de dos molares lucían su corte macabro.

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