En los pasillos de los centros comerciales de Santiago, las playas de Reñaca o La Serena, el acento mendocino, sanjuanino, cordobés y hasta porteño son una parte habitual del paisaje sonoro, un fenómeno impulsado por una coyuntura cambiaria que ha hecho de Chile un destino atractivo para el turismo de compras.
Sin embargo, a miles de kilómetros de las vidrieras de Providencia y Quilicura o la arena de Viña, en los yacimientos mineros del norte y los mercados de Londres y Toronto, se gesta una dinámica macroeconómica que podría alterar esta realidad. El reciente repunte del precio del cobre no es solo una buena noticia para las arcas fiscales del país vecino; es, ante todo, el factor determinante que moldea la cotización del dólar y, por extensión, el poder adquisitivo de los visitantes extranjeros.
En la economía chilena, hablar de cobre es inevitablemente hablar de tipo de cambio, inflación y estabilidad. La relación es histórica y mecánica: el metal rojo actúa como un regulador silencioso de la divisa norteamericana. Cuando el precio del cobre sube, aumentan los ingresos de divisas por exportaciones, incrementando la oferta de dólares en el mercado local. Esta abundancia presiona a la baja el precio del billete verde y fortalece al peso chileno.
Actualmente, el mercado cuprífero experimenta valores históricamente elevados, alimentando la tesis de un nuevo “superciclo” impulsado por la transición energética global y el auge de la inteligencia artificial. Las proyecciones de la Comisión Chilena del Cobre apuntan a un precio promedio cercano a los 4,95 dólares la libra para 2026, e incluso se barajan escenarios de 5 dólares en el corto plazo. Bajo la lógica tradicional, este escenario augura una presión apreciatoria sobre la moneda local; es decir, un dólar más barato en Chile y más caro para nosotros, haciendo que los precios finales de las compras aumenten para los mendocinos.
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El precio del Cobre es el gran arbitro del dólar en Chile y decide el destino del turismo de compras
El impacto en el turismo
Es aquí donde la macroeconomía colisiona con la realidad del turismo de compras, específicamente el proveniente de Argentina. El fenómeno de los “tours de compras” se sustenta en una brecha de precios favorable y un tipo de cambio que permite al turista, a menudo portador de dólares físicos, maximizar su rendimiento al cambiarlos por pesos chilenos.
Sin embargo, la fortaleza del cobre presenta un desafío estructural conocido en la teoría económica como la “enfermedad holandesa”. Si bien un peso apreciado (producto de los altos precios del metal) ayuda a contener la inflación y abarata las importaciones para los residentes locales, tiene el efecto adverso de encarecer las exportaciones no mineras y los servicios transables, como el turismo.
Si las proyecciones cupríferas se cumplen y el dólar se debilita frente al peso chileno, Chile se vuelve, en términos comparativos, un destino más costoso para el extranjero. Para el turista argentino, que realiza el arbitraje entre el dólar y el peso chileno para adquirir tecnología, indumentaria o neumáticos, un cobre fuerte significa recibir menos pesos chilenos por cada dólar traído. La competitividad externa del sector turismo se ve así erosionada por la bonanza minera. En términos simples: lo que es bueno para el fisco y la inflación chilena puede actuar como un freno de mano para el flujo de compradores transandinos.
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Las playas de Reñaca y sus turistas argentinos. Su llegada está históricamente atada al dólar y por lo tanto al cobre
Variables fiscales y volatilidad externa
El impacto de este ciclo no se limita al bolsillo del turista. La Dirección de Presupuestos chilena estima que cada centavo adicional en el precio del cobre inyecta hasta 35 millones de dólares extra al fisco anualmente. Esta inyección de recursos mejora la solvencia del país y reduce la necesidad de endeudamiento, factores que tradicionalmente contribuyen a mantener el dólar a raya.
Para los mendocinos queda una esperanza: la transmisión de este efecto no siempre es automática. La experiencia reciente de 2023 demostró que, incluso con precios del cobre razonables, la incertidumbre política interna y la agresiva política monetaria de Estados Unidos pueden mantener el tipo de cambio elevado, superando la barrera de los 900 pesos. Es esta volatilidad la que, paradójicamente, ha mantenido abierta la ventana de oportunidad para el turismo de compras hasta ahora. Si el dólar no ha bajado con la intensidad que predeciría el precio actual del cobre, es debido a factores externos que han contrapesado la balanza. Sin embargo, por estos días el cobre parece estar ganando la batalla. El Banco Estado tenía fijada su cotización el viernes en 836 pesos chilenos por dólar.
El desafío de la dependencia
El escenario actual reafirma una verdad insoslayable: el dólar en Chile no puede entenderse sin mirar hacia la minería. Mientras el cobre sube, el peso respira y el dólar cede. Para el sector turístico y el comercio minorista que ha florecido gracias a la visita de los vecinos argentinos, el futuro dependerá de este delicado equilibrio.
Si el “superciclo” se consolida y logra finalmente desplomar la cotización del dólar en Santiago, es probable que el auge del turismo de compras pierda vigor, víctima de una economía local encarecida por su propia riqueza natural.